No, no le gustaba la Navidad

 

 

 

 

No, no le gustaba la Navidad, hacía años que esas fiestas dejaron de ser lo que habían sido en su infancia. No, no quería que llegaran y, sin embargo cada año llegaban sin ninguna consideración ante sus deseos de que la dejaran en paz, de que pasaran inadvertidas para ella.

No se consideraba el “señor Scrooge” del famoso cuento de Dikens, pero con los años se daba cuenta de que la felicidad y los buenos deseos no deberían limitarse a una fechas determinadas. En su corazón anidaba un gran caudal de amor que derrochaba por todos sus poros. Amor que no tenía fecha ni caducidad y no podía soportar la falsedad o hipocresía que durante las fiestas navideñas imperaba en el ambiente. Los mejores deseos, las más altruistas acciones se ponen de manifiesto en nombre de ¿qué? de demostrar a los demás lo buenas personas, lo amantes del prójimo que somos durante unos días, la solidaridad que parece reservada para las fiestas navideñas, lo poco que nos cuesta DESEAR lo mejor en esa febril celebración…

No, no le gustaba la Navidad hacía muchísimos años, ese espíritu desapareció poco a poco debido a diferentes causas como el tomar consciencia del despliegue de intereses económicos y consumistas que se esconde detrás de las fiestas navideñas y porque los cambios producidos con el paso de los años en su vida familiar todo había ido modificándose y perdiendo el sentido festivo de antaño. A pesar de eso, en su fuero interno, debía reconocer que en esas fechas, quizá por todo lo que se va elaborando en torno a ellas, no podía por menos que volver la vista atrás y sin querer, su mente la traslada a otros tiempos y se envuelve en un sinfín de recuerdos que desatan las más encontradas emociones.

No puede evitar viajar a su infancia, en cómo disfrutaba saliendo a la calle e ir puerta tras puerta cantando villancicos para pedir el aguinaldo o verse sentada en la mesa en la cena de Nochebuena rodeada de toda la familia y, toda  era toda, incluidos tías, tíos, primos, etc. Esa noche, la de Nochebuena, es la que perdura en sus recuerdos como símbolo de las fechas en las que se había sentido dichosa y de las que pudo disfrutar con auténtica alegría.

La cena era de lo más sencilla ya que eran tiempos muy duros los de aquella época y apenas había dinero para grandes festejos, pero era feliz con el calor que se respiraba en el entorno familiar, cantando villancicos todos juntos, los mayores acompañando con botellas de anís del mono para hacer la percusión y los más pequeños con las tapaderas de las ollas…

Se aferraba sin darse cuenta a esos recuerdos de la infancia para poder mostrar una sonrisa en esos días y no echar por tierra ni estropear el espíritu navideño de quienes aún lo conservaban pero queriendo que pasaran lo más deprisa posible.

Las Navidades no son fechas que me resulten gratas, el peor recuerdo es el de unas navidades, hace ya bastantes años en las que murió uno de los seres más queridos para mí: mi padre, justo el día de Navidad. A pesar del tiempo ya transcurrido siempre planea en el pensamiento y con los años aprendí a dedicarle en ese día una sonrisa con todo mi cariño y agradecimiento.

Mi corazón está repleto de amor  hacia las personas que conozco, a las que amo y me rodean, a las que amo sin verlas físicamente pero las percibo dentro de mí y sé que están a pesar de la forma virtual en la que nos comunicamos, a las que no conozco, a las que sufren, a las que ríen y lloran conmigo, a las que me buscan cuando se sienten  apenados, a las que busco cuando necesito apoyarme en un hombro amigo…en nombre de ese amor escribo estas letras con los mejores deseos de AMOR, PAZ Y FELICIDAD para tod@s vosotr@s durante TODOS LOS DÍAS DEL AÑO…sed muy felices siempre, corazones bellos.

Marina Collado

En un barrio muy bueno – Diario de yo

En una oficina de registro, un profesor y un abogado, en un barrio muy bueno, debaten, jocosos, las maldades del funcionariado.


Conciliador les tranquilizo con un somero “menos mal que contamos con políticos, banqueros y grandes empresarios para compensar la situación”. 
Muy sonrientes volvemos a nuestros quehaceres: yo a mi lectura; ellos a su brillante carrera en el mundo de la comedia.

Desde el cariño. Vaya eso por delante.


Y sí, la cabra tira al monte. Cada cual que encuentre la paz donde mejor le parezca.

Carlos Bueno-León

Las fotografías que nos quitan la vida

 

Hay una vieja leyenda que, como todas ellas, tiene su poso de realidad, basada en la idea que profesaban algunas tribus aborígenes donde se negaban a ser fotografiados por los exploradores, cuando se encontraban, porque aquellas máquinas fotográficas tenían el poder de robar el alma a través de su objetivo a las personas fotografiadas.. La verdad es que la idea además de romántica parece bastante coherente y puede que hasta tenga su lógica; porque al ver tu imagen en un papel, “fuera de tu cuerpo”, algo raro y mágico ocurre.

Según internet que es muy sabio, a veces, todo proviene de esta historia:

 

“Guido Boggiani, un italiano que nació en 1887 y que dejó su vida a comienzos del siglo XX en Paraguay. Artista y etnólogo, fue esto segundo lo que le llevó a viajar por Sudamérica. Después de un tiempo desaparecido, se organizó una expedición, dirigida por el explorador español José Fernández Cancio, para localizar a Boggiani. Lamentablemente lo que localizaron fue su tumba. Él y su peón habían sido asesinados, presuntamente, por los indios y enterrados con las cabezas separadas de los cuerpos. Presuntamente porque es posible que Boggiani y su ayudante murieran por causas naturales y los indios solo “trocearan” los cadáveres. Separar la cabeza del cuerpo impedía, para los nativos, que esos hombres siguieran haciendo el mal.

Pero lo más curioso es que también enterraron la cámara fotográfica del explorador. Sin duda, porque aquel chisme también hacía el mal, posiblemente, robaba el alma. De hecho, la hipótesis más aceptada para justificar su muerte a manos de los nativos, si fue así, es la que se basa en que sus fotos sorprendían, molestaban y preocupaban a los indios.”

 

Recurro a esta vieja leyenda a propósito de los consabidos y tan usados en nuestros días, los “selfies”, palabra que desprecio por ser un extranjerismo más que invade nuestro precioso idioma. O sea los autorretratos de toda la vida de Dios. Este tema si merecería un estudio serio de cualquier humanista o antropólogo, psicólogo o psiquiatra que se precie, y muchos leeríamos sus resultados encantados.

En estos tiempos que corren nuestros congéneres se dividen obviamente por diferentes y amplios sectores de opinión con respecto a esta concreta cuestión. Pero me gustaría focalizar en esos dos extremos que representan el uso hasta la saciedad del autorretrato y por el contrario aquellos que ni siquiera gustamos de aparecer en una imagen pública.

No dudo que tendrán miles de razones los primeros para bombardear nuestros muros con múltiples imágenes de ellos mismos. En parte seguramente porque se sentirán orgullosos de la misma, por coquetería, reafirmación de su personalidad, o tantas y diferentes razones que no alcanzo a explicar. Sin duda el derecho les asiste, del mismo modo que al sector opuesto.

En mi caso, naturalmente privado, tan personal cómo intransferible me sitúo en el segundo grupo. Por alguna razón no alcanzo a recordar el origen de tal manía, ni si hubo algún momento concreto en mi larga existencia en que comenzara a no reconocerme a mi misma con la imagen que veía reflejada en el papel fotográfico. Y no es que dicha transferencia me robara el alma como reza esa leyenda con la que iniciaba este artículo, por el contrario se trataba de sentir de algún modo expoliado mi yo, como si regalar el hedonismo fuera ultrajar al espectador por no poder mostrar lo que en esencia es una persona. Como si el artificio de una ropa, un desnudo, que también es artificio, unos labios pintados, o sin pintar mostraran una parte tan ínfima, que sencillamente no merecería la pena.

Desde luego que hay algunos/as que desgastarían el objetivo con las imágenes de sí mismos con las que irrumpen en nuestras vidas. Que algunos me llamareis exagerada y no os culpo, pero a mi modo de ver representan un afán de posesión fuera de toda racionalidad. Porque esas imágenes nos poseen a diario, nos muestran cuán posesivos podemos llegar a ser buscando la manipulación de los sentimientos de otros. Son una muestra de la supremacía de la estética sobre el resto de cualidades del ser humano que puede llegar a resultar hasta insultante en algunos casos.

En serio ¿no os parece que el exceso de imágenes personales está poblando internet? Dentro de poco podríamos empapelar las fachadas de los edificios de cualquier ciudad del mundo, o de todas, con fotografías. Que igual nos quedamos sin árboles para imprimir todas las que se hacen al día. Es sencillamente espeluznante comprobar toda la información privada que acumula el ciberespacio acerca de nosotros como para andar facilitándole más datos.

Aparte de mi denostada incomprensión hacia quienes publican estos autorretratos y quizás para luchar contra ellos, me gusta poblar las redes de fotos sobre naturaleza o paisajes de ciudades, pero claro esa es sólo mi lucha.

¡Ojo! que ni pretendo, ni soy nadie para dar lecciones, ni adoctrinar sobre ninguna causa, lo que aquí muestro es sólo una reflexión sobre costumbres, pura antropología vivencial de nuestros días, personal y privada, que hoy comparto. Nada más lejos de mi intención que coartar o denostar a todos los que no compartan mis ideas, muy a mi pesar debo aceptar y soportar las caras y los cuerpos de miles, cientos de miles de mujeres y hombres que a diario irrumpen en muros de mis RRSS, pero en algún momento tocaba hacer esta reflexión, y lo siento, os ha tocado hoy.

No me gustaría abrir debate ya que como queda expuesto es mi mera opinión personal, y entiendo a quien no esté de acuerdo. Pero del mismo modo que me toca soportar sus autorretratos a diario, a ellos, vosotros os tocará ver pasar mis letras por vuestros muros.

Si alguno se molesta en leerme alguna vez me pondrá a parir o simplemente recurrirá al viejo dicho de “el que no cuelga fotos es porque es feo” y ahí volveríamos a entrar en una nueva polémica que dependería de nuevo del gusto del espectador, y visto lo visto por esos muros, está claro que el muestrario es amplio y que cada cual tiene su público, sean o no del agrado de otros.

Sólo os recuerdo, aunque sé que no sois niños y niñas de teta en esto del ciberespacio (aunque algunos sí, ja, ja, ja) que todo lo que está en la red es de cualquiera y cualquiera puede usarlo, solo a modo de recordatorio. A mí ya me lo han demostrado, quizás el próximo puedes ser tú.

Que las sonrisas sean además interiores y que los morritos sirvan para algo más que adelgazar las facciones, es mi deseo.

@carlaestasola

 

Música: Pablo Casals – Kol nidrei Op 47 – Max Bruch

Imágenes: Almas de Eartheast y Retrato de Guido Boggiani

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