Despedida de mi barrio

Despedida de mi barrio

Era un pequeño barrio obrero, una de esas micro urbes creadas por el Generalísimo de todos los Ejércitos para dar cobijo a la clase trabajadora, colonias les llamaron. Los pisos en su pretensión de hogar de los años sesenta, con pocas probabilidades de convertirse en algo medianamente respetable. En poco más de cincuenta metros cuadrados vivían familias de todo tipo, tenían mucha suerte aquellos que aún no habían tenido hijos, pero llegó a haber algunas con cinco, seis y hasta ocho hijos en dos dormitorios.

Eran tiempos en los que los salarios eras ínfimos y la gente se conformaba con lo que tenía. Allí mis padres nos trajeron al mundo con una diferencia de apenas 18 meses a mi hermano y a mí que fuimos de los pocos afortunados en tener una habitación para cada uno, pero éramos de los pocos.

El Colegio, público, como estaba mandado, que también fue inaugurado por el Caudillo. Siempre recordaré ese día, a la orilla del Manzanares se alza aún, sobreviviendo a los años, aunque haya cambiado de nombre y de color sus fachadas varias veces, el edificio sigue siendo el mismo, ya no está dividido en dos partes el patio por una verja como entonces. A un lado los chicos con sus babis de cuadritos azules, y al otro las chicas con los cómo no, consabidos rosas. Aquel muro siempre nos pareció nuestra pequeña versión de barrio, del alemán. También cayó cuando teníamos ya once años, en plena efervescencia del furor que sumaba a la larga separación, las insaciables ganas por descubrir aquella parte sesgada de la población de la que se nos había mantenido largamente a distancia, estando apenas a unos centímetros.

Recuerdo los bofetones de nuestro Maestro D. Miguel, no diré el apellido por si acaso aún sigue vivo y le da por buscarme para darme uno ahora a mí. En plena cara, dejando toda la enrojecida marca de su mano en la mejilla de aquel que se dignase ni siquiera a mirar los cuatro bancos de señoritas que se encontraban aisladas en la fila de al lado de las ventanas, justo pegadas a la del maestro por si acaso había alguna violación de los ochenta centímetros de pasillo que nos separaban de los chicos, aquella raza fascinante y a la vez lo suficientemente ridícula como para seguir intentando acercamientos a pesar de los bofetones de D. Miguel. Ellos, veintiocho, nosotras ocho. No podía soportar el ruido sordo de aquellos malos tratos y aunque el maestro fue siempre encantador con nosotras, jamás se enfadó, y mostraba mucho más interés por nuestro aprendizaje que por el de ellos. También fuimos siempre mejor valoradas y por supuesto nuestras notas les dejaban boquiabiertos.

Nuestro rincón del barrio era una calle cerrada entonces al tráfico, los edificios rodeados por jardines con setos bajos de medio metro y con pequeñas zonas de columpios y toboganes.

Ni que decir tiene que en aquella época eran pocos los que podían disfrutar de vacaciones fuera de casa, unos pocos afortunados de nuevo, tenían “pueblo”, pero el resto permanecíamos perennes. Los árboles de Morera hicieron flaco favor a las madres en cuyas casas se criaban todas las primaveras ingentes cantidades de gusanos de seda. Las competiciones por el mayor número de capullos siempre atraían a la chiquillada y aquel que los poseía se convertía en una especie de Master Chef de la crianza que nos daba lecciones a todos gratuitamente y no sin cierta altivez por cierto.

Todas las tardes de verano, después de la siesta, el jardinero, que no es que tuviéramos que era un vecino encargado al que llamábamos así,  abría la manguera y procedía a regar las calles el barrio para refrescar el ambiente. Así después de la cena cuando todos estábamos ya de vacaciones, las madres solían hacer corrillo bajo las farolas que estaban rodeadas por una especie de poyete de cemento donde algunas se sentaban. Otras bajaban sillas plegables de su casa, y alguna labor, para entre charla y charla. La chiquillada aprovechábamos las veladas para jugar bajo el siempre vigilante ojo de ellas y sin perdernos de vista tras ninguna esquina que se mosqueaban.

Fue abriendo la ventana corredera del cuarto de baño donde fumé mi primer cigarrillo a escondidas, también desde donde contemplaba a los chicos más mayores jugar al futbol, ya casi de noche. En realidad, debo ser sincera no miraba a todos, sólo a Agustín, hermoso efebo hijo de la Señora Maria del tercero derecha del bloque de enfrente, que aunque luego perdió mucho con los años, por aquella época estaba cañón y tenía unas preciosas piernas que jugueteaban con la pelota como si de un futbolista de élite se tratase, o al menos a mi así me parecía.

Mi barrio era como un pequeño pueblo dentro de la enorme capital, y así lo recordaré siempre. Han pasado muchos años, pero para mí sigue teniendo ese encanto especial que le dan los miles de recuerdos que atesora tras cada esquina, en el portal, o tras los jardines.

Qué pena me dan los niños de ahora, esos que ya no saben sonreír, que siempre están con cara enfada y mosqueados con la vida a pesar de tenerlo todo. Una lástima que los barrios hayan cambiado tanto que ahora ni siquiera conozcamos el nombre de nuestros vecinos. Vivimos en el mismo portal y apenas nos cruzamos en el ascensor una vez al mes si acaso.

Me dan pena los niños, porque ya no sonríen, ni juegan, ni corren, ni saltan a la comba. Me habría gustado tener nietos que disfrutaran de los barrios, como yo disfruté del mío.

No sé que nos depara el futuro, pero ojalá volvamos alguna vez a ser humanos y a dejar que los niños rían, corran y salten, aprendan de sus propios errores y sus recuerdos puedan ser tan hermosos como los míos.

@carlaestasola

Día 28 de Junio- Notaría a las 12. Hoy hemos tenido que vender el piso de mis padres, triste pero con la esperanza de que quien lo ha comprado pueda disfrutar tanto, como yo lo hice durante media vida.

 

Imagen: Óleo de Eugenio Mayor

Música: Joan Manuel Serrat

Ella
Carla Duque es el pseudónimo de una mujer que no creía en sí misma. Aprendió a integrar en su vida cotidiana todos los grandes adelantos de la tecnología desde hace tanto que no alcanza a recordar, lidiando con todo tipo de engendros con teclados. Sobrevivió al cambio de siglo adaptándose a su entorno, no sin esfuerzo. Fue acusada en juicio sumarísimo de huir de la realidad con este personaje, no sabían sus jueces que nada había más lejos de su realidad que la vida real.

Yo
Soy en la medida en que me dejo llevar por las teclas, procuro con toda la torpeza comprensible en una advenediza, enlazar sílabas, componer palabras que se asocien entre sí expresando todo aquello que mí día a día no me permite expresar.

Desde niña me desahogué ante un folio y traté de asesinar mis recuerdos, más todo acababa siempre en una papelera, una hoguera, o en un cubo de basura, siempre hecho añicos.

Llego al mundo bloguero y monto mi primer blog en el año 2008. Luego, mi inconstancia me llevó al olvido. Volvía en el 2011 con otro, y otro blog… Pero no fue hasta el 2013 cuando surgió “La Mala Rosa”, le siguió “Subversión Labial”. No fue hasta mi colaboración para “El Poder de las Letras” desde hace dos años al que debo mi recién estrenado metodismo. He conseguido a regañadientes sentarme con periodicidad a escribir para mi cita de los viernes con los lectores.

Y hasta aquí puedo escribir, el futuro es incierto, sigo sin creer en mí misma, pero no cejo en el empeño de conseguirlo algún día.

3 comentarios en “Despedida de mi barrio”

  1. Tus letras me hacen viajar en el tiempo en otro barrio bajo el mismo contexto…es una pena, sí lo que les pasa a los niñ@s de ahora, lo tienen todo pero carecen de lo más importante.
    Grandes letras, Carla para reflexionar sobre lo que en ellas nos dejas.
    Besazos todos, guapísima.

    • Gracias a ti por tu valioso tiempo, ese que dedicas al leerme. Ojalá aprender que conocernos y fraternizar es lo que nos distingue de los animales, sino para qué… ?

Deja tu comentario, así nos haces grande

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: