El fin del mundo sin levadura - Página de escritores

El fin del mundo sin levadura

El día de la Mujer todo parecía extraño, bajábamos a la concentración con caras de “no me puedo creer que no se haya suspendido”, pero bandana a modo de forajido yanqui con mi consigna favorita, tapando boca y nariz, allá que nos fuimos. Cierto que no había tanta gente como en anteriores años, y que al llegar a la convergencia entre Gran Vía y Alcalá abandonamos por la imposibilidad de dar un paso más, pero nunca pudimos imaginar lo que se nos echaba encima.

Aquel día mismo decidí restringir mis salidas a la calle hasta que las noticias nos dieran un poco más de claridad sobre lo que estaba pasando. Hice unas compras básicas para mantenerme en casa y comencé ese mismo lunes un confinamiento voluntario que siempre fue con cuatro días de adelanto comparado con el resto de mis congéneres.

Subían las cifras de contagiados y los fallecidos se producían por cientos. Pero lo único que nos preocupaba era hacer colas en los supermercados, hacer acopio de papel higiénico por si el mundo se iba a acabar que no nos pillara sin poder limpiarnos el culo.

Seguían aumentando los contagios y por supuesto nuestra obsesión por la comida dejaba las estanterías vacías a un ritmo exacerbado, la obsesión por comer en época de pandemia era algo incomprensible, pero nos estaba pasando.

Allá por abril las cifras de muertes se convirtieron en un llanto diario, seguíamos sin creer que aquello que nos estaba pasando pudiera convertirse en una nueva forma de vida de manera permanente, sin siquiera ser nosotros los personajes de una novela de Orwell.

Cada uno como buenamente pudo se organizó una vida enclaustrada sin nada que hacer y sin embargo estresados. Limpiar armarios, cocinas, limpiezas generales y zafarranchos de combate, el mundo podría irse a la mierda pero que nos pillase con la casa como los chorros del oro. Al poco tiempo vino la fiebre de la levadura, y acabamos con todo lo almacenado en las fábricas de harinas y levaduras para los próximos años, que a las pobres fábricas les está costando volver a reponerla un mundo.

Luego comenzó el sueño de los políticos, tenernos a todos confinados y poder lanzar toda su bazofia hasta que nos exaltáramos, manejarnos es su política preferida por si no os habíais dado cuenta. Unos que, si la culpa la tienes tú, otros que ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio, y ¡a sacar las cacerolas a la calle!, que ya que las habíamos limpiado al menos que las vieran los vecinos.

Afortunadamente tengo la suerte de vivir en un barrio en el que ese ruido infernal no nos ha convocado nunca, el aplauso sí, a diario, esa cita de las ocho se convirtió en el mejor momento del día, en la razón para poder seguir soportando un día más y como suele ocurrir, cuando no puedes con tu alma, animar al compañero es lo único que te mueve hacia adelante.

¿Qué me decís de los cantantes?, casi no puedo creerme que como siempre quisieran su pedacito de pastel. El maldito confinamiento se volvió una carrera para ver quién componía el himno antes, todos tenían canciones de hablando de abrazos, y de aplausos, de pajaritos y balcones. La vida en un poema, manchando un papel pautado, encerrada en la jaula de un pentagrama.

Y los actores con su papel protagonista, gritaron, lloraron, insultaron o se auto nombraron cabecillas de los actos. Siempre con ese afán de hacerlo todo suyo, como si en los demás no hubiera rastro de humanidad. Acaso no se han percatado aún de que todos somos personaje, en un momento dado. Pero qué haríamos sin ellos, sin sus tragedias y comedias cotidianas.

Nunca se me han dado bien las redacciones, pero quizás había que contarlo, o quizás no, al menos yo hoy me quedo más tranquila haciéndolo, no quería ser la única del planeta que no lo hubiera intentado.

La desescalada está siendo, como suponía un auténtico desastre y no solo organizativo, sino personalizado. Como era de esperar cada uno hace lo que quiere y cuando quiere. Hasta aquí casi todos habíamos respetado, cumplido las normas porque nos iba la vida en ello. Más una vez abrieron los bares y los futbolistas han vuelto a entrenar a los campos, ya hemos minimizado los casi noventa días que hemos permanecido confinados.

Aquí nada es más importante que una cerveza con los amigos, aunque aumenten los contagios que nos quiten lo consumido en el bar, los cigarrillos, y las cervezas, los calamares y el vinito, son los protagonistas de la desescalada por mucho que se empeñen los políticos en mantener la atención. Que no, que no hagáis más pan, que la levadura que quedaba en los almacenes fue a parar a las barricas de agua de cebada.

Al fin entendí por qué se había acabado la levadura. Qué más dan los muertos, ni los contagios, las cacerolas y los aplausos cuando te puedes tomar una caña sentada en una terracita del barrio. Ahí se acaba lo solidario, las lágrimas y lo pasado, que no nos falte un buen grifo ni un buen tirador en vaso, con espuma la justa y frescor en los labios se nos olvidan las penas y los desengaños.

Los diez días de luto nacional por los fallecidos del COVID-19 se han reducido a un minuto de silencio el primer día, los dedicados por los políticos en el congreso los miércoles antes de cada batalla campal, y el del último día con los Reyes en medio de un polígono. Los nombres de cada uno de los fallecidos ni siquiera permanecerán en el recuerdo, porque son demasiados y además no nos han tocado cerca. Los de los héroes caídos en atención a los enfermos han sido pagados con uno de esos premios tan prestigiosos, que constan de un diploma, una escultura de Joan Miró representativa del galardón, una insignia con el escudo de la Fundación, y una dotación económica de 50 000 euros, que ya me contaréis como se reparte esto entre todo el personal sanitario de este país.

Ya vendrán nuestras conciencias si es que algún día llegamos a esa “Nueva Normalidad” como se le ha llamado a lo que será nuestra vida después de todo esto. Que vaya un nombre tan ridículo se les ha ocurrido a estos baluartes de la imaginación que son nuestros representantes elegidos.

Obviemos por su falta de mérito a todos aquellos que han dado su grito para restar en estos momentos en los que todos debiéramos haber aportado brazos e imaginaciones para sumar, pero hay gente que no puede parar de ser protagonista y adjudicarse la verdad absoluta, aunque nunca la hayan tenido, ni la tendrán porque parten de premisas equivocadas, trasnochadas y falsas.

Todo esto nos ha dado de sí, a punto de entrar en Madrid en la Fase 2, o sea el desmadre más absoluto aún. Sólo os pido a todos prudencia para seguir cumpliendo las normas, bajo la convicción de que Fernando Simón por encima de lo que piensen unos pocos, nos ha ganado a la mayoría, siendo el único, junto al Ministro Illa, las pedazo de ministras que nos han tocado, que son a cual más guapa y más lista, y al ministro Grande Marlaska que le ha echado un par de huevos para cargarse a quién no debería haber estado ahí desde hacía muchos años.

A partir de ahora espero que el acto de meter un voto en una urna se convierta en un acto de responsabilidad que nos recuerde quienes sí y quienes no debemos elegir después de esta gran lección que nos han dado la vida, y un murciélago. Allá cada cual, pero yo desde luego lo tengo muy claro, prefiero a los que trabajan sin descanso, aunque cometan errores, que a los que sólo han servido a sus propios intereses sin echar nunca una mano, convirtiéndose en una carga, viral también para la sociedad, ¡parásitos!.

Vuestro voto hablará de nosotros, aunque estemos muertos.

Hoy no es, aunque lo parezca una historia de ficción sino la vida misma la que nos obliga a crear para escapar aunque con mascarilla de lo vivido.

 

@carlaestasola

Después del COVID_19

 

2 comentarios en “El fin del mundo sin levadura”

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