Duermevela

Duermevela

DUERMEVELA

Cae la noche y una suave duermevela se apodera de la ciudad inquieta, cansada tras la pesada carga del manto de adrenalina y tensión que lleva arrastrando durante otro día más en el calendario infame de la cotidianidad. Poco a poco, se van apagando las luces en las ventanas anónimas habitadas por las almas translúcidas de unos cuerpos indiferentes. Solo algunas permanecerán encendidas unas horas más, las de aquellos espíritus nocturnos que logran mantener el nivel de sagacidad por encima de lo considerado como un límite razonable.

Escasos vehículos circulan ya por las calles vacías, silenciosas y sombrías. Al contemplarlas de esta manera, resultaría casi inconcebible que apenas unas horas antes hubiesen albergado en su interior un torrente de vida circulando a velocidades de vértigo. Algún que otro animal se pasea incauto por las vacías callejuelas y avenidas. Algún perro, o gato, rebusca en los cubos de basura el tan anhelado alimento entre los desperdicios de los que, hace tan solo unos instantes, los consideraron inservibles. Sus gañidos reverberan en el silencio insondable de la noche, prestando atención al punto del que proviene el maullido sensual y excitante de alguna gata en celo recluida en una terraza sin flores.

Se lanzan también al silencio abisal de la nocturnidad los gemidos de los amantes aleatorios y también de los acostumbrados, que intentan rasgar a la vida unos instantes de placer efímero, que les permitan desaparecer, entre suspiros anhelantes y fluidos corporales, de la cruel realidad. Gemidos guturales que salen a la noche edulcorados con palabras de amor y envoltorio de caramelo sin azúcar, mientras el vecino del piso de arriba escucha con excitación, perdido en los pasillos asépticos de su ardiente imaginación.

Los bares comienzan a bajar sus cierres herméticos y metálicos después de arrojar a la calle los despojos maltrechos de sus feligreses más solitarios. Ahogados en alcohol de dudosa calidad, salen despotricando sus pensamientos en voz alta, cantando con voces enturbiadas por los efluvios o llorando como ánimas en pena sus aflicciones pasadas y futuras, desperdiciando de manera onerosa el presente. Son voces que provocan el escondite raudo de la gata en celo, para pesar de sus admiradores, y que se van convirtiendo en murmullos hasta sumirse en el sueño colectivo de la ciudad al amparo del abrigo silencioso de algún portal sin numerar.

Antes de que los primeros albores del día asomen su cara al mundo silente y traigan consigo la vuelta a la vida de una sociedad muerta con prematura, cuando la ciudad aún permanece sometida a ese dulce duermevela que la acuna como a un bebé al que acaban de quitar el chupete, ese es mi instante. Es el instante que hice mío, bohemio incauto, soñador de azoteas repletas de plantas ilícitas, desde el infausto día en que mis días y mis noches dejaron de verse honrados con el placer de tu presencia. En ese instante, yo te pienso.

1 comentario en “Duermevela

  1. En ese duermevela en el que todos los sentidos se agudizan y se percibe hasta el más mínimo suspiro, en ese duermevela en el que los recuerdos se acrecientan y la nostalgia se apodera del ser, es entonces cuando el pensamiento vuela hacia el amor que fue…Un relato genial, Ana. Besazos todos, preciosa amiga.

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