Anoche llovió largas lágrimas la Tierra.
Hoy ha amanecido con bandadas de crisálidas rosas, fucsias y escarlatas. ¿ Será la represalia de las larvas contra el ataque abierto y declarado del Papa Azul hacia éstas? ¿ Acaso no será la siguiente fase en su mutación? ¿Se habrán rendido finalmente ante el poder del «club de los bichos poderosos»? ¿ Quién sabe?
Sólo sabemos que acaba de amanecer un nuevo y distinto día en CoronaTierra. Un día en el que la manifestación violenta de los niños-coleóptero vuelve a ser noticia en las redes.
El puzle de la recombinación genética campa a sus anchas por el tejido social del planeta. Una mariposa imposible abre sus alas ante tamañas anomalías, y la fuente de la que beben los niños-mosquito ha vuelto ha ser envenenada con falacias más duras que un puño cerrado.
Todo cabe en CoronaTierra desde que los niños-porcino hicieran su aparición. Nada ha vuelto a ser lo que era.
El mundo es un fractal deseoso de cambiar a cada instante, si es posible a peor. Ya no es que la realidad sea más poliédrica que nunca, es que los ojos reticulares de los niños-bicho también observan miles de situaciones superpuestas en el devenir de esta Era.
Es como una pesadilla sin nombre. Un mundo sin ley. Un horror sin rostro verdaderamente definido.
Por desgracia, es mi planeta natal.

 

Eduardo Ramírez Moyano