Desde mi atalaya admiro el espectáculo de luces y fuego de una ciudad dormida en la que nada se escapa en esos místicos momentos en los que la imaginación se recrea y deambula en otros mundos sumida en éter narcotizante, alucinada la mirada puesta en la nada y el todo que la envuelve en el ensueño.

Desde mi atalaya puedo observar las cosas a mi modo, tal como las quiero, mis deseos son órdenes que se cumplen antes de un parpadeo. Desde mi atalaya me observó y me interno hacia lugares desconocidos, descubriendo nuevos universos.

Compongo cánticos en lenguas ancestrales que nadie entiende, solo el alma sabe los misterios de ese lenguaje que se manifiesta desde el silencio.

En la búsqueda de una verdad que sabe existe se adentra y se adentra cada vez en lo más profundo. Radica ahí la importancia de ver la luz que siempre estuvo, luz que se expande y se extiende abarcando con sus alas desde lo más interno hasta el infinito del mundo en el que me encuentro.

Desde mi atalaya todo lo sutil se hace manifiesto, me elevó sin alas, gravito por el espacio en etérea forma hasta fundirme y hacerme una con el Universo.

 

 

@Marina Collado