Cosas de la reflacción, segunda parte

Hace algún tiempo compartí con tod@s vosotr@s el comienzo de mi relato “Cosas de la reflacción”. Aquí os dejo una segunda entrega.

COSAS DE LA REFLACCIÓN

(Segunda parte)

Aparto la cafetera del precario calor de la vitro, meto media taza de leche en el microondas y enciendo el ordenador.

El pitido del calienta-leches llega cuando acabo de teclear la contraseña en el diálogo de la pantalla de bienvenida. Me siento bienvenido, bien hallado, mando al calcetín a la mierda y respondo cortesía por cortesía: “Hola, documento en blanco. ¿Qué ha sido de los folios, de la página en blanco? Ya hablaremos, ahora se aproxima una historia a las diez en punto, como en las películas de acción, francotiradores incluidos.”

Llegas pronto; eso me dice tu voz, apostada en el interior de mi teléfono móvil. No he comido nada desde; no, no he comido nada. Quedan restos de café en mi taza, la ropa sigue tendida, al final han pagado justos por pecadores. He abandonado el resto de prendas, como pensando en darle una lección a esa banda de corporativistas que, al fin y al cabo, han apoyado tácitamente la rebelión del calcetín prófugo. La ventana de la cocina sigue abierta. Entra el rumor de la lluvia. El rumor es a ratos leve y a ratos pura catarata, como el aire frío que también se desliza por toda la casa.

Un coche viejo, tuneado, con un alerón sobre-elevando la parte trasera, arriba, más arriba, con reggaeton de nueva cuña atronando, aún más alto. La calle vibra al ritmo del automóvil que vibra, lunas tintadas completamente subidas. Me imagino que el conductor no quiere dejar que lo que sale de los altavoces escape. Me digo que es una lástima que no consiga su propósito. No me dura mucho el pensamiento; aunque la calle es larga, el tipo circula a noventa, tal vez cien, kilómetros por hora. –Te vendrá bien salir un poco. ¿Has parado de escribir en algún momento?– Me callo. Tú y yo sabemos la verdad. Sonrío. Quedamos en que te recogeré en la estación. Saldremos a tomar algo. No, no me he separado del teclado ni un segundo, no he comido nada, no me he dado cuenta de que me estaba congelando, con la ventana abierta y la calefacción apagada, no he capturado calcetines ni doblado camisetas ni nada más que imaginarme muertos, anacondas y ajuares domésticos conspirando contra mi tranquilidad.

Entramos a comer en un bar de copas remozado, reconvertido en restaurante. Debemos darnos prisa; ha pasado la hora de los desayunos y, en breve, comenzará la de las primeras copas. Comparto contigo lo que estoy pensando. Ya no pienso en el conductor, en el pobre coche disfrazado, contra su voluntad, de calamidad. Ya no recuerdo el reggaeton, el pobre aislamiento de la cabina, el terco recubrimiento craneano del descerebrado que conduce ni cuánto me gusta cantar las bondades de los auriculares. Eso ya pasó. Ahora te miro a los ojos, alargo el brazo derecho para rozar la piel de tu mano izquierda y sonrío, solo un poco, despacio. –Por eso nunca quise poner un bar.–

Y sé que miento. Y tú sabes que miento. Y, si no lo sabes, estoy seguro que lo intuyes. Un tipo como yo ha tenido que penRendez-bluessar, más veces que un par, en poner un bar.

Lo pensé cuando empecé a beber. Lo pensé, lo pensamos, unos pocos, unos cuantos. Lo hablamos entre nosotros, desconocidos, desconectados los unos de los otros. Incluso lo dije en voz alta. Pero, claro, esos eran los tiempos en los que pensaba que mi destino, inefable, inevitable, incomprendido, inconfesable, era ser anarquista. –Tiene gracia.–

Te lo digo. Digo eso, aunque sé que maldita es la gracia que tiene. Creo que, en un momento dado, la cosa parecía divertida. Te cuento, como ya hice otras veces antes de hoy, cómo me imaginé en su momento mezclado en un puré, junto a un reducido grupo de inconscientes, tirados por el suelo, esparcidos a ambos lados de una barra. Nadie más que yo, de entre ese grupo de jóvenes emprendedores, conocía la palabra “anarquía”. Nadie, yours truly incluido, intuía siquiera el alcance del término. Pero bebíamos, pasábamos el rato y, por encima de todo, compartíamos el miedo a volver a la realidad que nos había tocado vivir. Y, como bebíamos, todos los jóvenes emprendedores que acariciábamos la posibilidad de poner un bar, sin licencias, sin permisos, sin salidas de humos, ni de emergencia, nos imaginábamos a nosotros mismos esparcidos por el suelo, rozando el coma etílico, mientras nuestro precario establecimiento era saqueado, seguramente por otros que se hacían llamar amigos.

Así que decido no seguir por ahí, no mentirte, no decirte que nunca quise abrir uno, porque un bar es muy esclavo.

 

“Cosas de la reflacción” abre mi recopilatorio de relatos “Rendez-blues al borde del realismo sucio”. Si te apetece hacerte con una copia dedicada, solo debes dirigirte a mi página: CARLOS BUENO-LEÓN. En pocos días la podrás disfrutar en casa… o donde quieras.

 

Carlos Bueno-León

Llevo toda la vida ligado a la literatura y la música y no siempre en ese orden.

En la actualidad colaboro, además de con mis relatos y poesía, como ensayista y crítico musical con diversas publicaciones periódicas.
La mejor manera de ver algunas de las cosas que hago es visitar mi perfil de facebook, mi blog y, tal vez, leer alguna de mis colaboraciones en otros medios:

https://carlosbueno-leon.blogspot.com.es/

https://www.facebook.com/profile.php?id=100010679792697

http://www.revistalaocaloca.com/author/miguelcastro/

http://rockandblog.net/author/miguelcastro/

En estos tiempos de famosos que publican, jammers, slammers, youtubers, influencers y demás, me gusta considerarme, simplemente, escritor.

Y.. II parte y final.

Y la tierra tembló …

Bajo sus pies se abrió la tierra y ella era parte de las piedras, la arena, las raíces, los insectos, los reptiles; todo lo que allí había en aquella cueva, donde buscaba su verdad.

Cuando el polvo levantado se asentó, ella se sintió morir. Prometió como el resto de los acólitos no juzgar, no observar, dejar que todo ante sus ojos pasara.

Viajó a través de los tiempos y se remontó más allá donde la vida aún no era vida. Fue parte de los cuatro elementos de la naturaleza: fuego, agua, aire, tierra. Se sintió ligera como el viento y el agua en movimiento y crepitar el fuego en la noche oscura y la caricia de la tierra a veces, dulce y otras árida.  Se encontró en los confines del universo para convertirse en partícula y posteriormente en célula.

El último hálito de su muerte contempló y la luz se prendió, el fuego de su alma mostró el camino que debía seguir a partir de ese momento. Siempre la noche debe morir para volver a ser vida, eso al menos le decía su protector.

“La muerte es siempre la aventura de la vida” era lo que habían plasmado en dibujos,  sus antecesores, sobre la roca frente a la que ella estaba sentada.

Sintió que aún no había cesado su búsqueda y permaneció en la misma postura, solo un pensamiento atravesó su mente, pero no dejo que quebrará el silencio. ¿Cuantas lunas habrían pasado?

El olor fresco de la resina acompañado del suave gemido del viento que hacia caricia en su piel, en el frondoso bosque de la vida, donde la calma fluía acompañada del dulce néctar de las hierbas que en el crecían.

Lavanda en todo su cuerpo y en su melena jazmín  había sido impregnada por unas manos que ni veía ni sentía.

Un canto gutural que iniciaba el rito del más allá donde el tótem sagrado era entregado a los dioses, viajando junto con los espíritus a sus más remotos inicios, donde todo comienza y nada termina.

Su piel era acariciada por algo muy suave y sentía pesadez en su cuello, muñecas y tobillos.

Escucho en su mente a su maestro “vuelve a la vida” , había atravesado  el umbral entre la muerte y la vida y a la quinta luna despertó.

Abrió los ojos, sentía la levedad en su cuerpo y en su rostro dulzura, estaba tumbada, el cielo azul claro, sin nubes y en su mano un cuero con un grabado, su tótem.

….Y

@Marijose

 

 

 

Soy escritora, cada dia aprendiendo como en el diario caminar. Mi pasión las letras “siente la música de la vida, aún en el desierto,cuando el viento te envuelve, suave, cálidamente”
Marijose, ¿Cuantos años escribiendo? No lo se, siempre.
Antologías muchas, a duo varios, 15 libros y uno solidario.
En la web Internacional de escritores independientes del Poder de las letras y ocasionalmente en Prensaldia digital, Malagaldia digital y Globatium hispanolatino.

Y  recuerda en ti esta todo lo que necesitas. amor, es el reflejo de la luz que habita en tu anterior.

Escribir es vivir la vida en el sentido más amplio de la palabra, esa pasión con la que se deleita el cuerpo, el ser y la mente.

Ese espíritu que busca cada mañana ser un poco mejor. Un escalón subir con el amplio saber del anterior logrado. Ser en su más amplia interpretación en el que el tener poco o nada tiene que ver.

Hacer algo por el simple hecho de que te apetece y te hace sentir bien.

Sed de calma y quietud, de sosiego a la vez que la vida es plena.
La vida es armonía y cadencia, es sonido y amor.

Pasiones, la vida esta llena de cosas y personas maravillosas que embellecen y dan luz a tu ser a tu cotidiano vivir.

Escribir, desnudar tu ser, tu alma, tu deseo, tus anhelos, tus miedos. Sentir. Transmitir es la palabra que mejor encaja con la palabra escritor.

Ganas todas. Fortaleza y decisión, amor.

Las letras son pasión, son medicina, son amor, son amistad, son todo un compendio de significados aun sin crear.

Yo soy como soy. Marijose sin más. Una mujer sencilla que da sin pedir nada a cambio. rebelde con las injusticias, curiosa más aun con el saber y no más. Luz que desea a todos a los que en su camino encuentra y si ayudar puede, lo hará, no lo dudes.

Marijose, esa soy yo.

Cómo me gustaría

Cómo me gustaría

Diario de yo XXIX

Hoy me he acordado de aquella frase tuya. Tenías muchas, no lo negaré, pero aquella era especial, impactante y divertida.

Tú no estabas bien, yo no estaba bien, el mundo no estaba bien. Tú no lo sabías, yo tampoco. Yo pasaba mis días y mis noches alejado de ti, de mí, del mundo. Me dedicaba a explorar todo lo que se podía explorar. Yo lo sabía, tú no. La vida era entonces un tren sin puertas, sin asientos, sin paredes. Nadie lo sabía mejor que tú y yo. Pero ni siquiera ese conocimiento, esa mezcla de intuición y experiencia podía juntarnos. Si era complicado hacernos coincidir en la misma habitación al mismo tiempo, llegar a comunicarnos como seres civilizados era el paso que sigue a la utopía, a la ensoñación del borracho y a la consciencia del enfermo. Tu sexto sentido te hacía caer una y otra vez del tren. Te aferrabas con las uñas al suelo que, traicionero, se agitaba bajo tus pies.

Enfermedad y autodestrucción

¡Cómo me gustaría verte coger un libro!

Y a mí, mamá. A mí también me gustaría.

 

Llevo toda la vida ligado a la literatura y la música y no siempre en ese orden.

En la actualidad colaboro, además de con mis relatos y poesía, como ensayista y crítico musical con diversas publicaciones periódicas.
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