Me despido de ti

Me despido de ti

ME DESPIDO DE TI

Una desmesurada sensación de congoja me invadió cuando sus labios abandonaron los míos. No hubo más palabras, más besos ni más abrazos. Ese último beso parecía querer poner un punto y final a mi vida tal y como la había concebido hasta ahora. A su lado. A pesar de nuestra juventud, en mi mente ya se había recreado el anhelo de envejecer a su lado, aquí, en el pueblo que nos vio nacer a ambos. Y en ese momento estaba allí, viendo cómo se despedía de mí para siempre con un tierno beso en los labios, casi derrochando una lástima hacia mí que me hubiese gustado no poder apreciar. Bonita despedida.

La vi abrir la portezuela del coche y, sin girarse una vez más hacia mí, acomodarse en su interior, dispuesta a poner rumbo a esa nueva vida que tan ilusionada había construido y en la que yo no tenía cabida. Me dirigió una última mirada de compasión, como si me tratase de un animalito al que abandonan en una carretera secundaria. Una última pincelada de orgullo hizo que me girase hacia el interior de mi casa sin tan siquiera dirigirle la mirada. Una vez dentro, pude escuchar a la perfección el rugir del motor al arrancar, como queriendo emitir el quejido lastimero que yo había reprimido.

Las ruedas sonaron sobre el pavimento, haciendo crujir la gravilla que había sobre él. El vacío que comencé a sentir en el pecho era indescriptible, sentí cómo se iba desmoronando mi mundo como un castillo de naipes ante una ráfaga de aire, a pesar de llevar meses preparándome para ese momento. No conseguí reprimir el impulso que me sobrevino en aquel instante, como una llamarada que se encendiese de pronto dentro de mí por combustión espontánea.

Mis pies tomaron el mando del resto de mi cuerpo y cuando quise darme cuenta me encontraba corriendo por las callejuelas del pueblo como alma llevada por el diablo. Hacía calor aquella mañana de finales de agosto y el sudor resbalaba por mi rostro al mismo ritmo que mis lágrimas, nublándome la visión. Continué corriendo y corriendo, haciendo caso omiso de los saludos de las personas que se cruzaban en mi paso, hasta que llegué a la iglesia. No era una construcción muy antigua ni de gran valor cultural, pero estaba situada en el punto más alto del pueblo, en un promontorio desde el que se divisaban varías kilómetros de distancia a su alrededor.

Agradecí de manera inconsciente el hecho de que la puerta estuviese abierta y, tras invadir el templo como un huracán, comencé una trepidante subida por las escaleras que conducían al campanario, donde de niño subía a hacer voltear las campanas en la llamada a misa. Ni las voces del párroco intentando evitar que accediese a aquel lugar me disuadieron de aquel deseo loco e irrefrenable de subir. Varios traspiés en aquellos escalones de piedra desgastada por el correr de los años casi me hacen caer, pero conseguí sobreponerme con el corazón encerrado dentro del puño de mi mano izquierda.

Cuando llegué a lo alto de la torre, las lágrimas ya habían desaparecido de mis mejillas, solo las densas gotas de sudor cubrían mi frente y mi respiración era apenas un jadeo. Una ráfaga de viento me acarició con decaimiento, como si me estuviera acunando entre sus etéreos brazos, cuando llegué justo a tiempo de ver aquel coche por última vez desaparecer tras la última loma a la que alcanzaba la vista. La última lágrima cayó, pesada e intensa, sobre el suelo adoquinado del campanario.

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