RELATOS

«Diez años y un día». Soliloquio a dos voces. Segunda parte.

En mi última entrada, la última hasta que se convirtió en la penúltima, igual que hará esta, insoportable levedad, presentaba el soliloquio de un tipejo que, huyendo de convencionalismos, lugares comunes y el peso de años de cotidianeidad, enfrenta la naturaleza de su quehacer literario.

Igual me ha quedado un poco complicadillo el párrafo precedente. ¿Que no?

Rebobino. No diez años, pero sí una buena temporada. Escribo. Esto, que podría resultar cuestionable si lo hubiera dicho hace algunos años, es hoy un hecho difícilmente rebatible. Escribo.

De todo un poco. Igual que en su día escribía cositas que querían ser historias y poemas mientras yo me empeñaba en que fueran canciones. Pero la cabra tira al monte. Igual que la cabra, mis poesías, mis historias y yo se convirtieron en lo que siempre fueron. Así que hace unos años, muy pocos, si los comparamos con los que llevo gastados en estampa bípeda, limpiándome el polvo blanco de la chaqueta o bebiendo, por poner un ejemplo, bebidas bien cargaditas de cafeína, y muchísimos si los medimos en línea recta, alegría tras alegría y sentimiento tras sentimiento, me puse a escribir.

Desde entonces han caído no pocos cafés, algunos certámenes, un puñado de recopilatorios ajenos, varias revistas, algunos recitales y las joyas de mi corona. A saber: “Rendez-blues” y “Las flores que nunca seré”.

Complicado decir en qué acabará todo esto. Pero de eso se trata. ¿O no?

Hasta hace unas semanas estaba enfrascado en la corrección de mi segunda novela, de cuyo título, hasta que no la vea registrada con los debidos vericuetos en que nos ubicamos en nombre de la ley, no quiero acordarme. De hecho, aún lo estoy. El caso es que en esos asuntos me hallaba, cuando recibí una comunicación que me hizo plantearme el rumbo de mis quehaceres como escritor.

Si recurrimos al flashback, como en las películas, las cosas quedarían más o menos así:

Era una tarde cualquiera, de un día cualquiera, de un mes cualquiera. Ya se figuran ustedes. Y si no, háganse a la idea. Se lo ruego. La especificidad, por no decir el lujo de detalles, es crucial para la mejor comprensión de esta historia. En resumen, serían las nueve de la mañana de una tarde cualquiera. Establecido ya el contexto hasta el más mínimo adorno, como en las viñetas del genial Francisco Ibáñez, vamos con el relato. Sin más dilación.

Hallábame yo con unas doscientas cincuenta hojas mecanografiadas, como solo un ordenador portátil puede simular. Era un día caluroso y, como tenía un frío de mil demonios, me dispuse a orientar el escueto ventilador de sobremesa para que su flujo de alegres ácaros diera de lleno en la pantalla de mi viejo hp. Ya saben ustedes: “hp, hp, sentadito me quedé”. Soy, como vulgarmente se dice, de culo inquieto, de modo que me levanté, inquieto y propenso a llevar la contraria, alterar el orden natural de las cosas y a no quedarme sentado, y me dirigí a la escueta cocina del domicilio en que me hallaba. Las doscientas y pico páginas, residentes temporales de la susodicha calle de tal, número cual, piso etcétera, etcétera, quedaron sobre la mesa.

Y aquí es, contextualizado el contexto, aclarada la voz, que en mi cabeza no hay dios ni, claro está, dios que se aclare y recogida la ropa que siempre-a-veces dejo tirada por el suelo, no me queda otra que volver al “soliloquio a dos voces” que precedió a esta nueva entrada.

Diría, como quien dice, algo así:

diez años

Y así, a grosso modo, yo me pregunto.

En efecto.

¿Dónde nos deja todo esto?

¿Todo esto qué?

Todo este galimatías que me acaba de soltar. Me siento afectado. En el mejor de los sentidos. No sé; aterrado, empático, errático y muy, muy cheli.

¡Qué locura!

No crea. No. No crea. Creer no lleva a ná. Eso aprendí yo, a caballo entre Estrecho, La Ventilla, Cuatro Caminos y Pedrosa del Príncipe.

¡Acabáramos!

No caerá esa breva. En fin. Ya me dirá usted como continúa esta historia.

No, no. Se lo digo ipso facto. “Ya de ya”, creo que se dice ahora. Es que los tiempos avanzan que es una barbaridad. Cierto que todo lo demás retrocede o desaparece, pero ese es otro cantar. El caso es que hallábame en el brete que acabo de relatarle cuando, como estoy seguro usted ya habrá intuido, me vi obligado a dar un pequeño salto espacio-temporal. Por razones diversas. De índole diversa. Como mi vecino. El Indalecio. El que siempre me dice que mis chistes son una puta mierda.

Algo de razón hay que otorgarle al Índalo.

No es razón para hablar mal, amigo mío.

No crea.

¡Cuánta polisemia en su respuesta! Soy fan. Desde ipso facto.

Desde ya.

No sé decirle. Yo soy más de la vieja escuela. Me faltan coetáneos. También me falta lo que este café tan rico importa. Sabrá usted excusarme.

Sí.

Y salir por piernas.

También.

En fin. Demos ese saltito espacio-tiempo.

Demos.

Claro está. Hablar de folios, ropa esparcida y calores de invierno, o viceversa, no nos va a ayudar demasiado a la hora de ilustrar el intercambio, el rifirrafe, el yo qué sé que me indujo a meterme en esta entreprise.

¡Lo suyo es la ciencia ficción! ¡Oh! ¡Qué oblivious he andado!

No le sigo. Pero, vamos con el relato de mis peripecias, que ya es hora.

¿Ya? ¡Jesús, qué horas! No me queda más remedio que quedarme. Y me quedo.

¡Cuántos “qués”! ¡Cuánta sabiduría! El caso es que recibí la llamada.

Ciencia-ficción religiosa. Es usted un prodigio.

Eso decía mi madre. Lo dijo una vez. Luego me dejó en un hospicio. Curiosamente, los de la honorable institución pensaron lo mismo.

La casualidad mató al gato que sobrevivió a la curiosidad.

Cierto. Contesté. Y hete aquí que me habló una voz.

Se le dirigió.

Una voz.

Peor sería un pedrada.

Mucho. Me dijo que no sé qué de las cosas los certámenes, de la calidad relativa de la combinación exhaustiva de las palabras, del estilo, de la dedicación de que de esto de juntar letras no hay quien viva. Bueno. El caso es que acepté.

No estaría mal saber qué aceptó usted. ¿Un café?

No, gracias. Luego me desvelo. Mejor un whisky. Sin alcohol y con mucho hielo. Total, no vamos a pagar.

Incontestable.

No se contradiga, haga usted el favor. Acepté. Decidí que ya iba siendo hora de intentar publicar aquella novela que llevaba años en el “economato”.

Anonimato.

Cierto. Mejor no revelar.

¡Qué tontería! Si ahora es todo digital.

Lleva razón. Borremos nuestras huellas. Las mías. Tampoco vamos a irnos sin tener una mala atención con el amable restaruador.

Ciencia-ficción religiosa con tintes de crimen del arte. Apasionante.

En total: una novela a la que había perdido el rastro.

Muy buenos los anticuarios. Me voy forjando una imagen nítida.

Los pros, los contras, las camisetas que había guardado en el cajón de los calcetines, hechas un rebuño y todavía húmedas; se me vino encima la estancia. Acepté. Ver mi careto florido asociado al logo de una editorial, quién sabe si verme convertido en un fenómeno.

Eso ya lo es. No le quepa duda.

Sí. Ya me lo decían.

En el hospicio.

Su madre.

¡La suya!

Dios la tenga en su gloria.

Dios le bendiga.

Tampoco se pase. Fenómeno mediático que, para alguien de mi humilde repercusión sería algo así como aumentar en tres o cuatro el número de followers que me follow.

Tiempos salvajes.

Genial banda.

Ilegal.

¡Válgame! Y más pros. Una buena razón para revisar una novela que, como le digo, había quedado en la nave del olvido.

¡Y ahora José José!

¡Y Dolores Dolores!

¡Flores!

¡Cochino!

¡Goloso!

 

Toca colgar el cartel de “Continuará”, habida cuenta de la facilidad de estos seres

locuaces para la carantoña y la ambigüedad lingüística. Se aleja el narrador no sin cierta sensación de alivio y, muy a su pesar, esperando que, a la mayor brevedad posible, los pros concluyan y los contras, a quién no le gusta practicar el tiro al plato, deporte tan nuestro, tan tuyo, tan mío, hagan su aparición y lo cubran todo. Como el magma.

Se siente ahora el narrador imbuido de la intolerable tendencia al jueguecito de palabras de los dos personajes. Se tapa la boca con ambas, dos, manos, más por evitar que el teclado caiga en ellas que po

r no gritar, que habita el humilde narrador un desierto de cuarentena al que poco importan los gritos, ahog

a la broma sobre la “magma morta” a la que se refieren brevemente los contertulios

y se dispone a hacer futis por tó el morro.

También toca, ya que estamos, volver a compartir el link en el que se puede contribuir a que la novela que dio origen a esta serie de soliloquios… a dos voces, «Diez años y un día», mi primera novela, vea la luz.

En el momento en que esta entrada es publicada, la recaudación de fondos, con derecho a ejemplar del libro, va por el 30% del objetivo marcado. ¿Halagüeño? ¿Necesario? ¿Contingente?

¡Sed felices!

 

 

 

Carlos Bueno-León

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