El duende de las tertulias

el duende de las tertulias

—Un rato más mami, un rato más.

De esa manera Adrián le respondía a su madre todos los días, cuando ella lo llamaba para el baño y para hacer las tareas de la escuela.

Adrián siempre era de los últimos muchachos en regresar a la casa, el juego con los amigos lo mantenía hechizado al máximo.

—Lee un poco esta tarde —le decía sin descanso la mamá, recibiendo una negativa constante de su hijo cada día.

— ¿Hoy tampoco vas a leer un rato? —Era la misma pregunta noche por noche. De ninguna manera ella lograba que su hijo abriera un libro.

¡Y cuánto le gustaba leer a ella!

—Estoy muy cansado mami, después que haga la tarea me voy a sentar un rato más en la acera, hasta tener un poco de sueño. Yo no voy a correr ni nada.

Una de las tarde-noche, en la tertulia conformada por los muchachos después del juego y el baño, todos advirtieron como se les acercaba un joven muy callado, quizás con un par de años más que la mayoría.

El «aparecido», cuando notó la mirada y el silencio del grupo no vaciló en hablar:

—Yo tengo un amigo que maneja la ballesta mejor que el Zorro —dijo esa frase de manera directa.

¡Se armó una tremenda! ¡La ballesta, la manzana en la cabeza! ¡La máscara del Zorro! Adrián discutió lo que pudo, él sabía que la ballesta era el arma de Guillermo Tell, pero no conocía bien la historia y se confundía al hablar.

Cuando llegó a la casa le pidió a su madre que le aclarara bien todo aquello.

—Tú mismo puedes leerla —respondió rápido la madre.




Al otro día Adrián, en la reunión de la tarde, estaba preparado para rebatir cualquier opinión falsa sobre el legendario personaje suizo que colocó la manzana en la cabeza de su hijo.

Pero el nuevo tertuliano tomó la delantera.

—No hay mejor corsario que Robin Hood —comentó.

¡Esta vez se formó más grande todavía!

Adrián llegó a la casa «exigiendo» a sus padres que le hablaran de dos personajes. ¿Quiénes eran Robin Hood y el Corsario Negro?

—Ahí están los libros. —El padre fue quien habló esta vez.

Entonces Adrián comenzó a entrar un poco más temprano todos los días; después de bañarse y hacer las tareas, tomaba algún libro entre sus manos, cualquiera. Tenía que contar algo nuevo en la charla del día siguiente, o al menos saber de quién se hablaba, para él poder participar en la conversación.

Una de las tarde no llegó el nuevo amigo que había aparecido de la nada, y ellos que no sabían ni siquiera su nombre.

Ninguno de los muchachos se decidía a comenzar la charla diaria. Y el silencio se mantenía.

La incertidumbre general fue interrumpida por Adrián, que les contó de Sanjuro, un antiguo samurái que se convirtió en ronin para ayudar a los campesinos pobres en el Japón feudal del siglo XIX.

El duende de las tertulias infantiles había cumplido su propósito, y se marchó satisfecho en busca de otros adolescentes necesitados de la lectura.

 

About Omarmg

Soy ingeniero civil, graduado en el MICI (Instituto de la construcción de Moscú).
Inicié la actividad literaria (escribir, o intentarlo) a mediados de la última década del siglo pasado, porque leer sí lo he hecho toda la vida.
También me gusta el deporte.
Prefiero el relato corto, será por los tiempos actuales???

4 comentarios en “El duende de las tertulias

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