El amor que llega en una taza de café

El amor que llega en una taza de café

NUNCA he visto, y estoy segura, nunca veré un amor tan grande y eterno, como el que mi papá le ha dado a mi madre durante toda su vida.

 

El se sentó a la mesa, con la única intención de tomar un café, con dos cucharadas de azúcar; así simple sin crema y sin sabores.

-Un café. Como siempre y una rebanada de pay de queso.

Apenas bebía el primer sorbo, cuando volvió a verla.

Ahí de pie detrás del mostrador de la tienda de ropa, a donde él había acudido para acompañar a su hermana que llevaba consigo a su pequeña sobrina.

Justo detrás del mostrador, que no fue suficiente para evitar que él mirara por primera vez aquellos ojos negros en los que se perdería por siempre.

-Talla chica- Dijo Delia a la vendedora

-Sí. Talla chica- dijo nerviosamente José- mientras hacía la necesaria aclaración de que aquella niña era su sobrina; revelándose como un hombre libre de compromiso.

Hoy frente a su café, José la recuerda. Vuelve a soñar, como aquella noche en que la conoció con sus cabellos negros rizados, sus ojos brillantes y esa hermosa sonrisa enmarcada por unos hoyuelos a cada lado.

Pasa de nuevo frente a él, en una mágica escena viva esa primera cena en la que ni él ni ella pudieron comer los platos que tenían enfrente, debido a que la conversación y la verdadera delicia no venía de la mano de un cocinero; sino del futuro que se les venía de golpe.

Queta y José, firmaban en el universo un amor que desde aquel momento sería eterno.

Hace unas cuántas lunas, se inició esta historia cargada de mil historias.

-Córrele, ahí viene mi papá – Dijo ella intentando que José desapareciera en el instante, al ver que venía su padre por el corredor del edificio

-No correré- dijo él – aquí estoy y estaré frente a lo que sea – mientras ella cargaba una pesada vajilla que acababan de comprar y que, en sus manos parecía más ligera que una pluma, a causa del temor que tenía a algún reproche de su padre.

Y así fue, que juntos sortearon cada obstáculo y cada sombra que se les puso enfrente.

Un enero, el mejor de sus vidas avanzaron; ella vestida de blanco y él de ilusiones eternas, hacia el altar para jurar ante su creador amarse por siempre y más allá de las estrellas; para manifestar y sellar sus corazones.

José, inmerso en sus recuerdos, toma lentamente un pedazo de pay, recordando en cada parte el que ella preparaba, siendo inevitable viajar al pasado en donde ella horneaba el mismo postre y muchos otros platillos que aún lo llevan a esa casa, a su cocina, al tiempo en el que estaban juntos.

En medio de un suspiro, él vuelve a entrar a su casa en espera de que Queta lo reciba con un beso.

-Dame un beso de película- le dice de nuevo en secreto mientras él se ríe para sí mismo gozando de sus propios recuerdos; a tal grado que confunde la realidad con aquel tiempo en el que la tenía a su lado con sólo extender la mano.

Y mientras el café se enfría, vienen más y más fotos hermosas y dolorosas del pasado, la casa de dos pisos que compraron juntos, las rosas del jardín, los muebles de colores brillantes, la vida que anhelaban juntos.

 

Queta y José tuvieron dos hijas, que completaban sus planes; dos niñas que nacieron con diez años de diferencia y que hacían que esa casa fuera el castillo de un cuento y que la vida fuera más feliz que una historia de hadas; además de que esperaban la llegada de un nuevo bebé.

Fue una mañana, en que su cielo se nubló y empezaron las tormentas.

Queta se sintió un poco mal y juntos acudieron al médico, que les dio la noticia de la pérdida del nuevo bebé; tornando la mañana en noche. En una oscura noche que terminó en pocas horas.

Queta volvió ese día a su casa y pudo besar a sus hijas, antes de partir al hospital para ser atendida

-Cuida de tu hermana- dijo a la más grande, y se fue desvaneciendo en el camino mientras José manejaba.

 

Sosteniendo entre sus manos, la fría taza de café, José puede recordar los minutos; las horas de espera antes de recibir la noticia que lo llenaría de la pena más profunda que un hombre podía vivir, y es ahora cuando parece que el tiempo no ha pasado que siente que la tiene enfrente convertida en ángel.

Queta, viajó a los confines del mundo, volando en las alas del amor eterno y dejando su presencia para siempre en esta tierra.

 

José, después de cuarenta años, no ha dejado de amarla. La ve en cada rincón, en cada rosa que habita un jardín, en los ojos y palabras de sus hijas y en cada suspiro que entra a su ser cada mañana, sellando ésta como una verdadera historia de amor eterno, una historia en que dos almas hacen el pacto de amarse por siempre y lo cumplen sin importar que ella esté allá y el aquí sentado tomando café.

 

Esta sí es una historia de amor que en la próxima vida volverá a escribirse, porque es más grande que el mismo tiempo.

 

 

 

 

 

 

 

 

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