DANIEL

Ahora me doy cuenta que ni siquiera conocía su apellido: Daniel era solamente Daniel. En “La Calesa” atendía circunspecto, atento, amable.

 

Ahora me entero que ha muerto. Res decir, que ya no estará allí cuando yo vaya. No me ofrecerá los garbanzos “con rienda”, ni vendrá, listo para nosotros ese arroz con pato único.

 

Daniel ya no estará allí para soportar las bromas sobre el fútbol que le hacían Julio y Alfredo.

 

 

Voy, vamos a extrañar a Daniel. Nos va a hacer una falta tremenda al entrar, al coger la carta, al pedir el almuerzo, al tomar el tercer whisky; va a estar ausente cuando venga el café y pidamos la cuenta.

 

No vamos a ver a Daniel en “La Calesa”, aunque estoy seguro que él sí nos va a ver y de pronto yo también lo veré, entre los cubitos de hielo de mi vaso, entre las lágrimas que sin que uno quiera, saldrán calladas.

 

Chau Daniel, gracias por el tiempo que nos dedicaste. Gracias por tu sonrisa, por tu arroz con pato especialísimo, por tu silencio necesario. Cuando nos toque irnos, espero que seas tú quien nos reciba. Así sabremos que hemos llegado al lugar correcto.

 

 

Escrito el 22 de octubre del 2001.

 

Nota: Hoy, diecisiete años después, Alfredo y Julio también partieron y deben estar reunidos con Daniel, esperándome, con un whisky servido. A “La Calesa” no voy hace como diez años y extraño a los amigos que se fueron.

 

Imagen: www.verema.com

A contraluz, Ángela.

Apoyada en la pared de enfrente estaba ella, Ángela.

Le observaba, al trasluz de la ventana, la cortina blanca, con pequeños motivos de azahar. La luz celeste que se reflejaba de la pared de aquel cuarto en el que él escribía.

Aquel día él tardó más de lo acostumbrado, el nerviosismo se hizo dueño de su estómago, no eran precisamente mariposas las que allí habitaban. Un paso adelante otro atrás, tenía que mandarle de una vez al carajo, él no quería que leyese sus letras y prefirió poner el blog en privado como si no existierá ya en las redes. vaya memez

Ella no le quería, tal vez sintió algo especial por él y quizás sólo amistad, tres meses intensos de conversación, la llevó a pensar así.

Ahora, solo quería devolverle lo que él la hizo a ella. Fue tanto el dolor infringido meses atrás. él se cegó y no fue capaz de entender la realidad de la vida. Sólo era un ser que se alojaba en la misma cloaca con las ratas, mortecino, más de lo que nunca pudieras imaginar.

Ella pasaba todos los fines de semana desde hacía cuatro puñeteros años en esa ciudad que tanto añoró y que ahora le producida asco. Tenía que terminar pronto con él.

Llovía, un pequeño chirimíri como en el norte se solía decir. Las cenizas mostraban como en un reguero de agua, su caminar, un cigarro tras otro.

Le apetecía café pero no quería moverse de allí. Quería observarle en la penumbra.

Miraba a la ventana, por si hubiera llegado antes y hubiera dormido una larga siesta, no era la primera vez.

La luz no estaba prendida, debía tener paciencia. Hizo su caminar un poco más largo pero en la misma dirección en la que él debería aparecer. 

La calle en la que él vivía era hermosa, al menos eso le parecía a ella. Y en la profunda oscuridad y silencio de la noche más aun.

Se quedó embobada contemplando la torre de la iglesía, debía volver una mañana para acceder a su interior y deleitar su mirada con sus arcos, ábside y retablo, por supuesto sin olvidar las hermosas vidrieras que seguro allí habitaban.

Volvió sobre sus pasos y se dio cuenta de que la luz estaba prendida, ¡Será posible! si han sido unos minutos los que me he distraído.

Machacó con la suela de las botas negras tipo deportivas que llevaba, el cigarro, sin terminarlo.

Aquello la sacó de quicio. ¿Ahora que haría?

Vestía pantalón negro tipo vaquero y camiseta negra, una cazadora de cuero negra con capucha, en aquella oscuridad era imposible percibir su presencia.

Ya había pasado un tiempo prudencial y decidió marcharse al alojamiento que siempre contrataba, era ya como una más de la familia.

Un pequeño hostal, donde la comida era deliciosa y la limpieza de las habitaciones y el baño, adecuada.

Cuando había girado sobre sus pasos para marchar, tuvo una intuición, no debía irse todavía.

Otra luz, de una ventana más azul, se había prendido. Un chirriar de puertas de madera de las de siempre, ya caducas en el tiempo, sonó y la luz del portal lució.

Él llevaba en la mano la bolsa de la basura, sólo una, con la cual, estaba claro que no era una persona respetuosa con el medio, no reciclaba.

Tenía que avanzar hacía el final de la calle, allí se encontraban ubicados los grandes contenedores de basura.

Él giró sobre sus talones y justo antes de que entrará en el portal, Ella le llamo, pronuncio su nombre, alto y claro.

Alargó su mano, en ella un rollo de papel lo suficientemente grueso como para ser una novela.

Él no la reconoció. Era lo lógico, nunca hubo nada entre ellos, no se conocieron, sólo una voz y unos ojos, que se olvidaron al día siguiente, puede que incluso antes.

Él la miró con extrañeza, pero se limito a recoger el rollo con reserva, sin musitar siquiera un gracias.

Èl era así. Siempre, silencio, intenso. ¡Miedo! ¿A qué?

Ella marchó pero no quiso ir aun al hostal, ando y ando, con la mente acallada y su corazón tranquilo, sin carga alguna, nunca la había tenido, jamas.

Otros seres humanos lo dudaron y le ayudaron a desquebrajar su mundo, a rasgar su vida y dejar en el limbo las letras, su gran pasión.

Ella, no le había hecho nada malo a él.

Recordaba sus pasos con calma por aquellos adoquines llenos de historia que ahora le hablaban de muerte.

Nadie por la calle. Se sentó en la escalinata de la iglesia y dejó que la suave lluvia la empapara.

Él se sentó en el sofá y abrió despacio el rollo de papel, los dedos temblaban, y fue a parar al suelo.

No ocurrió nada, ella había puesto unos remates dorados en dos puntos para que no se mezclaran, tal vez intuyendo que ocurriría aquello que acababa de suceder.

Lo recogió y vio su nombre en la portada. El corazón latía muy fuerte y la respiración también se aceleraba, respiró varias veces contando hasta diez y volvió a posar sus ojos sobre el pliego.

Al final, en letras mayúsculas,

TERMÍNALA Y PUBLíCALA

Ese es tu castigo poeta ciego, Ángelus

Mientras estás ocupado, dejas la mente tranquila y el corazón late despacio, sin duda, nuestras vidas serán mucho más agradables.

Firmado,

Ángela

 

Marijose,. Las fotografías fueron  tomadas en la calle Nao de Madrid

Pd:_ Despierta, abre los ojos, la vida sigue y la luz es vida.-

No hay mochila más pesada que ese miedo que existe por qué nosotros queremos, obcecados en fantasmas que no existen, en hechos que no suceden.

 

Pd.- La revista Latido será la segunda revista del Poder de las letras, su contenido no será sobre los mismos temas. Apostamos por la diversidad.

Si queréis participar al correo de la página o al mio Juncoygacelas@gmail.com

Disfruten de la vida, es un ratejo emocionante, no lo dudes.

 

 

 

 

 

Flores camufladas

Siempre ha existido un momento en el que el viento nos ha sonado a tristeza, en el que la lluvia nos ha inundado de melancolía o en el que el mar nos ha sugerido un tenebroso misterio; es decir, siempre, lo bello es capaz de invitarnos a vivir emociones contrarias a las que encierran.

¿Y quién no ha sentido que su alma se partía cuando veía cómo una vida se apagaba o quedaba encerrada en la cruz de la enfermedad?

¿Quién no se ha rebelado al ver que su propia carne, la de un ser querido o la de un niño se ha visto marcada por la cruz de una enfermedad o de una involuntaria desgracia?

¡Sí! Todos hemos sentido cómo esa flecha se clavaba en nuestro corazón y cómo, también, nos dolía la impotencia de no poder arrancarla.

Quiero quedarme con lo bello que hay tras ese dolor, con la flor que se oculta entre esas espinas que nos nublan la mirada e impiden que veamos que, tras esa enfermedad, tras esa cruz, hay una persona, un niño, un alma que también sueña, suspira y se emociona.

Doy fe de ello porque lo he vivido; y porque me he visto sumido en ese trance en el que la vida y la muerte se lo juegan todo a una carta, puedo decir que esos pequeños tienen un campo de su corazón reservado para la felicidad.

Sí, esos niños sufren, el grisáceo velo de esa extraña enfermedad cubre su cuerpo y nuestro corazón solo acierta a ver su dolor, pero ese dolor, a veces, es el nuestro, por eso quisiera, y a Dios se lo suplico, que fuéramos capaces de anegar de afectos, cariño y felicidad esa parte de sus sentimientos a las que no llega la sombra de su cruz.

Y si esa salud que no les han dado fuera imposible devolvérsela, me quedo con la imagen de miles de almas bondadosas que resucitan esos buenos sentimientos que, si no fuera por esas niñas y niños, tal vez seguirían ocultos en nuestras almas.

Quiero retener en mi memoria, en el recuerdo de mi corazón, en la esencia de mi alma, esas risas compartidas, esas personas volcándose con ellos, intentando compensar, por medio del cariño, lo que les han robado.

Con todo esto quiero decir que esas niñas y niños no son simples enfermos, son ÁNGELES enfermos que nos devuelven esa humanidad, esa caridad que dimos por perdida o teníamos olvidada.

Por eso, así como el viento sugiere tristes ecos, la lluvia melancolía y el mar, misterio, pero no dejan, por ello, de ser bellos, estos niños son, más allá de su cruz, fuente inagotable de amor, cataratas de buenos deseos, son flores camufladas entre las espinas de su dolor.

Escrito por Abel de Miguel Sáenz

Marijose.-

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