RELATOS

El camino de la amistad

Con este relato participé en el concurso que organizó la asociación  «Amigos del camino Mozárabe» de Santiago. No ha sido publicado por lo que os lo traigo para vuestro disfrute o no.

El camino de la amistad

Cuando se juntan personas de distintas nacionalidades para realizar juntos un mismo cometido, es donde realmente se aprende la diversidad que tiene una misma cosa, según el país en el que se resida.

Es lo que nos ocurrió a cinco bloggers que, aunque nos conocíamos en nuestro mundo virtual, jamás nos habíamos visto en persona. Este era un momento idóneo para hacerlo; cinco culturas parecidas aunque distintas, cinco formas de pensar, de ver la vida, de creencias religiosas, de escribir. Los cinco decidimos juntarnos ya no solo para conocernos, sino para realizar juntos una parte de la ruta Mozárabe del camino de Santiago.

Comenzamos nuestro camino en la ciudad de Zamora, a orillas del río Duero. Tres mujeres y dos hombres. Melba, portorriqueña, que ya había estado en España y en el norte, por lo que fue una gran baza para convencer a los demás que se apuntaran a esta aventura. Bela, guatemalteca, Sari, chilena, Juan Carlos, argentino y un servidor, Antonio, español.

El cometido de esta aventura eran varios. Uno, realizar el camino; dos, cada día una vez acabada la ruta, escribir un post a modo de diario de lo que a cada uno le había supuesto la jornada; y tres, comparar cómo lo vivido por los cinco en el mismo día, podía interpretarse de distinta forma dependiendo de la persona, la cultura y la creencia religiosa. No olvidemos que la mayoría de las personas que realizan el camino de Santiago lo hacen por fe, otros por vivir la aventura, nosotros por un poco de cada.

Conocí el camino Mozárabe a través de la asociación de amigos del camino Mozárabe de Santiago de Badajoz. Todos los años invitan a las distintas asociaciones  de la provincia de  Badajoz a realizar un tramo de la ruta, para dar a conocer esta aventura, entre religiosa y social. Ya había realizado un par de tramos, aunque sin salir de la provincia de Badajoz.

Cuando hablamos por Internet y les propuse esta pequeña gran aventura, al principio fue un caos. Ponerse de acuerdo cinco personas, de cinco países distintos, no es fácil y menos para realizar una ruta a la cual ninguno estábamos preparados físicamente. Para todo hay que estar preparado, e incluso para caminar durante veinticinco kilómetros de media diaria, durante ocho o diez días.

Nos reunimos en la terminal del aeropuerto Adolfo Suárez Barajas. Fue un momento muy emotivo para todos. Después de mucho tiempo hablando y escribiendo juntos, por fin nos conocíamos en persona, aunque fue como si nos conociéramos de siempre. Después de las presentaciones iniciales y de recoger los equipajes, nos trasladamos al hotel donde pasamos la gran parte de esa primera noche hablando y disfrutando del momento. A la mañana siguiente nos trasladaríamos a Zamora en una furgoneta que había alquilado para la ocasión. Nos hospedaríamos en unos apartamentos muy cerca de nuestro lugar de partida.

Llegamos a Zamora a mediodía. Dimos un paseo por su casco antiguo, que es una preciosidad, sus edificios, sus calles; es como trasladarse trescientos años atrás, a los tiempos de Viriato.

Al tiempo que hablábamos de todos los detalles de nuestro viaje, que empezaría en muy pocas horas, todos/as estábamos ilusionados.

A la mañana siguiente, después de desayunar y preparar la mochilas con todo lo necesario para comenzar nuestra ruta, emprendimos camino los cinco. Sari, profesora de profesión, la persona más sensata y con los pies en el suelo; Juan Carlos, escritor a tiempo completo; Melba, madre y ama de casa, la más juerguista. ¿Será por sus genes caribeños? Bela, seria, comedida, algo tímida y de gran corazón, y yo, que como dicen en algunos lares, soy un cachondo dependiendo de la hora, algo sarcástico o borde como dirían los que me conocen

El primer día atravesamos Zamora y cogimos el camino de Santiago por la Ruta de la plata, que va paralela a la autovía del mismo nombre. Caminamos sobre veinte kilómetros; daba gusto ir en tan buena compañía. Además, te das cuenta que los acentos latinos son muy distintos cuando los oyes hablar en grupo; sin embargo, cuando hablas con una persona sola no diferencias la procedencia, excepto los argentinos, son los únicos que son inconfundibles allá donde vayan, siempre desde mi punto de vista.

Llegamos al albergue Casa camino, nombre que le viene ¡ni qué pintado! Aún estando agotados de la caminata, nos sentamos a escribir cada cual en su, como dicen, laptop, yo lo hice en mi portátil. Una vez hubimos cenado tuvimos poco tiempo para hablar de otra cosa que no fuera el sueño y el cansancio que llevábamos.

Decidimos levantarnos a las seis de la mañana y aprovechar el fresco matutino para adelantar camino y así tener algo más de tiempo para descansar por la tarde, una vez acabada la ruta.

Cuando desperté eran casi las seis y ya estaban todos en pie, esto era afán por caminar, ¡je,je,je! Salimos con la idea de llegar hasta el albergue de Faramontanos de Tábara, a unos veinte kilómetros de camino; pero nuestro ánimo y el buen camino nos llevaron hasta la localidad de Tábara, haciendo diez kilómetros más de lo previsto. A un buen ritmo y con la satisfacción de ir por la antigua calzada romana, que se deja ver en los distintos tramos del camino. Cuando llegamos al albergue nos peleamos “entre comillas” por una ducha caliente y un sofá para estirar las piernas. A pesar del cansancio nuestro estado anímico era fabuloso y cada minuto que pasaba estábamos más contentos de haber dado el primer paso, tanto para reunirnos como para realizar el camino.

Como ya he comentado la diversidad de acentos o dejes a la hora de hablar, enriquecía nuestro vocabulario. Sari, como buena profesora que ha sido y es, nos corregía sin parar, cosa que nos hacía gracia, lo que se aprende no se olvida y lidiar con alumnos es algo que se lleva por siempre en la sangre.

Otro día más entre campos de viñedos y pinares, rumbo a nuestro cometido final, que no es otro que el de afianzar una amistad, ya grande de por sí.

Los días corren y los kilómetros se van quedando atrás. Nuestra siguiente parada fue en el albergue Casa Anita, a veinte kilómetros de Tábara. Aunque no nos percatáramos, nuestras piernas se fortalecían a la vez que los lazos entre nosotros, mi amistad entre Melba, Belita y Sari era grande, con Juan Carlos no era tan grande, al habernos tratado menos, antes de ahora. Ahora puedo decir que es igual al del resto de componentes del grupo, conozco detalles de su vida personal que no se cuentan si no hay una buena confianza. Lo mismo pasa al revés, ellos conocen detalles de mi persona que no le contaría a cualquiera así, sin más; ni siquiera a amigos a los que tratas todos los días en tu vida diaria, porque no se acaba de tener esa confianza, que te hace abrirte.

Seguimos nuestra ruta un día u otro, paso a paso, kilómetro a kilómetro, día a día.

Al séptimo día decidimos descansar todo el día, nos encontrábamos en Ourense. Nos quedaban dos o tres días como mucho, según lo planificado; así que decidimos descansar las piernas, nos dimos masajes y dormimos todo lo que pudimos, aunque a medía tarde decidimos dar una vuelta por la ciudad orensana y hacer algo de turismo. Nos hablaron de Las Burgas, unos manantiales de aguas termales, no pudimos evitar la tentación de sumergirnos en el calor de las termas. Estuvimos casi toda la tarde a remojo, relajados hablando de nuestros proyectos literarios, de realizar algo en conjunto, como ya he comentado, ya he realizado trabajos en colaboración con Sari, Bela y Mel, pero siempre a dúo, ahora nos proponíamos hacer algo en conjunto, los cinco.

¿Qué mejor que escribir un libro de nuestra experiencia, visto cada cual desde su óptica, algo así como si fuera el guión de una obra de teatro, en el que cada cual fuera el protagonista de un capítulo? Ya llevábamos mucho trabajo hecho, al escribir cada día un post de nuestra ruta diaria. Solo tendríamos que ahondar más en  nuestro interior y sacar esos sentimientos y esos pequeños datos que nuestro cerebro recoge, pero que dejamos aparcados en un cajón de nuestra memoria, en espera de sacar algún día.

De camino al hotel en el que nos alojábamos, paramos a comer algo en una taberna que nos habían recomendado y después hicimos una pequeña parada en los jardines del posío o como dicen los gallegos en el Xardín do posío, que se encontraban a pocos metros del hotel y nos apetecía visitarlos. ¿Cuándo íbamos a tener otra oportunidad como esa? Quién sabe.

De retirada en el hotel, cada uno se fue a descansar, con la intención de salir temprano  para Silleda, nuestra ante penúltima etapa de esta aventura.

En el camino ya se nos notaba la pena de que esta aventura estuviera llegando a su fin. En un par de días o tres, cada uno tendría que volver a su lugar de origen y retomar su vida diaria. Volveríamos a hablar a través de una pantalla y empezaríamos a recordar estos días. El día había salido nublado, como nuestras cabezas. Amenazaba lluvia y nos quedaba cerca de una hora para llegar a Ponte Ulla, final de nuestra ruta de hoy. El camino se hacía pesado. Cuando el agua empezó a caer apretamos el paso y aún así llegamos chorreando agua,  los chubasqueros nos habían quitado mucho, pero así y todo nos entró el agua por la cabeza y nos salió por los pies. Una vez llegamos al albergue nos cambiamos enteros de ropa y pusimos las botas a secar. Era lo más importante para el día siguiente, ya que ropa llevábamos de recambio, pero calzado no, y lo necesitamos tanto como el comer o mejor dicho el caminar.

No hubo problema al final. Las botas estaban secas por la mañana, cuando nos dispusimos a realizar el último trayecto de nuestra ruta. El camino fue agradable, entre prados verdes, hórreos, vacas y huertos. La de aldeas que nos han acompañado durante todo el trayecto, desde que entramos en Galicia, unas más grandes, otras más pequeñas, algunas abandonadas, y otras luchando por no perecer en la vorágine del progreso.

Eran nuestros últimos veinte kilómetros, de una aventura que quizás no vuelva a repetirse, al menos no en las mismas condiciones y las mismas personas. La vida es inescrutable, nunca sabremos qué va a suceder al siguiente segundo ¿O sí? ¿Quién sabe?

Entramos en Santiago de Compostela a las doce del mediodía. Como si de un aviso de nuestra llegada se tratara, las campanas de la ciudad empezaron a tañer dando la hora de nuestra entrada. Atravesamos la ciudad para llegar a la catedral y al pisar la plaza nos quedamos parados.

Nos miramos los cinco, con lágrimas en los ojos y nos unimos en un abrazo todos juntos, por haber empezado el viaje, por haberlo terminado, por habernos conocido y por tener que separarnos.

Fue un momento especial, para nosotros y para los que estaban alrededor y que nos miraban con esa mirada de complicidad, comprendiendo lo que sentíamos en ese momento. ¿Sería porque ellos también lo habían sentido en algún momento?

Nuestras vidas siguen su cauce, seguimos en contacto. Pero nada será lo mismo.

©Antonio Caro Escobar

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