EL PODER DE LAS LETRAS

EL DESIGUALUELO

EL DESIGUALUELO

 

Cuando el gobierno anda metido, los experimentos son muy complejos.
A través del plasma de la superficie, el controlador observa las reacciones humanas del estudio con ojos de superdotado. Come una enorme hamburguesa mientras transcurre el experimento. Porque en eso consiste su labor: observar la interacción entre Pedro el calvo (también llamado caballero de la fatalidad por el respeto que imponía la brutalidad de sus crímenes), Sonia “la dulce Zemanova” (experta en actos de BDSM bajo los efectos del MDMA), el matemático de la curva 10 y el viudo del pelo atormentado.
– ¡Sociópata número 3! ¡A la sala catorce! Hoy no es tu luna… -dice el robot guardián.
Y, a continuación, habitáculo por habitáculo hace lo mismo:
-¡Número 7! Puedes acomodarte en la sala 14 con tus compañeros.
– ¡Número 10! Ya has oído…
– Caballero de la fatalidad, puedes pasar…
– Ya están todos, jefe, tiene vía libre –Saludando a través de la cámara con un guiño a su glotón compañero humano, que, con los dedos medio sucios por la salsa de la hamburguesa, golpea con desgana las teclas para proceder al archivo oficial de los datos.
Los cuatro sociópatas entran y se sientan alrededor de una proyección holográfica en absoluto silencio. -¡Adelante, que sea lo que dios quiera! -piensa el jefe. Y da comienzo el estudio sobre empatía Dansio 4.
– Unami -dice Pedro con voz seca- Es uno de los cinco sabores básicos -hace una pausa y sigue- junto al amargo, ácido, dulce y salado. Es una palabra de origen japonés utilizada para expresar un sabor entre salado y el glutamato monosódico. El sabor fue descubierto por el profesor Kikunae Ikeda a comienzos del siglo XX.
Espera a que termine de hablar y agrega en bajo Zemanova: Necesitaba esa expresión para mi libro…
Callan todos y se miran. En ese instante, el viudo alza las cejas y comienza a canturrear lo que parece una extraña opereta de invención propia.
– ¡El barítono insectívoro! ¡El barítono insectívoro! Y, adaptando la fría mirada de aquellas pupilas tenebrosas al infinito, continúa aterrador y grotesco:
Cucarachas cobrizas danzando en la estratosfera… ¡cucarachitas!
Ratitas violáceas escurriéndose entre los dedos de los pies… ¡van dos y van tres!
El destello azul verdoso de una cópula de larvas en cuclillas, ¡sin doctrina!
Y trece pétalos de alguna flor desconocida… ¿No me digas? ¿Más allá de las letrinas?
¡Sí, exacto! A la opereta del barítono insectívoro Allí nos dirigimos todas sus amigas…
¿Y eso, chicas?
Porque Dicen que hay allí exóticas cucarachillas vivas…
Violáceas cucarachitas vivas que corren por las esquinas.
Sublimando desde el submundo la voz de las alcantarillas

Queda la sala en silencio. Nadie ríe. Pero un pinchazo en la sien obliga a hacerlo.

-Soy poeta… -dice el viudo, con el pelo más atormentado que nunca.
En ese momento comienza Zemanova a sonreír y lo hacen falsamente todos. Ríen mirándose las pupilas con miedo. La esfera del holograma se torna en ese instante de color verde y el matemático comienza a escribir números en su libreta.
Permanecen dos minutos callados los cuatro.
De repente, el caballero de la fatalidad ríe con gesto de orgullo y añade: Desigualuelo.
Todos entienden que hay uno distinto, uno que no es sociópata.
Si los tres sociópatas supiesen cual de ellos no lo es, éste estaría muerto en el acto. Pero el matemático de la curva 10 era un profesional. Había entrenado para eso prácticamente toda su vida, incluso había quien decía que lo llevaba en los genes. Además, su currículum como integrante de grupos cerrados Dansio era intachable. Estaba vivo después de dos años trabajando para los experimentos más difíciles de la empresa. Y eso no es decir poco.
– ¿Quién sabrá más de la luna los lunáticos o los astrólogos? –lanza al aire el caballero de la fatalidad desconcertando verdaderamente al grupo.
La pregunta es muy comprometida aunque no lo parezca. Ya que Zemanova había dejado caer un piscis por lo bajo mientras se sentaba.
En ese momento el viudo empieza a tararear, poco a poco a cantar, y otra vez:
– ¡Cucarachas cobrizas danzando levemente en la estratosfera! ¡Cucarachitas!
Como si se sintiese más orgulloso que los creadores del google, hace una reverencia y se sienta sonriendo.
El matemático intuye que algo no va bien. Piensa: Si el viudo atormentado deja de reír y dice piscis estoy muerto porque los tres serían piscis en la estrategia v2 iniciada por el caballero de la fatalidad. Y sigue pensando aceleradamente: Por otro lado, tengo que decir un signo antes que él… ¡Joder, por favor! -suplica a su larga experiencia en salvar la vida.
Sin dejar de reírse falsamente con los cánticos del viudo clavándose en su cerebro, deja caer un piscis con seguridad. En ese momento, el viudo se queda mudo y le mira fijamente a los ojos con mirada de asesino.
– ¡Ja, ja! ¡Acuario! ¡Acuario! –le reza lentamente el viudo señalando a la Luna. Y, en ese instante, Zemanova se provoca un vómito del que extrae un pequeño bulto no más grande que un paquete de tabaco y lo pulsa velozmente, mientras el láser atraviesa el cuello del matemático, saltando su cabeza sobre el holograma y quedando los tres sociópatas salpicados de sangre fresca como en una de sus antiguas orgías.

 

(Cuando concebí la idea de este relato, el vocablo desigualuelo todavía constaba en la RAE, como sinónimo de desigual)

 

Eduardo Ramírez Moyano

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