CHIQUILLADAS EN TIASTA - Página de escritores
CHIQUILLADAS EN TIASTA

CHIQUILLADAS EN TIASTA

CHIQUILLADAS EN TIASTA

Esto no es un cuento ni una botella corriendo por las acequias esperando a que extraigan
desde adentro de ella una historia.

Las escaleras bajaban desde la fuente del patio trasero usurpado por los años de un fraile
jugando a dibujar calles en dirección del viento. Cuando cerró los ojos, el espejo trajo
estrellas de otra era y el culillo ya no despertaría hasta la hora del nuevo sol.
Hasta mañana, Antonio- dijo Catalina.
Ya nada fue como nunca hubiese sido antes del brillo pintado en las armaduras de Pedro de
Villagra entrando al pac-man donde Tobar, Allaime y hasta Ancan Amún eran tragados una y
otra vez en cada ficha de tres vidas obtenidas al módico precio de diez mil australes caídos
del vagón al que Antonio subía sin boleto de autorización, siempre y cuando no se adelante
el despertador. Desde el andén y hasta el ojo donde invade lo desconocido, cargado dentro
del bolsillo, cacareaban las batarazas guardadas por la abuela Matilde en esa caja de zapatos
que sus hermanos supieron oír moverse antes de medianoche y después que un barrilete
quedase enganchado en el poste telefónico, quizás en busca de luceros. Los gallos eran una
pesadilla para Antonio…
Catalina tomó un tren hacia 1561 y volverá recién para la navidad anunciada en aquellos
segundos de la Spika con dial inamovible.
Después de las tres, la sangre del inca castigaba la siesta y Antonio lo sabía. La tierra
estallaba en orgías de viñas en celo y acuíferos agonizando. Siempre la misma historia vista
desde la cerradura de José Alberto, multado a soñar de más en el catre del galpón si lo
pillaban despierto entre cueca o tonada a eso de las catorce cincuenta.

Subamos la escalera- dijo Antonio al José.

Entraron sin chistar. La rayuela estaba de este lado junto a la payana y el pisa pisuela. Se
treparon al tocadisco de don Phillips y la púa mareó al Antonio hasta que cayó en el
escenario de Radio El Mundo y los linyeras, gitaneando, aplaudían hasta en las gradas del
Madison Scuare Garden. José tomó un frasco de aceitunas embrujadas que lo llevarían a
perderse entre diarios y revistas y panfletos y libros de antaño danzando entre las
bibliotecas sin ventanas ni puertas de escape posible. Luego, ambos corrieron tras un
cometa buscando música no muy lejos del camino de las carretas cargadas rumbo a la vieja
ciudad. Entraron a la casa de paredes bajas donde el laurel y la albahaca merodeaban la
mesa albergando niños y poemas cargados de hombres soñando ejércitos jornaleros y
sueldos alcanzando pan multiplicado en las orillas del mañana. Siguieron jugando sin modo
de atenuarse en portales y postales del final. Allí no llegarán nunca los ajenos amigos de
Morfeo.
Corrieron un poco más hasta la casa de Petrona, donde las abejas dejaban miel sobre
tortitas de chicharrón que te llevaban hasta el país no especificado en el planeta remoto,
donde la niñez no crece por siempre jamás. Allá los invitaba don Pablo, el de los planos
históricos, para ingresar al túnel. Parecía raro el árbol a modo de puerta por el cual se debía
ingresar, luego de arrancar la última hoja de una rama azul pintada hace como ciento y
tantos de inviernos. Los culillos amaban y aman lo desconocido. Se agacharon, olieron la
manzanilla de un remoto pasado y atravesaron la raíz. Están ahora en el sitio exacto, frente a
la bola del futuro, pero le restaron absoluta importancia. Algo de esto describió una vez la
novia de “El futre” en noches de soledad mientras su amado corría tras el caballo rebelde
embriagado de noches y trotes con jinete sin rostro clavándole espuelas en la ingle. Las
flores del túnel mostraban fotografías en blanco y negro donde los abuelos de José
descendían del ultimo barco proveniente de la Francia o la Italia o alguno de esos países
lejanos, como la España en que Picasso pintó el Guernica para merecidas imitaciones
mientras el mar bravío extraviaba baúles alegres, cargados por última vez en una Valencia de
pájaros y palomas en búsqueda del cielo oculto tras el pacifico extenso, o donde Poseidón
los empujase con su brújula, o los dedos añorando un norte con abundante tierra dispuesta
a recibir semillas de prosperidad. Entonces la lejana Valencia también besó la frente de
Antonio y quizás por desconocer abiertamente la risa, ese lugar suyo, paterno por
excelencia, sacudió de sudor su espalda, apenas sostenida por los tiradores del pantalón
remendado el mes pasado por Catalina, bajo la sombra del quehacer cotidiano.

Mirá! Mirá! Se ríe la bruja en la tapera. Vamos a verla, dale, vamos- dijo José.

Las carcajadas se oyen a este lado de las verdades. La bruja está preparando azufre con
aceites de iguana macho y yantén para matar la envidia, por encargo del bodeguero de atrás de
los vascos. Los culillos observan en puntas de pie desde la ventana, cuya cortina los vuelve
invisibles ante la única hechicera habitante de este mundo, relatado para alguien de allá
lejos. Adentro, a un costado de la salamandra, hay sapos atragantados de malicias y con la
boca cocida sin anestesia. La olla despide un olor ácido invitando a la tos o a salir
disparando, logrando así que los duendes del álamo te descubran husmeando las fórmulas
mágicas para vivir en paz. Antonio se sintió mareado, José Alberto tuvo sueño de un tirón.
Ambos parecen desvanecerse sobre la verde liturgia del pasto.

El búho comienza a cantar, ellos apenas lo escuchan ya en otra esfera ajena a la fuente de
agua, la siesta y el túnel donde fueron invitados por don Pablo a ingresar, apenas hace siete
días. Antonio corrió entre las hileras dejando atrás la bravura de Jacinto Chiclana en el cuento de
los malevos dibujado por Borges bajo el techo de las bibliotecas cargadas de sombras
militares y persas conquistando oriente y occidente hasta la cruz dormida de Alejandro
Magno, en esa mezcla de cuento fantástico y duelos a muerte con padrino de por medio,
evitando ya las prisiones de mala muerte en aquel Buenos Aires donde las ratas danzan al
dos por cuatro de tangos caídos desde burdeles y corean mercados internos, dispuestas a
orinar las ojeras del gato sobre la cornisa o en los paredones de Balvanera o la Pompeya
inundada en gritos inauditos o desgracia para el siglo que no debió ser, o si, en caso de que
el Sarmiento no te saque sobre rieles desde la grandísima pena, de la gran ciudad y de la
mucha muerte que nunca deja de matar. “La paz no se encuentra, la paz se construye”: dijo
un sabio. Jacinto Chiclana solo sabía adiestrar los hígados humanos a la velocidad de su
muñeca. ¿Qué más le importaba si la paz estaba al fin de la hoja del cuchillo entrando al todo
del nuevo caído?
Antonio presentía todo eso a su escasa edad. Lo presentía también Juan,
nacido en Udine en 1867 y el Gerónimo, el de la Colina de Oro, cantón zuizo del Ticino,
nacido en el 61´, ambos solían adentrarse en las pillerías siesteras abarcando el territorio de
sueños vivos y parrales.
La vida vuelve hasta el sitio de la arena y la piedra, al Cuyum de Hunuc Huar olvidado en esas
historias mandadas a quemar desde siempre por el mandinga de traje y corbata o en Tiasta,
donde sucede esta visión, premonición o erudición literaria con testigos. Antonio dibuja
cruces en el suelo y de ahí no se irán, la tierra se escapa de las manos y de sus dueños
verdaderos. Los días, la vida y los siglos, no dejan de transcurrir aunque este asunto
pretenda lo contrario.

-José Alberto! Vení, vení te digo. No seas sonso. Shhhh…

Hallaron un pasadizo antes de la salida final llevándolos hacia el epicentro de cargas de carne
vacuna. Un loco acariciaba nubes imitando algún águila huyendo a la cordillera secuestrada
bajo un eclipse, mientras Marte derretía la nieve bajo el cielo latinoamericano y la cintura
férrea besada por el viento de tanto paisaje caminando sobre la belleza, en toda su forma y
tamaño. El cielo está pintado de rojo a este lado del cuadro. El arco iris triza polleras de las
primaveras caídas sobre el rocío. El sueño de Antonio en este párrafo es otro dentro del
mismo, intentando avanzar con todo el vértigo y la incertidumbre propia de lo desconocido.
En la posta vive el capitán José no sé qué, el de los dos apellidos. Es así para dar por cierto
que tiene padre y madre hasta en la libreta de enrolamiento. Hasta allá se fueron casi en
puntas de pie, mordiéndose las palabras y gestos traviesos. Se hicieron de ciruelas,
damascos y duraznos suficientes para empachar hasta la misma gula.
Nuestra Señora de las Mercedes de la Cruz de Piedra está por caerse. Cayó junto a la capilla
después de la última campanada. Ellos, los culillos, adoraron caminar sobre alfombras rojas
en la lejanía de los ojos guardianes del encargado. Oliscaron la grasa derretida de los cirios y
los siglos acurrucados en la madera de las estaciones de Cristo yendo y viniendo en cada
pascua.
Otras voces se oían, pero solo eso. “Animula, vagula, blandula Hospes/ comesque
corporis/ Quae nunc abibis in loca Pallidula, rígida, nudula, Nec, ut soles, dabis
iocos…”* La desazón del emperador Adriano esbozaba odas a los dioses del olivo tras la
caída de su templo y la vida propia en cardiopatía isquémica en el año 138, ese acto fue
desde la Roma hasta hoy un placer bienaventurado tras la cosecha de aceitunas destinadas
al apetito mundano más digno. Las ramas del olivo fueron y son corona de reyes o símbolos
heroicos alcanzados tras el hambre de gloria o victorias medidas en metros de sangre
enemiga derramada. Las voces desencajadas provenían desde la penumbra del pozo
conectado desde las murallas servianas hasta el aljibe de la estancia de los López. Tiasta
tenía cosas raras y las seguirá manteniendo. Las fichas por tacho lleno conformaban una
estela rota del vencido golondrina, cayendo una y otra vez en sigilo, cabizbajo y con los ojos
hundidos. La prole simplemente andaba, trabajando, yendo y viniendo sin pasos excesivos.
Antonio y José creían cobrar fichas o denarios con rostros de algún césar, pero solo
imaginando aquél trabajo.
Cincuenta centavos bastaban para estamparse en el ventanal del almacén y gritar:
toda la plata de Media Hora!!! (los de anetol) y un sobre de figuritas con naves
que los transporten un poco más lejos del reloj salpicado de fino barniz coloreando firuletes franceses.
Las golondrinas de septiembre son otras contrariando andanzas del hombre común. A veces
eran seguidas por la cámara del fotógrafo del lugar. El Juan tenía una lente causante de
envidia entre sus pares y desde allí, los culillos miraban más allá cuando el fotógrafo se los
permitía.
Los sismos fueron, desde la creencia católica, el castigo impuesto a los mortales por sus
pecados. Los culillos no creían en otra cosa más que el jugar los liberaba hasta cualquier
poniente y más, amaban el vértigo de la tierra abriéndose. Ingresaron por una grieta hasta
que la luz dejó de ser luz. Cesó el ritmo estoico del verano urdimbre, la madrugada fue
espejismo y solo eso.

A las siete sonó el despertador y ahí, Antonio quiso ingresar otra vez por la rendija sita a un
costado de la fuente del patio trasero. A esa hora, exactamente, la percha sostenía un saco
liviano de estreno para el verano o el cine del sábado por la tarde, mientras que en el bolsillo
chico del pantalón corto podía verse una invitación para seguir soñando, al otro lado de las
paredes o bajo las baldosas del viejo patio. La historia se había roto una vez más tras el
canto de los gallos. José fue otra vez cemento de principio a fin, mientras que Antonio
permanece dormido cantando aquellas cosas nuestras.

FIN

Autor: Lucio Albirosa (Argentina).

Nació el 28 de abril de 1982. Reside en Maipú, Mendoza. Poeta, escritor, gestor cultural. Escribe desde muy pequeño.
Sus poemas integran numerosas antologías nacionales y latinoamericanas. Fue nominado en 2016 y 2017
por la productora OBC para recibir la Distinción Nacional e Internacional
“Arco de Córdoba” por su “Compromiso Social” mediante las letras.

3 comentarios en “CHIQUILLADAS EN TIASTA”

  1. Albirosa: uno de los mejores exponentes del género social latinoamericano en poesía. No sabía que escribía cuentos fantásticos.

    Muy lindo paisaje describe.

    Responder

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