Cómplice y confidente

CÓMPLICE Y CONFIDENTE

Es en noches como esta, en las que me escondo detrás de mis silencios, cuando las hojas de mi viejo cuaderno se convierten en cómplices y confidentes de los sentimientos que durante el día dejé apartados en el cesto de la colada. Las palabras que fueron calladas se entremezclan con los calcetines de color y, después de lavarse la cara con el programa corto y una dosis extra de suavizante con aroma de larga duración, se plasman en las hojas turbias que nada saben del centrifugado de la razón.

Son palabras embriagadas por el aroma a café caliente que me recorre las venas en el frío de la noche, cuando el único sonido que se escucha es el eco de mi pluma tatuándome la piel. Rasgado queda el silencio que me sirvió de escondite y en cueros queda mi alma sobre la mesa de la cocina, donde aún reposan los restos del destierro de mi última cena, donde hasta el vino se enfría como lo hace mi corazón.

Aquí, en mi viejo cuaderno, marcado por los tachones de la conmiseración, mueren mis palabras mudas y se convierten en letras que, al frescor de la mañana, serán, como siempre, carentes de sentido.

Y las volveré a poner en el cesto de la colada.

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