El chico de la plaza

El chico de la plaza

EL CHICO DE LA PLAZA

Cada tarde lo veía sentado en el mismo banco de una conocida plaza del centro de Madrid. Lloviese o hiciese sol, allí estaba, imperturbable, siempre en el mismo banco, como si le perteneciese. La plaza era una constante ebullición de personas, viandantes que iban de paso, parejas acarameladas o grupos de amigos que allí se reunían. Pero él siempre estaba solo, en la misma postura taciturna, hasta bien entrada la noche, cuando al ambiente que dominaba la plaza permutaba en su totalidad.

Yo había cogido la costumbre de observarlo. Desde el pequeño balcón de mi buhardilla, en la parte más elevada del edificio más alto, podía permitirme el lujo de mirar desde la clandestinidad sin ser vista, protegida por la distancia. Lo veía llegar cada día, con sus pantalones caídos y su arrastrar de pasos como si estuviera soportando el peso de un gran cansancio a sus espaldas. Llegaba a su banco y adoptaba su particular postura, con una pierna a cada lado del asiento y el cuerpo recostado sobre el respaldo de madera. Me gustaba jugar a adivinar de qué color serían sus ojos, si escondería una fuerte musculatura bajo aquellas prendas siempre holgadas o si sonreiría a las personas que se cruzaban en su campo de visión.

Pasaba la tarde siempre solitario, liando un cigarrillo tras otro, mientras a mí me quedaba la duda de si lo que estaba fumando sería tabaco. Jamás le vi utilizar el móvil, no era como el resto de jóvenes que pasamos la vida pegados a una pequeña pantalla que enriquece de manera estúpida nuestra coartada vida social. De hecho, gracias a él, yo también conseguí desligarme de ese afán desmesurado por conseguir amigos virtuales. Comprendí el valor de las personas, aunque jamás me hubiese atrevido a bajar de mi pequeño refugio, sentarme junto a él en su banco e iniciar alguna conversación banal.

Así pasaba yo mis tardes, rodeada de apuntes de filosofía mientras observaba al chico bohemio de la plaza. Pronto descubrí que rayaba en un absurdo nerviosismo que desaparecía en cuanto lo veía aparecer desde lo alto de mi calle. Y así, me volví poeta. En las desgastadas hojas de un cuaderno del curso pasado iba componiendo poesías dedicadas a él, a su soledad, a su vicio descontrolado, a su manera de caminar.

Un día, a principios de verano, no apareció. En vano estuve esperando asomada al balconcito, guarecida tras las macetas de geranios, que lucían unas flores espectaculares. Sin embargo, mi espera no se vio recompensada. Ningún caminar cansado asomó por mi calle aquella tarde. Nadie ocupó el banco donde solía sentarse. Nadie alimentó mi alma aquel día. Pasé la noche en vela mientras pensaba en él, en cuál habría sido el motivo de su ausencia cuando hasta entonces no había faltado ni un solo día a nuestra particular cita.




Al día siguiente fui incapaz de moverme de mi casa, con una ansiedad creciente agolpándose en mi estómago mientras se acercaba la hora del  encuentro furtivo. Creí volverme loca cuando tampoco acudió a la plaza aquel día. Sin pensarlo dos veces bajé corriendo las escaleras, los diez tramos que me separaban de la callejuela que bordea la plaza. Fui preguntando uno por uno a las personas habituales; al grupo de adolescentes que siempre ocupaban el banco de al lado, a la pareja de enamorados que cada tarde compartían sentimientos al otro extremo de la plaza; a la señora que pasaba cada tarde con su hijo, que cargaba un pesado violonchelo a la espalda; pregunté incluso al grupo de niños que solían jugar al rescate y a sus mamás, que cotorreaban en una de las mesitas con tablero de ajedrez.

Nadie me supo dar noticias de aquel chico bohemio. Es más, ni tan siquiera sabían a quién me refería. Al parecer, a pesar del transcurrir de los días, de los meses, fui la única que había reparado en él. Ahora comprendo aquella actitud cansada y melancólica, debía debatirse dentro de la más absoluta soledad. La misma que dejó en mí su ausencia.

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