Vine a conquistar estas tierras de olivos susurrantes que se perfuman con romero. Como buen general, antes de atacar quise conocer a mi enemigo, así que me dirigí a uno de sus pueblos de casitas blancas que sabían a espuma de mar. No tuvieron piedad. Me atacaron con sonrisas francas y palabras hospitalarias. Me condujeron en contra de mi voluntad a estancias frescas donde me ofrecieron vino y queso. Una mujer de piel dorada me llevó de la mano entre viñedos salpicados de rosas. Sus ojos oscuros me dijeron sin palabras lo que ya temía. Había sido conquistado.

©Vanessa Requena