El libro y la rosa

 

 

 

Estaba llena de indecisión, su mente era un verdadero caos, no sabía qué escoger, no sabía de entre todos los objetos y recuerdos acumulados durante su vida qué llevarse consigo al lugar al que debía marcharse. No podía llevar todo lo que realmente quisiera y eso la llenaba de tristeza, sabía bien que los objetos eran cosas materiales, que lo más importante de su vida se hallaba en su corazón, en su alma que aún vibraba al recordar al que fuera su compañero de vida, su único y gran amor, su amante y amigo, su otra mitad sin la cual se sentía incompleta.

Siempre deseó que cuando llegara la sombra negra de la muerte se los llevara juntos, lo deseó con vehemencia pero estas cosas nunca suceden como se desean. Desde la muerte de Adolfo su vida perdió el sentido, aunque en el fondo debía reconocer que su recuerdo, los momentos vividos junto a él eran su mayor consuelo. Se acostumbró a dialogar en voz alta con él e imaginaba sus respuestas cuando le acuciaba la duda, la incertidumbre de no saber qué determinación tomar. Quizá, pensaba, se tratara de la intuición o quizá del conocimiento tan grande que tenían de ambos, de la forma de saber su manera de pensar lo que la llevaba siempre a acertar con la opción adecuada.

Todo lo que estaba viviendo recientemente la transportaba y su mente, así como su corazón y su alma viajaban a la velocidad de la luz en un recorrido retrospectivo hacia el recuerdo, hacia su vida anterior desde el momento en que se conocieron, desde el primer beso que se dieron, desde el primer instante en que sus corazones latieron juntos y ya no se separaron hasta aquel fatídico día en que la dama oscura se acerco a sus vidas arrebatándole a su amado.

En su caótica confusión en la búsqueda de aquello que llevarse se acercó a un viejo arcón del que ya no tenía apenas memoria de que existiera ni recordaba cuál era su contenido. Estaba repleto de polvo, así que lo limpió y lo abrió llena de curiosidad por averiguar su contenido. Con asombro lo vio, vio aquel libro ya amarillento y tan lleno de polvo como estuviera el baúl, lo abrazó emocionada, su corazón latía con fuerza, era el primer libro que le regalara Adolfo un día, sin más motivo que el de celebrar su amor, junto al libro le depositó una preciosa rosa roja y ella fue guardando sus pétalos entre las páginas de su preciado regalo, se trataba del libro “Rimas y leyendas” de Gustavo Adolfo Béquer. Adolfo sabía que era una gran enamorada de la poesía y quiso que fuera ese libro el que sellara su gran amor por ella. No daba crédito a lo que veía pero ahí estaba, llamándola, reclamando que lo llevara con ella a la residencia en la que pasaría lo que le quedara de vida.

Vivió una vida plena junto a Adolfo pero no tuvieron hijos en su unión y aunque lo desearon con fuerza, el Universo al parecer no tenía previsto para ellos la dicha de ser padres. Nunca se sintieron desdichados por ello pero ahora, ella pensaba que quizá de haberlos tenido su destino actual sería otro, quizá no tendría que abandonar su hogar porque tendría la atención de sus hijos o quizá, quién sabe, las cosas debían ser así y el acontecimiento de su marcha se habría producido de todas maneras. En el fondo, daba gracias al Universo porque gozaba de buena salud a pesar de la edad avanzada y aunque su memoria a veces algo le fallaba no tenía dolencias graves como para requerir tratamiento médico, el único mal que la aquejaba era el de la soledad, el vacío tan grande que había quedado en su alma y en su corazón tras la muerte de su amado Adolfo.

Quería estar rodeada de personas de su edad y relacionarse para sobrellevar mejor aquel último tramo de su vida, así que decidió ella misma que debía abandonar el hogar en el que tan feliz fue durante tantos años. Salió con su libro entre las manos, acariciándolo dulcemente junto a su corazón y se dirigió hacia la morada en la que esperaría impaciente que la dama oscura acudiera en su busca y la llevara por fin junto al ser al que tanto había amado y al que estaba convencida seguiría amando eternamente. Deseaba que esta vez no obviara su solicitud y la envolviera en  su manto para que su alma se uniera perpetuamente a la de Adolfo y pudieran seguir amándose después de cruzar el umbral formando una única alama, una única esencia y seguir gozando de su amor por la inmensidad del Universo.

 

 

@Marina  

DÍA DEL AMOR

Me tomaste de la mano
y me besaste el alma
con la dulzura que nadie tuvo
*
me llevaste a pasear
por un jardín apacible
donde tu compañía
me acaricia el aura
*
me abrazaste
y tu luz se prendió a mi pecho
*
me enseñaste a ser valiente
y a mirar la paz de tus ojos
para apaciguar los miedos
*
me miraste y ya no pude volver
del café profundo de tus pupilas
*
cuando todo parece caer,
ahí están tus ojos
para guiarme con ternura
y tú mano apretada
para caminar más livianos,
juntos
*
me hiciste crecer las alas
cuando nadie confiaba en ellas
y me renovaste los sueños
desde la primera palabra.
*
‘te amo’ puedo pronunciarlo
en los labios y en silencio
con una mirada
o una caricia
*
‘cuidarte’ es mucho más que protección,
es querer que estés en paz
y ser feliz con tu sonrisa del alma

La última margarita

LA ÚLTIMA MARGARITA

No se pudo morir antes la primavera. Aquello fue casi un suicidio, un óbito premeditado que envió al destierro todas las flores que habitaban en mi jardín. Después de un largo y brutal invierno, mis esperanzas por encontrarte fenecían al mismo ritmo que el raudo avance del marchitar de todos aquellos brotes que, sin llegar a germinar, se agostaban con el transcurrir de los días.

Fui testigo silencioso del deceso de la primavera, sin que hubiese nada en mis manos que pudiese hacer para evitarlo. Fui tan solo un mero espectador que derramaba lágrimas ante aquel prematuro funeral, como si con ellas pudiese devolver la lozanía a los pétalos marchitos que languidecían bajo mi estática mirada. Fueron sollozos inútiles.

La frescura y la juventud dieron paso en pocos días a los surcos castigados de un estío prematuro que se reflejaba en mi rostro sombrío, un auténtico sicario de las margaritas desvalidas que un día pintaron de sonrisas desdentadas mi rostro cuajado de cal, que, mezclada con mis lágrimas, resultó mortal para mi primavera ausente.

Sucumbieron sin posibilidad alguna de soslayo todas las margaritas que nacieron con la intención de convertirse en un inmenso vergel. Abrasadas por el sol, todas murieron bajo mi mirada atenta y acusadora que, poco a poco, fue quedando vacía de ilusiones.

Pero más allá de la inmolación colectiva del florecimiento, te vi. Te resistías a abandonar tus pétalos, a esconderte de mi mirada magnicida, a dejarte morir simplemente como hicieron las demás.

Fuiste la última margarita que me quedaba por deshojar.

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