De entre las tempestades que azotaban el planeta emergió una gran bola luz de las profundas aguas de océanos y mares de todos los continentes. Todas al mismo tiempo se propulsaron dispersando sus haces lumínicos por la grandeza del firmamento. Danzaron y danzaron hasta darse alcance, fusionándose en único haz de luz que se expandió por el espacio convertido en sublime espectáculo.

La tempestad fue remitiendo a medida que el planeta de nueva luz se inundaba. Nada quedaba de la soberbia de los habitantes, de la violencia engendrada en la voluntades, de la codicia y hambre de poder que movía todas las maldades.

Los escombros del desastre desparecieron barridos tras los nuevos rayos que iban cayendo como lluvia suave, las gentes cambiaron su expresión de miedo por la de agradecimiento. Llovía luz de esperanza y empapaba las almas adormecidas con la pureza de su brillo. El sol volvió a ponerse en los lúgubres corazones en los que las tinieblas con su sombra eclipsaron, todo renacía tras las tempestades de los tiempos narcotizados por la amnésica memoria de los habitantes del planeta.

Las gentes se cruzaban las miradas y se reconocían como iguales, humildemente agradecían en  silencio todo lo que olvidaron que poseían, se re-encontraban a sí mismos como seres únicos, diminuta partícula de la Unidad de la que todos formaban parte. Tomaron conciencia de su insignificancia individual y de la grandeza que cada Ser en colectividad tomaba.

 

 

@Marina Collado