Diez años y un día. Soliloquio a dos voces. Primera parte.

O cómo dos mendas lerendas despliegan todo lo humanamente desplegable por hacerse entender.

Soliloquio a dos voces lo que, me ponga como me ponga, hace que pierda algo en el plano de la ortodoxia y, solo aparentemente, gane en número de comensales. Al final, salimos perdiendo pero bien, como en las dietas milagro.

Cuenta uno de ellos los primeros pasos, hasta un total de diez años, en el mundo de la palabra impresa, recitada y denostada. Cuenta el otro lo que puede. A veces, incluso, interactúan. Es cierto que el texto es más inclusero y menos interactuado. ¡Qué se le va a hacer!

Quiera dios que os guste aunque, a decir verdad, no sé si el tal dios está para comensales.

¿Diez años?

Diez años. Eso es. Exactamente más o menos.

Diez años.

Eso es.

Un porrón son.

Porrón. Son. Cubano. ¿Por dónde iba?

Diez años.

¿Ya? Inquieto me hallo. Claro; diez años de prestao. En realidad unos pocos más. Pero ahora, desafortunadamente, pago mis deudas.

Desdicha. Pero, se lo suplico, retomemos.

Si le digo la verdad, improbable, no imposible, esos podrían ser los que llevo dedicados a esto de las palabras.

¿Improbable?

Disculpe. ¿No? Como vea. Improbable que le diga la verdad. Menos probable aún que yo retome. Retome usted lo que requiera. Invita vuecencia. Aunque, si le digo la verdad, cosas más raras se han visto. ¿Ve usted cómo le digo? No. Claro. En fin. Si contamos los que dediqué a la música. Malamente. Perentoriamente perjudicado antes, durante y después.

Exactamente más o menos músico. Guitarrista, cantante y compositor. Más bien no. Pero sí que gasté algunos años creyendo, sin creer, que podía juntar un par de sonidos pares, algún ritmo impar y un poquito, muy poquito de corazón. Y, claro está, salió el tiro por donde tenía que salir.¿Y por dónde iba a salir?

Por Antequera.

Exactamente. Me alegra que me haga usted esa pregunta.

Usted lo ha dicho.

Fueron años en los que, por encima de todo, me dediqué a aniquilar todos los tonos que la madre naturaleza nos regaló en su día. Esto de los tonos, ¿sabe usted?, es como el asuntillo ese del pecado original. Nada nuevo. Nos lo regalan. ¿Y qué hacemos nosotros?

Usted lo ha dicho.

¿Sí? ¡No! Pero todo se andará.

¡Vamos!

Exacto. Vamos, que cogemos y nos tapamos las vergüenzas con una hoja de parra. Triste destino para el muy noble vegetal

O no.

Usted lo ha dicho. El caso es que, siendo las cosas naturales, como el amor, el odio y el yogur pasteurizado, vamos y las escondemos. Nos escondemos. Nos ocultamos. ¡Valiente gilipollez! ¡Si se nos ve todo! Si, por lo menos, yo qué sé, qué le digo.

Ni idea.

Así es. Una hoja de la planta del cacao. ¡Qué cosa más asombrosa!

Y tanto. Aún no sé qué estoy haciendo aquí. No le digo más.

Gracias. Entonces seguiré yo. Asombrosa es la majestuosidad del cacao. ¿No le parece? No conteste. A nadie se le ocurriría decir “la planta de la marihuana”, por poner un caso. O “la planta de la uva”. ¿Entiende? No diga nada. Decimos la parra, la marihuana y a la Parrala le gusta el vino. ¡Ah! Pero nadie se toma esas confianzas con el cacao. ¡La planta del cacao, amigo mío!

Eso lo dirá usted.

Así me gusta. Nada de convencionalismos. Ni confianzas no honradas. Y menos aún amiguismos. Los amiguísimos quedaron por el camino. Los que quedan, lejanos, se dedican a la política a espuertas, a manos llenas. El caso es que, al regalo de la madre naturaleza, cómo está padre, interpuse mi capacidad para destruir lo que vulgarmente conocemos como “armonía”. Ya imagino lo que estará usted pensando. “Hay cosas que nunca cambian”. ¿Me equivoco?

No lo sabe usted bien.

Sabias palabras.

Exactamente. ¿Es usted adivino? ¿En qué número estoy pensando ahora?

Verde.

Asombroso.

Esperanza.

Encantado. Yo soy Carlos. Y, hechas las presentaciones, retomo en su nombre de usted. Adivinatorias artes las suyas porque, increíble le parecerá, sobre todo si, como sospecho, no es usted adivino, me disponía a explicarle que lo único salvable de mis músicas resultaron ser mis letras. Abandoné el cruel mundo de la música. Por la puerta de atrás. Afortunadamente, como en el asuntillo ese de la hoja de parra, entrada, salida y rock’n’roll están tan cerca que pueden tocarse. Hay quien dice que incluso deberían.

No me atrevería yo a decir tanto.

Por supuesto. No esperaría menos de un hombre llamado Esperanza. Pasarían aún unos años con mis músicas en estado de letargo. Latentes. Me dediqué a la escucha y a la lectura. Y, como el espía avezado que nunca llegaré a ser, a la auto-destrucción. Ya sabe: “este romance se destruirá en, sírvase el interesado quemar el susodicho blues tras su escucha, regale tal otra novela como quien da rosas a cochinos”. Y eso hice. Y, como tenía que pasar, que esto es un sindiós, salió el junta-letras, el charlatán, el que, a falta de pan, decidió darse a los placeres del auto.

Edición.

Correcto. Amantísimo de todas las manifestaciones de automoción, me lancé a la auto-edición, auto-publicación, etcétera. Si usted me sigue, sabrá a que me estoy refiriendo.

Le sigo.

Desista. Tengo un genio de mil demonios.

Y a mí que me estaba pareciendo usted un demonio con mil ingenios.

¡Truhán!

¡Pirata!

¡Avión! Vaya por tal; ya me salió el talego. ¡Ay, la higiene! Ya nada es lo que era. Sabrá usted perdonarme.

No lo sé. Ayer estuve en el médico y no pude estudiar.

Mejor para usted. ¿Ha traído el justificante?

Sistema público. No justifica.

La honestidad, amigo mío. No es excusa pero, con el corazón en el pecho y la mano llena de dedos, ¡cuántos problemillas nos acarrea!

Diez años llevamos.

Sí. Calculo, a grosso modo, no se diga que no cosmopoliteo que, puestos a cosmopolitear, yo cosmopoliteo como el que más, seis dedicados a no dedicarme en cuerpo y alma a la música y cuatro rebanando trocitos de hipotálamo y dejando al lóbulo temporal campar a sus anchas dan un total de Diez años.

y un día.

¡Asombroso!

No crea. No nos vamos a asombrar ahora por un mes de veintinueve. Se han dado casos.

¿En capilla?

Sobre todo.

 

Diez años

Asombrado se encuentra el uno. Francamente entretenido el otro. Y, siendo los dos uno, y siendo esta contienda poco seria, más aún, sabiendo que el gerundio no les llevará muy lejos, ni por buen ni por mal camino, quedan los dos esperando que el tuerto se faga, el entuerto no supere los cuarenta días y, sobre todo, que la una que me llevo al superar la decena añal, que no anual, vea el fruto de un nuevo día. Y esperemos, y ya son no sé cuántos “y’s”, o “y’es”, que también tiene su gracia la gramatical anarquía en que casi todos incurrimos de vez en vez, “Diez años y un día” den con sus huesos en librerías de medio planeta y medio, con el consiguiente paso de la auto-edición a toda esta historia del “crowd-funding”.

¡Vááálgame el señor los anglicismos!

Carlos Bueno-León

2 comentarios en “Diez años y un día. Soliloquio a dos voces. Primera parte.”

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