dos
DOS

– Ufano paroxismo carnavalesco, Lenso -decía el más alto.
– No hace falta que lo jures… -le contestaba éste resueltamente, mientras se fijaba la prótesis en el dorso.
En ese instante, una banda de ateos puros anticlericales comenzó a abrirse paso entre las tribus, despreciando por completo todo tipo de pancartas.
– ¡Corre, Leo, que vienen los Coxners! – Gritó atemorizado Lenso – ¡Vamos! ¡Por allá! – Indicando el callejón de las recogedoras de semen – ¡Date prisa!
– No creo que nos perciban… Antes tendrán que cruzar por la zona bohemia, donde los perroflautas y los pintamonas les incordiaran durante un buen rato -razonaba sereno Leo.
Unas tres tribus más abajo, la extraña pareja volvía a su aún más extraño asunto: El pétalo de Nai.
– ¡Toma! ¡Ponye a recargar los iris de Marta! Los querrá cuando lleguemos… Nunca ha entrado en una celebración sin ellos -prosiguió Lenso. Y, sin pensárselo un segundo, Leo metió las prótesis en su plasma y activó la función de desinfección vírica.
– Veo que te lo has tomado en serio -agregaba Lenso, advirtiendo el monumental flujo de datos que atravesaba verticalmente la membrana viso-espacial de Leo.
– Tu frecuencia también es anormalmente elevada -contestaba ruborizado éste desde abajo -¿Cómo será? ¿Qué sentiremos? – prorrumpió meditabundo.
-Lo único que sé es que disfrutaremos de treinta y cuatro leyes más -sentenció en tono práctico y tosco Lenso. De repente, su panel lateral lanzó un pitido turbador como aviso en ultimátum: ¡Cinco minutos! ¡Repito! ¡Cinco minutos! – ¡No vamos a llegar, maldita sea! ¡Aún tenemos que cruzar el barrio obrero en temporada ecoterrorista y el recinto campana de Gauss! -emocionalmente estresado.
Tras de ellos, una potente neo-realidad se alzó ahora de golpe:
– Subid, vamos! ¡Que no vais a llegar a tiempo! -gritó Marta desde las alturas. Y el dispositivo los introdujo con severidad en la cámara de fotones. -¡Venga! ¡Daos prisa! -Titubeó un poco -¿Portáis el pétalo de Nai?
– ¡Sí! -respondieron al unísono.
– Pues… ¡Por el poder que me ha sido otorgado, y que los vandálicos me quieren robar, yo, funcionaria del Estado Malión, os declaro casados, robot y robot!
– Tomad, en este disco tenéis el certificado! ¡Suerte! -concluyó. Y, elevándose, la nube de polvo tóxico se esparció a ambos lados de una ciclópea fuente holográfica, dejando a los dos robots envueltos en un dinámico beso de prolongación aleatoria (o definida, según guste al lector).