MICRORRELATOS

Diez minutos antes de las cinco

 

A casi diez minutos antes del amanecer, Sofía; con casi cuatro décadas de vida vivía una historia que, por primera vez en sus días la llevaría a, casi renunciar a la razón para permanecer acunada en los brazos de Samuel.

Eran apenas diez minutos antes de las cinco de la mañana y él ya rozaba su espalda avanzando hasta la línea en donde las palabras ya son indecibles.

La luz del sol apenas iniciaba su camino descendente hacia el ventanal que los separaba del jardín en el que, la noche anterior, habían unido sus labios y su ansia de unirse por vez primera, mientras Sofía, no daba crédito a lo que estaba sintiendo. Con casi cuatro décadas de vida, jamás había sentido lo que Samuel había provocado en los eternos minutos transcurridos desde el final de la noche anterior.

Entraron por la pequeña cabaña que se encontraba en el fondo de la construcción, convirtiéndose en almas sordas ante el ruido de los invitados que se encontraban reunidos en el centro de un salón, que se tornó muy lejano y Samuel, cerró la puerta; como clausurando su contacto con el mundo llevándola lentamente al lecho, que los recibía ansioso por abrazar ambos cuerpos; mientras Sofía cerraba los ojos para flotar entre sus brazos.

Por una ventana entreabierta, entró un furtivo olor a lavanda que cubrió a los nuevos amantes, volviéndose cómplice entre la mezcla de la respiración acompasada de ambos y el ligero viento que los acariciaba en un ritmo sin fin, apartados ya del mundo; él pasó sus manos lentamente desde la parte más suave del cuello de Sofía, bajando por su espalda; asiéndola contra su propia figura hasta caer sobre el lecho que los recibió como se recibe el latido inicial de una nueva vida.

Ella no sabía que era capaz de enredarse en otro cuerpo de esa manera; se mostró deseosa y cálida como nunca antes tomando contra sí cada centímetro de esa piel masculina que le quitaba la razón llevándola al delirio. No sabía que podía olvidarse del mundo entero rogando a las horas que no avanzaran.

Samuel le regaló los minutos, le dedicó cada segundo; la llevó hasta el mismo cielo; mientras los dos danzaban la misma melodía en compases, a veces serenos y a veces eternos que terminaron en un plácido y profundo sueño abrazados uno siendo el refugio del otro.

Y así, en la sentencia infringida por el paso del tiempo, se acabó la noche; amenazando que al llegar la luz cesaría el encuentro de aquellos amantes, se acabaría el aliento mezclado de ambos y las gotas de sudor se quedaría plasmadas en el lecho que, se quedaría esperando a una nueva noche.

Casi llegaba el amanecer y él abrió los ojos intentando encontrarse con la mirada de ella, mas invadido por la traición del deseo levantó las sábanas e inició de nuevo la ruta ya antes trazada con sus tibios dedos sobre su piel blanca.

No era aún, las cinco de la mañana cuando los amantes volvían a enredarse en aquel interminable estallido de pasión que los atrapó por siempre desde la noche anterior.

 

 

 

 

 

 

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