EL PODER DE LAS LETRAS,  PROSA POÉTICA

De regreso

 

 

Estaba exhausta, no sabía cuánto tiempo llevaba caminando, se le antojaba que habían transcurrido años desde que saliera de aquel lugar de tinieblas en busca de la luz. Su noción del tiempo desapareció en el momento en que atravesó la muralla del pasado e inició el camino de regreso. Se sentía abatida, no conseguía reconocer nada de lo que la rodeaba, sus recuerdos estaban envueltos en frágiles cristales que podían descomponerse en cualquier momento.

La cabeza le daba vueltas y más vueltas, el vértigo se le instaló en el estómago y tuvo que detenerse a vomitar memoria y tiempo. Se sentó bajo la copa de un gigantesco árbol y quedó absorta contemplando la belleza del manantial de cristalina agua que surgió de entre la nada. Se contagió del alegre alboroto con que las aguas caían formando un arroyo de espuma plateada. Quedó como hipnotizada, mirando fijamente aquella cascada y se visualizó deslizándose  por ella como si de un tobogán se tratara. La sensación de mecerse en la cola blanca de sus aguas activó la reminiscencia de un ayer grabada en la memoria de su alma.

Sonrió al mismo tiempo que unas furtivas lágrimas por sus mejillas rodaban, olvidó de súbito el agotamiento y la angustia de un principio y se dejó seducir por la belleza desconocida que, como por arte de magia iba apareciendo ante sí, poblando el inhóspito paraje de exuberante vegetación, de flores silvestres, de hierbas aromáticas, de animalitos que alegres corrían y saltaban a su alrededor, de pajarillos que con sus trinos un concierto le dedicaban. Las nubes se disolvieron dejando un firmamento despejado, un  nuevo sol estrenaba para ella sus mejores rayos. Se envolvió en la calidez del aire y suavemente se abrazó a su contacto, la emoción la embargó y sintió fuego en su corazón reavivando y purificando su alma.

El griterío infantil chapotenado en las aguas del arroyo la devolvió a la realidad y despertó del ensueño en el que se sumergió cuando vencida y exhausta se detuvo a reponer fuerzas bajo la copa de un gran árbol. El árbol, con la sabiduría que le confería la experiencia acumulada en sus ya muchos años entendió cuán desorientada la viajera se hallaba y quiso confortarla ofreciéndole la grandeza de sus ramas para dar cobijo a su desaliento,  que sus hojas cubrieran su cuerpo y alentara su alma. Le ofreció la calidez de su hogar donde pudo reposar y despertar emocionada con la sensación de que el camino halló y consigo se reencontró y siempre que a perderse en la niebla volviera, sumergiéndose en su interior podrá encontrar la luz que la guíe en el camino de regreso a casa. 

 

@Marina Collado

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