Con furia descargó la tormenta sobre material impermeable que supo soportar con heroico estoicismo el despliegue torrencial de agua, piedra y fuego. Destrucción a su paso queda, quiso la tormenta acabar con sus cimientos, mas tan profundas raíces no pudo demoler ni arrebatar a la tierra. Destrozos  dejó en la cobertura de la capa que su cuerpo envolvía sin llegar a extirpar de raíz lo esencial que en su interior habita.

Ser inmaterial que se alimenta de buenas intenciones y bellos sentimientos. No pudieron vencerla las fuerzas del mal que en continuo movimiento pululaban entre la espesa niebla de las noches de su infierno. No lograron su más puro ser erradicar ni tsunamis ni tempestades de arena.

La visión más clara con el día amanece, fuera de su reino exilió los conflictos que durante tanto tiempo la paz consigo misma le impidieran. Excomulgó inquisidores pensamientos que a su alma torturaban y en un acto de exorcismo vomitó los demonios que la mantuvieran en permanente martirio en las miles de noches de insomnio cual aquelarre de desatada locura.

Con furia descargó la tormenta sin conseguir arrebatar su alma y arrojarla a los infiernos. Con furia reaccionó ante el terror de ser en vida enterrada, corroída por la pesadilla constante de dolores en todos los tiempos heredados. Su alma, su ser son de su pertenencia, no permitió que las fauces voraces de las adversidades la engulleran y la aniquilaran. Sellada quedó la paz, restablecida la consciencia. 

 

 

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