Aceptó el designio del destino y se aferró a su mano, anduvo presurosa hacia el centro del círculo en el que debía aposentare. No se resistió, ya nada tenía sentido, únicamente importaba el despertar.

Hurgó en el núcleo de la tempestad que la izara en volandas y la condujera hacia el mismo vórtice en el que sumergida quedara hasta un nuevo amanecer.

Opacas neblinas descendieron ante ella y la envolvieron dejando a su alrededor destellos luminosos, haz de estela dorada, puntos lumínicos que se iban perdiendo y propagando a medida que ascendiera por la inmensidad eterna del Universo.

 

@Marina Collado