MICRORRELATOS,  RELATOS

El cerro del gaznate

Se encontraban por fin a los pies del cerro del gaznate. Con el equipo preparado y la pasión a flor de piel, ultimando los detalles del ascenso. Ya les habían explicado a su manera los aldeanos que era incierto, que la historia del gaznate no era más que una vieja leyenda que circulaba por los alrededores, que se trataba de una colina muy escarpada pero de ninguna de las maneras intocable.
– ¡Ves, atontado, hasta los paletos han subido ahí! – increpó Juan al “largo”.
– Bueno… bueno… que hayan subidos ellos que conocen bien esta tierra, no quiere decir que no sea complicado. Va a ser jodido… y muy jodido – replicó Leo, “el largo”.
– Tampoco exageres, Leo, yo creo que antes de que se haga de noche estaremos de sobra en el pico – prorrumpió Martín con su peculiar y apaciguadora frecuencia de voz. Y desplegaron el equipo con una coordinación organizacional que nada tenía que envidiar a una unidad militar.
– Vale Juan, tú primero, adelante… – mientras fijaba la cuerda con metodismo aprendido – ¡No sueltes la gris aún, Leo! Muy bien… Así, así… – con el orden y la templanza de actitud que le caracterizaba, coordinaba serenamente Martín los movimientos del amigable trío de trepadores. Y, a las cinco menos cuarto de la tarde, comenzaron a ascender los tres escaladores aficionados por el único lado practicable del pico del gaznate, que se alzaba en mitad del rodeno como un monolito desafiante, y cuyo aspecto grotesco hacía pensar constantemente en algún desecho ufológico que alguien hubiese dejado allí con fines desconocidos, y posteriormente, el olvido o la inutilidad se hubiesen encargado de manera fortuita de terminar clavándolo en ese punto, para asombro humano y desconcierto de natura.
Mientras los expertos en vértigo desplegaban con lenta seguridad sus habilidades verticales, el designio de un sol veraniego soltaba sus enérgicas porciones de vida sobre la vegetación, escudriñando cada grieta, cada aleteo, cada trino… La abundantísima flora montañesa brillaba su gama completa de verdes sobre un lienzo infinito manchado de ocres, marrones y coleópteros con la preciosa sencillez de lo que no ha sido hecho por humanos.
Encaramados como arañas de cuatro patas con ovillos de fibra artificial al escarpado muro, coronar el pico sólo era cuestión de horas. – ¡Otro aquí! ¡Ya está! – aseguraba Juan cada vez que asumía haber alcanzado un nivel digno de mención.
A siete metros ya de altura, los insectos, que tanto habían molestado en la hora de la comida, no mostraban el menor signo de interés por acompañar al grupo.
– ¡Aquí ya no hay mosquitos…! ¡Je, je, je! – dirigiéndose eufórico Juan al resto.
– ¡Se quedaron abajo!, ¡je, je…! – contestaba Martín con esa vanidosa sensación de superioridad propia de los humanos.
– ¿Ves ese recodo, Martín? Cuando lleguemos a él, hacemos un pequeño descanso para reponer fuerzas – le propuso Juan con autoridad cómplice.
– Muy bien – asintió gestualmente Martín.
– ¡Descanso en ese recodo! – gritó a Leo, cuya menor experiencia devenía a menudo en hacerle ir a la zaga.
Conquistar la cima de la colina se había convertido en el objetivo más objetivable para demostrar al grupo excursionista de Andrés, “el flipao”, considerado el mejor de la comarca, que ellos podían hacer algo que ni siquiera éstos se atreverían a intentar.
– ¿Qué significa gaznate…? – preguntó titubeando Leo a Martín, mientras asía parte del equipaje sobre un risco notablemente sobresaliente. En ese instante, la pierna poderosa de Juan se fijaba en el hueco, con tan mala fortuna, que su tobillo caliente doblado en esguince lanzaba el eco espantoso de un dolor clínico. – ¡Aggg…! – bramaba Juan, intentando contener su estúpido fracaso ante el juicio de sus dos compañeros, mucho menos veteranos que él – ¡Joder! ¡Ay! ¡Ay!
Una nube inmensa cruzó de golpe sus cabezas, eclipsando tres cuartas partes de la montaña y provocando un silencio de asombro en todo ser viviente por debajo de ese lateral del extraño montículo.
– ¡Tranquilos! ¡No pasa nada! – gritó enfurecido – ¡Me he torcido el tobillo, joder! ¡Joder! – vociferó con irritación, increpándose a sí mismo por haber cometido un experimentado como él tamaño error.
– ¡Mierda! ¡Joder! ¡Hostia! – hubo exabruptos hacia dios por parte de los tres.
– Pero… ¿cómo estás? ¿Qué coño hacemos? Hay que descender ahora…
En ese instante, mientras el gran nubarrón pasaba de largo con cierta sorna, un alarido infernal, escupido directamente de las fauces enojadas de Juan, imponía su disposición: ¡Me cago en dios! ¡No hay ningún descenso! – Con los ojos inyectados en sangre – ¡Vamos a continuar hasta arriba! – al tiempo que volcaba su cuerpo atlético en el recoveco.
– ¡No es necesario llegar al pico! – vociferó Leo, escupiéndole por vez primera su convicción a Martín.
– ¡Y una mierda! ¡Sube el botiquín al puto recodo, ya has oído a Juan! – le contradijo con arrebato. Y desenganchó con tanta fuerza la argolla del pedrusco, que un fragmento de varios kilos salió despedido impactando de lleno contra la cara inocente de Leo.
Gritos entrecruzados, chirridos de arneses, metal contra metal, un crujir endiablado de rocas, ecos desgarradores, sangre, pedruscos cayendo… Y, finalmente, un silencio sepulcral.
Colgado de una cuerda, a doce metros del suelo, el cuerpo inconsciente de Leo chorreando sangre. Unos catorce metros más arriba, Martín, inmerso en un ataque de pánico, intentando sujetarse de la única cuerda a la que tiene acceso. Y, pocos metros por encima de éste, un Juan descompuesto, asomando medio cuerpo por el socavón sin poder hacer nada.
– ¡Dios mío! ¡Dios, por favor! – comienza a suplicar Martín entre sollozos.
Sin pensárselo dos veces, Juan, adrenalínicamente sobreactivado, ata la cuerda verde al risco, corta la inservible y lanza con todas sus fuerzas el cabo a las nerviosas manos de Martín. – ¡Agárrate! ¡Agárrate! – le exhorta en alarido.
Entre ruidos de rocas cayendo al vacío con desprecio, Juan consigue subirlo a pulso hasta el recodo. Y ambos se abrazan llorando, con la mente ida, el pellejo vivo y una mirada indescriptible. Es la mirada aterrada de dos cuerpos inmóviles, cuyos ojos, clavados en el infinito, contemplan estupefactos a su viejo amigo desangrándose en estado comatoso.
De refilón, la sangre del tobillo es apreciada por las pétreas pupilas de Martín.
– ¿No decías que era un esguince? ¡Joder! ¡Si está roto, hostia! – desde un odio de pureza visceral. Enzarzados en empujones, desvariando, empiezan a zarandearse rabiosos, producto de la situación, pero sobre todo, del enfado de Martín, “el sereno”, ante la estúpida obsesión de Juan por alcanzar a toda costa, al precio que fuera, el maldito pico del cerro del gaznate.
En ese instante, otro nubarrón de proporciones descomunales sobrevuela la montaña, dejándolos prácticamente a oscuras durante varios segundos
De manera automática, como un chorro de agua fría sobre sus cabezas acaloradas, la probable pelea se queda en eso, probable. Se diría que el breve lapso de ausencia de sol, de un sol asfixiante y pegajoso hasta la exageración, les hace recobrar la cordura por momentos. Por momentos brevísimos, porque de repente, y sin que tengan casi tiempo para recuperarse, se escucha un grito de horror ensordecedor… Un eco de muerte… Una agonía repetitiva que rebota de lado a lado del desfiladero amplificándose en cada ángulo.
Encaramados en el borde, lanzan su mirada al mismo tiempo hacia abajo. El desconsuelo se apodera de sus cada vez más débiles fuerzas al ver que Leo ha desaparecido.
Martín comienza a llorar desamparadamente: ¡Ha caído! ¡Nooo! ¡Ha muerto! ¡Se ha despeñado! – Y se deja caer sin fuerzas, abatido, recostándose como una marioneta en el pequeño peñasco que yace detrás de él.
Tragando salivas de angustia, Juan se apoya sobre sus piernas desmoronado, tan afligido y asustado como un guerrero que sabe que va a morir, y agarrándole ambos brazos, le implora: ¡Martín! ¡Martín, por favor! ¿Qué decía la leyenda? Yo no la escuché cuando estabais en el río… ¡Por favor! ¿Qué decía el pastor?
– ¡Es una leyenda! – le vocifera nervioso Martín, empujándole contra el risco.
– ¡Sí! Pero… ¿qué decía? – clama Juan, encrespado y desvalido.
– Que vivía en una cueva llena de tráqueas… ¿Por qué lloras, tío? – percibiendo la languidez acelerada del horror reflejándose en los ojos vidriosos de su enajenado amigo. Éste levanta la mano temblando y señala a sus espaldas sin abrir la boca. Martín, sin querer hacerlo, gira su mirada al hueco, y un montón de tráqueas despedazadas se agolpan taponando lo que parece ser una profunda cueva.
– ¿Quién? ¡Por favor! ¿Quién? – suplica entre quebrantos la ahogada garganta de Juan.
– ¡Un monstruo! ¡Perdón! Un ave… quince metros de lado a lado… garras como espadas… – Y enmudece, incapaz ya de articular una palabra más.
En ese instante, y por tercera vez, la nube tapa todo el cielo avanzando a gran velocidad hacia el recodo donde se encuentran. En esta ocasión, un batir de alas potente y sobrenatural, igual que el descrito con exactitud por el cabrero, acompaña inequívocamente a la bestia con furia voraz hacia su asaltado nido con el objetivo muy claro.

Eduardo Ramírez Moyano
 

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