Demonios en la mirada

Demonios en la mirada

 

El repique de las campanas sonaba por última vez, ya sólo faltaba que tocaran “arrebato” para que abandonara la casa de su padre, en pos de la ceremonia religiosa a la que cada mañana asistía desde que se convirtieron al catolicismo. En los reinos taifas estaban especial y duramente perseguidos y castigados todos los judíos confesos que no asistían a estos servicios.

Tomó su velo y se lo colocó por encima de la cabeza, dejando que descansara suavemente sobre sus hombros, abrió la puerta y recorrió el camino adoquinado hacia la puerta del jardín. Cerró tras de sí la cancela y se encaminó por la calleja ligeramente inclinada hacia arriba, hasta llegar a una pequeña plaza donde siempre contemplaba las palomas gorjeando al amanecer, aun medio despiertas, picoteando con ansia, ahuyentadas a su paso rápido aunque sereno. En el parque solía encontrarse con alguna parroquiana que como ella se dirigía a los oficios, pero ese día no se topó con nadie. Así es que atravesó la plaza y se adentró por el estrecho callejón que conducía a uno de los laterales de Santa María, su destino.

La iglesia de Santa María era de estilo mudéjar, le traía recuerdos del pasado, cuando los judíos se aproximaban a sus alrededores para celebrar un mercadillo variopinto en el que le gustaba correr cuando era chiquilla con sus primos, entre los carritos con las especias y las telas, la carne adobada en las tinajas de aceite, y las multicolores frutas de todos los colores. El recuerdo de ese pasado le hacía siempre sonreír. Escuchó unos pasos tras ella y no quiso girar la cabeza, obviando así las recomendaciones de sus padres, que siempre le advertían que observara por el rabillo del ojo no fuera a ser que algún día le dieran un susto, pero era demasiado cabezota para hacer caso de los consejos de sus progenitores,  tan temprano por la mañana no solía haber mucha gente en la calle, por tanto no temía nada, además ya que estaba casi en la escalinata de la entrada. El ruido de las bisagras de hierro forjado de la puerta le avisaron de quien quiera que fuera la persona se que parecía caminar tras ella, se había adentrado también en la iglesia.

No eran muchos los feligreses que madrugaban, pero llenaban más de la mitad de los bancos, tomó asiento en el último de los bancos que estaba totalmente vacío. El ritual de la misa era algo mecánico para ella, que hacía poco profesaba esa nueva e impuesta religión. Levantarse, sentarse, volverse a levantar, arrodillarse, hacer la señal de la cruz, el credo, el Avemaría, el Padrenuestro le resultaba aun complicado, simulaba con el movimiento de sus labios saber todas esas oraciones, que eran bastante desconocidas para ella. Pero había en todo aquello algo agradable, le encantaba aquella talla de la Virgen con su cara tan blanca plagada de lágrimas, que lucía un manto negro, con bordados en blanco, esos bordados españoles que tanto le gustaban. Tan sólo observar la cara de aquella imagen le contagiaba una enorme paz, ya sólo por eso habría merecido la pena el madrugón.

Siguió paso a paso toda la ceremonia y finalmente siempre hacía lo mismo, cada día. Cuando todo el mundo había abandonado la iglesia, ella se arrodillaba unos minutos ante aquella imagen que tanto la perturbaba y besando su manto, pedía por su padre con toda la fe que podía demostrar. Luego se levantaba cabizbaja y se dirigía a la salida.

No pudo evitar abrir los ojos como platos, al contemplar aquella figura situada en el banco de atrás. Sin duda se trataba de un hombre muy alto. Una capa cubría su cuerpo por completo, apenas se vislumbraba bajo la capucha que llevaba puesta, una ráfaga de luz que atravesaba  su cara, dejando entrever una mínima parte, sus ojos. Ambos se miraron, ella bajó de nuevo la mirada y continuó hacia la puerta. El permaneció hierático, siguiéndola sólo con la mirada. A ella se le erizó todo el bello de su cuerpo. Aquellos profundos ojos negros parecían tener demonios en la mirada. Sintió frío, miedo, escalofrío, pero continuó andando de vuelta a casa.

La tensión de su cuerpo fue cediendo poco a poco conforme se alejaba de la iglesia, a pesar de que el recuerdo de aquella profunda mirada no abandonaba su pensamiento. Su caminar se fue haciendo cada vez más relajado al mezclarse con el gentío que, a aquellas horas, llenaba ya las calles del pueblo. En cualquier caso, no podía evitar echar la mirada atrás de vez en cuando para comprobar que nadie la seguía, aunque aquella sensación de la mañana ya había desaparecido.

No fue hasta llegar a la altura del mercado cuando se permitió un pequeño respiro. De la iglesia de Santa María solo se divisaba ya la cúspide de la torre , que asomaba majestuosa dentro de su sencillez por encima de los tejados. Tomó una profunda bocanada de aire y se recreó durante unos instantes en contemplar la amalgama de colores que presentaba el mercado aquella mañana. El bullicio de los vendedores, que gritaban desde sus puestos pregonando su género, contribuyeron a hacer que todos los miedos que la habían atribulado desapareciesen por completo.

Con la tranquilidad que otorga sentirse a salvo, reemprendió el camino a la casa de su padre. Tenía mucho trabajo por hacer antes de que este regresase y no quería que encontrara las tareas por hacer. Aquello le producía incluso más temor que aquella misteriosa mirada.

A punto estaba de doblar la esquina de su calle, a unos diez metros escasos de su casa, cuando una mano en el hombro, agarrándola con una fuerza inusual, la sobresaltó. Antes incluso de que pudiese gritar, otra mano le cubrió la boca. Intentó liberarse, salir corriendo, pero no pudo hacer nada para zafarse de aquel agarre. En cualquier caso, hubiese sido una corrida inútil, pues aquel hombre la superaba con creces en envergadura, en fuerza y, con total seguridad, también en velocidad. Buscó con la mirada alguna persona que le pudiese prestar auxilio, pero aquel callejón estaba desierto y la topografía del pueblo, lleno de hondonadas, propició que nadie puediese ver nada de lo que estaba ocurriendo. A su mente vino la imagen de la virgen, tan bella, y, por primera vez en su vida, rezó. A los pocos segundos había perdido el conocimiento.

Despertó en un lugar desconocido, amarrada de pies y manos a una silla. Una mordaza le impedía emitir algún sonido más que no fuesen simples gemidos de desesperación. Trató de escudriñar con la mirada todo lo que fuese posible y, entonces, le vio. En la habitación contigua, el hombre de negro parecía cerrar un trato con otra persona que no alcanzaba a divisar. Se oían unas fuertes risotadas que para nada encajaban con su estado de ánimo en aquellos momentos. Entre todas las voces, escuchó una que le devolvió la esperanza por unos instantes.

¡Su padre! ¡Era su padre! Estaba salvada, él no permitiría que le ocurriese algo malo, seguro que había ido a llevársela de allí. Alcanzó a ver un apretón de manos y un intercambio de billetes. La persona que los recibía se asomó a la puerta de la habitación en la que ella se encontraba y, con una sonrisa maliciosa, abandonó el lugar. Aquella mirada no la olvidaría jamás. Se había equivocado, era su padre quien tenía demonios en la mirada.

 

 

……

@carlaestasola

@anacentellas

1 comentario en “Demonios en la mirada”

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