Un témpano de amatista pura se diría que cubre el cielo, amarilleando a lo lejos… Amapolas, polen de las diosas, ahumadas cristaleras por olas; corro la cortina, luz cegadora, urbanitas torres blancas de cemento. Se ha derramado el líquido oro del reino celestial hoy, haciendo de la ciudad un limbo etéreo y magnífico a la vista. De repente, se cruza un ave de plata, y le siguen otras tantas en ligera bandada, allá sobre la techumbre de las desvencijadas fábricas. Y, en la misma línea que separa dos mundos, juegan a cambiar de color, pasando grácilmente de la luz a la sombra, una y otra vez, entre un teatro de palmeras y de alondras, mientras me tomo el café.

 

 

Eduardo Ramírez Moyano