Amanece rojo sangre tras la órbita de una Luna descendente. En el poblado Atuk, donde viven la mayoría de los niños-mantis, justo detrás de los añosos sauces tronchados, tiene lugar una ceremonia muy particular ( la operación a través de Realidad Virtual para que Ojazos desarrolle branquias).
El chamán-cirujano (el díptero Don Luís) trabaja en secreto desde un laboratorio de alta tecnología ubicado en la zona norte de la metrópolis. Estado de Carolina del Norte, donde se dieron los primeros casos del coronavirus, de creación humana, antes que en Wuhan (China), como dice la caja tonta.
– Bisturí -reza una voz chirriante.
– Más anestesia… ¿Constantes vitales?
– ¡Sí, doctor! -emite una androide S-15
– ¡Proceda! -continúa el cirujano.
Entonces, dos brazos mecanizados siguen con la operación, bailando al compás de música de fondo de Chopin.
Por ahora todo va bien, pero no terminarán antes de las 9 de la mañana, cuando la red se satura.
La guerra abierta entre los niños-rata y los niños-mosquito está provocando un verdadero colapso en las redes. Los piratas informáticos de los niños-coleópteros extraen su mejor información de los poderosos en estos días.
La propagación del virus del miedo galopa a sus anchas por CoronaTierra, mientras el Papa Azul cavila cómo deshacerse de las malditas larvas rosa.
– ¡Adelante, Ojazos, tú puedes! ¡Un último retoque! y ¡ Oh, la, la! ¡El océano es tuyo, amigo! -grita entusiasmado el equipo a ambos lados de la red.
Se despiden todos de la operación clandestina, dejando a Ojazos en reposo, y fuera, el Sol matinal se torna de un naranja potente que embriaga todos los sentidos.

 

Eduardo Ramírez Moyano