Desde la aparición del coronavirus, todo neo-hombre era un niño-bicho ante el mundo que le rodeaba.
Las mujeres no mostraban sus sonrisas, la gente no se tocaba, corderos con bozal en filas al matadero eran las residencias de ancianos, y rebrote tras rebrote, mutaba el virus a uno más letal.
Se prohibía a la sociedad honrar a sus muertos (excepto en los refugios de la Resistencia, en las llanuras de Zonis y en el bosque de los niños-mantis de Atuk), los niños-porcino se fabricaban homúnculos y los adoraban, como si fueran niñas pequeñas con muñequitas en sus brazos.
Había llegado el fin del dinero en efectivo.
Desde que el club de los bichos poderosos inició el transhumanismo en CoronaTierra, y sobre todo a partir de la mutación del coronavirus al virus X, la plandemia se tornó forma de vida. Y las personas borregos controlados y educados por inteligencias artificiales.

 

Eduardo Ramírez Moyano