EL CHINO DE LA ESQUINA.

 

 

Es algo que se ha ido perdiendo con el tiempo: “el chino de la esquina” significaba (especialmente en Lima, Perú), la “bodega” (sé que en realidad el nombre designa a la habitación donde se guardan los vinos, o a un lugar donde se fabrican estos) situada tradicionalmente en las esquinas de los barrios. Tradicionalmente eran de propiedad de ciudadanos chinos que atendían las necesidades básicas de la vecindad con abarrotes, pequeños artículos de limpieza y un surtido diverso que podía ir desde los sobres con figuritas impresas de papel para coleccionar en álbumes, hasta bacinicas (orinales) de fierro enlozado.

 

el chino de la esquina” ha sido una institución barrial que servía de punto de referencia o encuentro, proveedor diario de todo aquello urgente y necesario en lo doméstico sencillo e incluso fuente de crédito de las compras (el “fiado”) que se otorgaba a clientes bien conocidos y con un buen record de compras; yo recuerdo, en Barranco, barrio tradicional de la ciudad donde viví hasta los veintitantos años, al “chino Perico” que era la bodega donde mi madre hacía sus compras y quedaba a cuatro cuadras de casa; a la bodega (grande para su época y con el pomposo nombre de “locería”) “La Popular” donde atendía una empleada de origen chino, muy blanca, con larga cabellera negra, a la que llamábamos “María Félix” o al chino que quedaba en la esquina de la avenida Bolognesi y la calle Sánchez Carrión, casi al frente de la casa donde vivía mi amigo Carlos y cuyo nombre nunca supe, por más que pregunté (era simplemente “el chino”)…

 

Recuerdo por ejemplo (y esto lo he contado alguna vez ya) que “Perico” era en realidad “Pericote”, pues su padre llevaba el primer apelativo y fue quien fundó la bodega, que ahora estaba en manos de su hijo; lo conocí solo, atendiendo con parsimonia, hecho una sonrisa, fumando “como chino en quiebra” (que no era ciertamente su estado financiero) cigarrillos de tabaco  negro de la marca nacional “Inca”, los de cajetilla de papel  con los colores amarillo, blanco y azul; arrastrando unas zapatillas de levantarse y con sus infaltables tirantes sobre la camisa blanca, sujetando el pantalón sin correa.

 

Pericote” (llamémoslo como se lo llamaba), trajo un día a la bodega, desde China, a María, la que sería su esposa: sonriendo a más no poder, mostrando unos dientes blanquísimos e ignorando por completo el castellano, cumplía las órdenes que en chino, le daba “Pericote” para la atención de la clientela; María sonreía, ayudaba, aprendía y se convirtió en una “Pericota” con todas las de la ley, que tuvo con su amor chino, un “Pericotito” primero y después de un tiempo no supe cuántos más; “Perico” (en realidad, “Pericote”) y maría eran nuestra familia china, esa que vivía en la esquina de la avenida San Martín con una callecita cuyo nombre –perdón- pero no recuerdo y en la que al fondo, vivía “la Crush” (nombre de una popular bebida gaseosa de naranja) que era una niña bonita, muy rubia (de ahí el apelativo), con trenzas y…¡bizca!, a la que habíamos visto en “Perico”, tomando “Crush”.

 

El hilo de las remembranzas podría seguir desovillándose, pero me separaría tal vez de lo que el título de este relato anuncia para internarme en los vericuetos de los años 50; el hecho es que esa institución casi ha desaparecido, reemplazada por los supermercados, hipermercados y gigantes de las ventas “bodegueras” que han barrido con las sonrisas de Marías incontables, con “Pericos”, “Marías Félix” y con algo que formó parte de mi infancia, juventud sirviéndonos de punto de referencia y reunión más de medio siglo atrás.

 

 

Manolo Echegaray.

17.1.2018.

2 comentarios en “EL CHINO DE LA ESQUINA.

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