No nos queda ni París

NO NOS QUEDA NI PARÍS

Se murieron las promesas que algún día nos hicimos, se quedaron enterradas para siempre en un cajón junto con aquellas cartas mojadas por el olvido, donde las palabras, por estar escritas, parecían resultar eternas. Qué ingenuos fuimos al creer en una perpetuidad que resultó ser tan efímera como la estela que queda en el cielo tras el paso de una estrella fugaz.

Ya ni siquiera nos quedan los rincones que nos vieron abrazados por las calles de París. Se quedaron congelados por el tiempo, a la espera de otros besos que derritan la escarcha acumulada en los balcones a causa de la frialdad que nació entre los dos. Cuántos abrazos quedaron extraviados en las calles del descuido, cuántas risas apagadas al tiempo de caer el sol.

Dónde quedaron las ganas de viajar al fin del mundo subidos en un trineo a la velocidad de la luz. Las auroras boreales no se creerán la leyenda que cuenta que hubo un tiempo en que tú y yo creímos en el amor. Y nos perdieron de vista las calles de Nueva York, las de Estambul, las de Venecia, hasta la más pequeña isla que había en los mares del sur. Igual que nosotros, perdidos, sin ninguna posibilidad de aproximación. Tan perdidos que, a estas alturas, no nos queda ni París.

Cosas de la reflacción, segunda parte

Hace algún tiempo compartí con tod@s vosotr@s el comienzo de mi relato “Cosas de la reflacción”. Aquí os dejo una segunda entrega.

COSAS DE LA REFLACCIÓN

(Segunda parte)

Aparto la cafetera del precario calor de la vitro, meto media taza de leche en el microondas y enciendo el ordenador.

El pitido del calienta-leches llega cuando acabo de teclear la contraseña en el diálogo de la pantalla de bienvenida. Me siento bienvenido, bien hallado, mando al calcetín a la mierda y respondo cortesía por cortesía: “Hola, documento en blanco. ¿Qué ha sido de los folios, de la página en blanco? Ya hablaremos, ahora se aproxima una historia a las diez en punto, como en las películas de acción, francotiradores incluidos.”

Llegas pronto; eso me dice tu voz, apostada en el interior de mi teléfono móvil. No he comido nada desde; no, no he comido nada. Quedan restos de café en mi taza, la ropa sigue tendida, al final han pagado justos por pecadores. He abandonado el resto de prendas, como pensando en darle una lección a esa banda de corporativistas que, al fin y al cabo, han apoyado tácitamente la rebelión del calcetín prófugo. La ventana de la cocina sigue abierta. Entra el rumor de la lluvia. El rumor es a ratos leve y a ratos pura catarata, como el aire frío que también se desliza por toda la casa.

Un coche viejo, tuneado, con un alerón sobre-elevando la parte trasera, arriba, más arriba, con reggaeton de nueva cuña atronando, aún más alto. La calle vibra al ritmo del automóvil que vibra, lunas tintadas completamente subidas. Me imagino que el conductor no quiere dejar que lo que sale de los altavoces escape. Me digo que es una lástima que no consiga su propósito. No me dura mucho el pensamiento; aunque la calle es larga, el tipo circula a noventa, tal vez cien, kilómetros por hora. –Te vendrá bien salir un poco. ¿Has parado de escribir en algún momento?– Me callo. Tú y yo sabemos la verdad. Sonrío. Quedamos en que te recogeré en la estación. Saldremos a tomar algo. No, no me he separado del teclado ni un segundo, no he comido nada, no me he dado cuenta de que me estaba congelando, con la ventana abierta y la calefacción apagada, no he capturado calcetines ni doblado camisetas ni nada más que imaginarme muertos, anacondas y ajuares domésticos conspirando contra mi tranquilidad.

Entramos a comer en un bar de copas remozado, reconvertido en restaurante. Debemos darnos prisa; ha pasado la hora de los desayunos y, en breve, comenzará la de las primeras copas. Comparto contigo lo que estoy pensando. Ya no pienso en el conductor, en el pobre coche disfrazado, contra su voluntad, de calamidad. Ya no recuerdo el reggaeton, el pobre aislamiento de la cabina, el terco recubrimiento craneano del descerebrado que conduce ni cuánto me gusta cantar las bondades de los auriculares. Eso ya pasó. Ahora te miro a los ojos, alargo el brazo derecho para rozar la piel de tu mano izquierda y sonrío, solo un poco, despacio. –Por eso nunca quise poner un bar.–

Y sé que miento. Y tú sabes que miento. Y, si no lo sabes, estoy seguro que lo intuyes. Un tipo como yo ha tenido que penRendez-bluessar, más veces que un par, en poner un bar.

Lo pensé cuando empecé a beber. Lo pensé, lo pensamos, unos pocos, unos cuantos. Lo hablamos entre nosotros, desconocidos, desconectados los unos de los otros. Incluso lo dije en voz alta. Pero, claro, esos eran los tiempos en los que pensaba que mi destino, inefable, inevitable, incomprendido, inconfesable, era ser anarquista. –Tiene gracia.–

Te lo digo. Digo eso, aunque sé que maldita es la gracia que tiene. Creo que, en un momento dado, la cosa parecía divertida. Te cuento, como ya hice otras veces antes de hoy, cómo me imaginé en su momento mezclado en un puré, junto a un reducido grupo de inconscientes, tirados por el suelo, esparcidos a ambos lados de una barra. Nadie más que yo, de entre ese grupo de jóvenes emprendedores, conocía la palabra “anarquía”. Nadie, yours truly incluido, intuía siquiera el alcance del término. Pero bebíamos, pasábamos el rato y, por encima de todo, compartíamos el miedo a volver a la realidad que nos había tocado vivir. Y, como bebíamos, todos los jóvenes emprendedores que acariciábamos la posibilidad de poner un bar, sin licencias, sin permisos, sin salidas de humos, ni de emergencia, nos imaginábamos a nosotros mismos esparcidos por el suelo, rozando el coma etílico, mientras nuestro precario establecimiento era saqueado, seguramente por otros que se hacían llamar amigos.

Así que decido no seguir por ahí, no mentirte, no decirte que nunca quise abrir uno, porque un bar es muy esclavo.

 

“Cosas de la reflacción” abre mi recopilatorio de relatos “Rendez-blues al borde del realismo sucio”. Si te apetece hacerte con una copia dedicada, solo debes dirigirte a mi página: CARLOS BUENO-LEÓN. En pocos días la podrás disfrutar en casa… o donde quieras.

 

Carlos Bueno-León

Y.. II parte y final.

Y la tierra tembló …

Bajo sus pies se abrió la tierra y ella era parte de las piedras, la arena, las raíces, los insectos, los reptiles; todo lo que allí había en aquella cueva, donde buscaba su verdad.

Cuando el polvo levantado se asentó, ella se sintió morir. Prometió como el resto de los acólitos no juzgar, no observar, dejar que todo ante sus ojos pasara.

Viajó a través de los tiempos y se remontó más allá donde la vida aún no era vida. Fue parte de los cuatro elementos de la naturaleza: fuego, agua, aire, tierra. Se sintió ligera como el viento y el agua en movimiento y crepitar el fuego en la noche oscura y la caricia de la tierra a veces, dulce y otras árida.  Se encontró en los confines del universo para convertirse en partícula y posteriormente en célula.

El último hálito de su muerte contempló y la luz se prendió, el fuego de su alma mostró el camino que debía seguir a partir de ese momento. Siempre la noche debe morir para volver a ser vida, eso al menos le decía su protector.

“La muerte es siempre la aventura de la vida” era lo que habían plasmado en dibujos,  sus antecesores, sobre la roca frente a la que ella estaba sentada.

Sintió que aún no había cesado su búsqueda y permaneció en la misma postura, solo un pensamiento atravesó su mente, pero no dejo que quebrará el silencio. ¿Cuantas lunas habrían pasado?

El olor fresco de la resina acompañado del suave gemido del viento que hacia caricia en su piel, en el frondoso bosque de la vida, donde la calma fluía acompañada del dulce néctar de las hierbas que en el crecían.

Lavanda en todo su cuerpo y en su melena jazmín  había sido impregnada por unas manos que ni veía ni sentía.

Un canto gutural que iniciaba el rito del más allá donde el tótem sagrado era entregado a los dioses, viajando junto con los espíritus a sus más remotos inicios, donde todo comienza y nada termina.

Su piel era acariciada por algo muy suave y sentía pesadez en su cuello, muñecas y tobillos.

Escucho en su mente a su maestro “vuelve a la vida” , había atravesado  el umbral entre la muerte y la vida y a la quinta luna despertó.

Abrió los ojos, sentía la levedad en su cuerpo y en su rostro dulzura, estaba tumbada, el cielo azul claro, sin nubes y en su mano un cuero con un grabado, su tótem.

….Y

@Marijose

 

 

 

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