Cosas de la reflacción (fragmento)

Cosas de la reflacción

(fragmento)

 

Puta mierda. Hace un frío del demonio. Te has marchado y ni siquiera me he enterado. No hay café. Hecho. No hay café hecho. Me tiemblan los brazos y me duelen las manos al intentar girar las dos piezas de la cafetera. Me acuerdo del tendero al que le compramos el café. “¿Molido?”. Nomolidonoloquieroengranoporqueahoraalavejezviruelasmevoya-dedicaramascarcafédekenia. “¿Y qué cafetera tienen ustedes? Mire, ¿es una de…”. No le dejo terminar. Nunca le dejo terminar. No digo que tenga que conocerme, ni acordarse de mí, que tampoco yo le cuento chistes, ni le doy el aguinaldo, ni le pregunto por sus hijos, ni sé si tiene hijos, una cobaya o un piso lleno de cadáveres de gatos callejeros pero, en serio, por amor de dios, de ese mismo dios en el que técnicamente, ni tú ni yo creemos, me meto en la tienda una vez por semana, a veces algo más a menudo y siempre, siempre, joder, siempre, pido dos paquetes, de cuarto cada uno, medio kilo, coño, medio kilo, separado en dos paquetes, molido fino, para cafetera italiana, para la cafetera esa que nos costó un riñón en el tienduco aquel del mercado de Barceló, que ya nos vale también a nosotros, con la excusa de lo felices que nos hace vagabundear por la ciudad, vamos y le compramos una cafetera a un menda que anuncia descuentos del veinte por ciento que, una vez aplicados, dan un total de atraco a mano armada con noventa y nueve céntimos. “¿Efectivo o tarjeta?” Tarjetaquevoyapagarlacafeteraaplazosjuntoconlafacturadelfisioporquenosécómosehaceparanocerrarlaputacafeteracomosifueraunrefugioantinuclear.

Ya está; cafetera abierta, restos de café húmedo por toda la encimera, la mano izquierda, cómo se llamará la parte de la palma de la mano que está justo antes del dedo gordo, hecha unos zorros.

Antes de seguir con la retahíla de lo asombrosa que me resulta la cortesía de la gente en general, del vendedor de café, cafeteras, italianas algunas, otras no, y pasteles secos y tradicionales, me digo a mí mismo que, puede ser, solo puede ser, no me he levantado con el mejor humor esa mañana en concreto. Me digo que hay que recoger la ropa de la cuerda, que está empezando a llover y, dicho y hecho, dejo el café en el fuego, ojalá, en la vitro, qué cosa más anti-natural la vitro y los microondas, sobre todo en una casa que solo tiene una cafetera italiana, y me echo a la ventana abierta de la cocina.

Habré quitado unos calzoncillos, un pantalón y dos o tres calcetines, cuando un camión que se aleja por nuestra calle me roba la atención y, de paso, el mal humor. Circula con el portón trasero levantado. Ni grande ni pequeño, un camión con un portón que facilite la carga y descarga. Se ve un montón de bultos voluminosos envueltos, tal vez embolsados, en telas de color carne. Sucio, con la carga amontonada y el portón abierto, el camión llega a la esquina de la callecita en que vivimos, se detiene y los bultos se agitan un momento. Apenas una convulsión mínima, efecto de la inercia, como mi sombrío despertar. Hace frío. Me imagino que hay seres vivos, quizá seres muertos, en el interior de aquellos sacos marrones. Pienso en animales, tal vez humanos, seguramente grandes anacondas. ¿Las anacondas son las grandes, las que enrollan sus enormes corpachones alrededor de sus presas, las que asfixian al incauto que ha caído en la trampa justo antes de tragarlo entero?

Suena la cafetera, el camión desaparece de la vista, después de estar a punto de chocar contra un coche que ya se aleja a toda velocidad por la perpendicular. ¿Lo que escupen los altavoces del coche es reggaeton? Sacudo la cabeza. Antes de volver a meterla en la terraza, me tiembla la mano derecha. Un calcetín se desprende de mi presa, como los sacos marrones del camión, el café viejo de la cafetera o el reguetón. No pasa nada. Solo tengo que bajar a la calle, mojarme un poco, ya llueve copiosamente, recoger el calcetín y volver a casa. Dejo la ropa recogida sobre la cama y vuelvo a asomarme por la ventana. Juraría que el calcetín se burla de mí, desde su refugio en lo alto de una tubería de gas, a la distancia exacta para que sea imposible alcanzarlo. Cuánta precisión desde primera hora de la mañana. Qué bien me vendría ahora mismo una anaconda, una copa o un café.

 

Catálogo Biblioteca Antonio Mingote, Madrid

“Cosas de la reflacción” es el germen de la novela cuya última revisión abordo durante estos días. Igualmente, forma parte del recopilatorio de relatos propios “Rendez-blues“.

2 comentarios en “Cosas de la reflacción (fragmento)

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