DON JOSÉ.

DON JOSÉ.

 

 

Don José ya era viejo cuando yo era niño. Tenía un quiosco verde donde lustraba zapatos y vendía periódicos en la esquina de Grau   frente a la botica Grec.

 

Allí se exhibían “El Comercio”,  “La Prensa”, “La Crónica”, “Última Hora” y un periódico que siempre fue una incógnita para mí y que tenía descritas todas las carreras de caballos; cuyo nombre creo que era “Estudie su Polla”, nombre que a los españoles debía parecerles de otro planeta.

 

Don José, también llamado don Pepito, era un referente en Barranco.  Su quiosco servía como punto de guía para orientarse. Con la sonrisa permanente, arrugada la tez correosa y con canas que  hablaban de una edad incierta pero llevada con brío, don Pepito lustraba calzado, vendía periódicos y era fuente de información valiosa sobre el vecindario.

 

Temprano por las mañanas, dejaba en casa los dos diarios de rigor entonces: “El Comercio” y “La Prensa”.

Si se trataba de “El Comercio de la Tarde” o “’Ultima Hora”, había que ir a buscarlos donde él abrillantaba zapatos a empleados del cercano Banco de Crédito y de las casas comerciales de un par de cuadras más arriba o más abajo de la avenida Grau, porque una vez terminado su recorrido de entrega, se sentaba a trabajar durante todo el día.

 

En invierno se abrigaba con un chaleco, camisa gruesa abotonada hasta el cuello  y un viejo saco de terno. El pantalón lo usaba con los bajos dados vuelta y en vez de medias, llevaba periódicos metidos en los zapatos muy gastados, pero siempre limpios.

 

Cuando ya estuve en edad de presumir haciéndome limpiar los zapatos de vez en cuando  en la calle, don Pepito y su quiosco verde seguían allí y me daba el lujo de que él que era un maestro de la lustrada, dejara como espejos mis zapatos escolares comprados allí cerca de su puesto, en Bata. Conversaba siempre sonriendo y entrecerraba los ojos con una especie de tic, que luego descubrí que era hipermetropía al verlo leer con unos gruesos anteojos de parchada montura marrón y lunas rajadas. Lo sabía todo de Barranco. Conocía a las familias, conocía los nombres rutas, direcciones y los sucesos principales de esta pequeña ciudad.




A veces, sólo por conversar dejé mis monedas – que solían ser escasas – disfrutando de su sabiduría y de ése aire curioso con el que anunciaba que su trabajo estaba listo, regresando a su sitio los bordes del pantalón dados vuelta para que no se mancharan. Allí aprendí del toque final con gotitas de bencina y el escobillado parejo para luego mover el trapo de lustrar, brillante por los miles de roces con el betún aplicado a los zapatos.  Aprendí el casi cariñoso pasar de la limpia franela roja para acabar una tarea bien hecha y de la que se le notaba orgulloso.

 

Don José era bajito y cojeaba un poco. Aun así recorría sabe Dios cuántas calles temprano por la mañana, con sus periódicos de entrega, metidos en uno de ésos esténciles de cartoncillo que revelaban al revés el armado de dos páginas de un diario estándar: fascinación para un chico que veía por primera vez unas hojas en relieve con noticias y titulares.

 

Ahora los que diarios son muchísimos y la gente los lee en los quioscos; que se reparten a casa en bicicleta y “El Comercio” vende suscripciones y se entrega embolsado (con preservativo, digo yo), echo de menos al amigo que nos traía tempranito las novedades de la ciudad y del mundo,  antes que la televisión existiera y llenara de sangre y muertos los noticieros que ahora dejan los restos de su carnicería  para los diarios.

 

Del libro “EL PASADO SE AVECINA”.

 

Imagen: www. unocero.com

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