Papel de lija

papel de lija
Fue algo que parecía no iba a trascender. Pero la caprichosa vida nos
haría decir aquello que no siempre haremos…

Aquella tarde mi amiga me invitó a la presentación de un libro.
Su amiga, una compañera de trabajo auto publicaba una novela.
Aquella salida me haría bien, me dije, me entretendría por unas horas,
la lectura no me apasionaba demasiado, pero aquella tarde me serviría
de pretexto para evadirme.

En el ecuador de mi vida, en mi mente anidaban pensamientos poco
limpios hacia mi persona. Todo a consecuencia, de y por aquella mala
relación, que mantenía con él. Enquistada al máximo, así era cómo
estaba y seguía doliendo, pero ya había dejado de supurar.

Pero, a pesar de todo quiero que Irene se centre en aquella tarde y
posteriores días. Ella es la escritora a la que le pedí que escribiese
este relato de lo que me sucedió por casualidad, a pesar de que ellas
no existen.

La presentación fue un éxito, a consecuencia de aquella tarde todo cambiaría…
Estaba todo preparado con mucha humildad, fue una reunión de amistad,
dónde la escritora amiga de mi amiga presentó su novela.
Entre sus palabras dejó dicho que aquel libro era una biografía
novelada, que viene a ser una realidad, pero con nombres ficticios.
Escondiendo de ese modo la historia de alguien en aquellas letras
escritas y que yo leería, porque sin duda me atrapó, y consiguió lo
que muchos escritores no habían conseguido.
Compré el libro, no era muy cuantiosa su adquisición, además me lo
dedicó personalizando la dedicatoria…
“Para ti mujer, puede que no sea tu historia, pero la realidad supera
la ficción siempre”
Leí aquella dedicatoria una y otra vez de camino a casa, preparé algo
de cena, pero cómo casi siempre, no me apetecía cenar.
Abrí el libro por la dedicatoria y la volví a leer, iba a pasar de
página, cuándo él me dijo que para verme allí leyendo que se iba a la
cama. Siempre encontraba un pretexto para dejarme sola, esa noche fue
que leía, tenía que tener paciencia, pensé, levantándome y cumpliendo
con un beso le deseaba que descansara. La educación era ante todo,
para mí era primordial, algo que no tenía él conmigo.
Seguí leyendo, en la introducción advertí cierto parecido, pero, qué
tontería estaba pensando, me dije. Ella no sabía nada de mí, cómo
había podido acertar…

Llevaba media novela leída, mi corazón estaba encogido pues cómo papel
de lija eran aquellas páginas, que con sus letras limaban mi vida,
sacando virutas de mis situaciones cotidianas.
Todo lo que iba descubriendo al desgranar la biografía aquella, era
sin dudarlo mi vida.
Burlas, descalificativos a la protagonista por parte de él, que no era
otro que uno igual al mío.
Déspota y sin sentimientos hacia mí, dejándome a ras del suelo, cada
vez que podía.
Llegué al final de aquella lectura, que pulía lijando todas las
aristas que habían producido mis pensamientos en todos aquellos años.
Y me decidí, estaba amaneciendo cuando terminé de leer, pensando, que
si ella, la mujer cansada de soportar aquel trato vejatorio, había
podido, yo también podría.

Pocos meses después era libre, me quería y estaba decidida a presentar
mi propia biografía novela, su título “Papel de lija”
Y escribiendo una frase aclaratoria que ponía fin a la historia.
“Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia”
Dedicada sin duda alguna a la mujer escritora que con su historia,
abrió e hizo que mis ojos cegados por el miedo, viesen más allá. Y a
la literatura que me envolvió y tiró de mí fuerte, dándome la fuerza
necesaria para quererme.

Diez minutos antes de las cinco

 

A casi diez minutos antes del amanecer, Sofía; con casi cuatro décadas de vida vivía una historia que, por primera vez en sus días la llevaría a, casi renunciar a la razón para permanecer acunada en los brazos de Samuel.

Eran apenas diez minutos antes de las cinco de la mañana y él ya rozaba su espalda avanzando hasta la línea en donde las palabras ya son indecibles.

La luz del sol apenas iniciaba su camino descendente hacia el ventanal que los separaba del jardín en el que, la noche anterior, habían unido sus labios y su ansia de unirse por vez primera, mientras Sofía, no daba crédito a lo que estaba sintiendo. Con casi cuatro décadas de vida, jamás había sentido lo que Samuel había provocado en los eternos minutos transcurridos desde el final de la noche anterior.

Entraron por la pequeña cabaña que se encontraba en el fondo de la construcción, convirtiéndose en almas sordas ante el ruido de los invitados que se encontraban reunidos en el centro de un salón, que se tornó muy lejano y Samuel, cerró la puerta; como clausurando su contacto con el mundo llevándola lentamente al lecho, que los recibía ansioso por abrazar ambos cuerpos; mientras Sofía cerraba los ojos para flotar entre sus brazos.

Por una ventana entreabierta, entró un furtivo olor a lavanda que cubrió a los nuevos amantes, volviéndose cómplice entre la mezcla de la respiración acompasada de ambos y el ligero viento que los acariciaba en un ritmo sin fin, apartados ya del mundo; él pasó sus manos lentamente desde la parte más suave del cuello de Sofía, bajando por su espalda; asiéndola contra su propia figura hasta caer sobre el lecho que los recibió como se recibe el latido inicial de una nueva vida.

Ella no sabía que era capaz de enredarse en otro cuerpo de esa manera; se mostró deseosa y cálida como nunca antes tomando contra sí cada centímetro de esa piel masculina que le quitaba la razón llevándola al delirio. No sabía que podía olvidarse del mundo entero rogando a las horas que no avanzaran.

Samuel le regaló los minutos, le dedicó cada segundo; la llevó hasta el mismo cielo; mientras los dos danzaban la misma melodía en compases, a veces serenos y a veces eternos que terminaron en un plácido y profundo sueño abrazados uno siendo el refugio del otro.

Y así, en la sentencia infringida por el paso del tiempo, se acabó la noche; amenazando que al llegar la luz cesaría el encuentro de aquellos amantes, se acabaría el aliento mezclado de ambos y las gotas de sudor se quedaría plasmadas en el lecho que, se quedaría esperando a una nueva noche.

Casi llegaba el amanecer y él abrió los ojos intentando encontrarse con la mirada de ella, mas invadido por la traición del deseo levantó las sábanas e inició de nuevo la ruta ya antes trazada con sus tibios dedos sobre su piel blanca.

No era aún, las cinco de la mañana cuando los amantes volvían a enredarse en aquel interminable estallido de pasión que los atrapó por siempre desde la noche anterior.

 

 

 

 

 

 

EN PRIMERA PERSONA

Esta es mi historia, mi experiencia personal, pero sé que podría ser la de cualquier joven argentino de clase media viviendo en este país. Por eso quiero contar en primera persona lo que está sucediendo en un país desgarrado, desgastado, desvalorizado y sacudido por un mal social que no cesa. Más de lo mismo, esto es cíclico y nadie sabe si realmente alguna vez el ciclo se cerrará para salir adelante como lo necesitamos.

Cuando se vuelve cuesta arriba creer en los sueños, resulta difícil continuar soñando. En mi corta vida he tenido sueños y he logrado materializar algunos, algo que alimenta la sonrisa del alma y las ganas de seguir soñando. Pero ocurre también que la realidad muchas veces pisa fuerte acorralando las alas de aquellos sueños, volviéndolos cada vez más lejanos. Mi esencia me permite siempre mantenerme con ilusión pero ya no soy una niña, ahora debo abrir bien los ojos y mantenerme despierta porque si me duermo y no lucho, los buitres pueden resetearme esos anhelos del alma construidos desde el amor.

Cuando era una adolescente ilusa e inexperta viví una de las primeras crisis de la actualidad (la del 2001, la más fuerte de las contemporáneas) pero así y todo no la viví realmente “a consciencia”. Tenía casa, comida y la protección de mis padres que resolvían todo por mí y mi hermana así que, aunque de alguna manera lo vivimos, nos mantuvimos al margen. Lo vivimos, lo viví. Y se salió de eso. El país salió. Ya no sé siquiera cómo porque ese fin de año ocurrió una increíble seguidilla de asunciones ridículas de presidentes en tan sólo una semana y a partir de ahí se veía públicamente lo que se denominó caos social y creo que la definición fue bastante acertada, digo con respecto al tema social. Hoy, después de diecisiete años reincidimos; la sociedad nuevamente se encuentra sacudida. No aprendemos más, no sabemos aprender. A muchos tampoco los dejan porque los incentivan para no salir de ese círculo vicioso, los agitan tanto que los aturden para confundirlos, distraerlos de lo que realmente importa. ¿Qué nos sucede a los argentinos que nos dejamos pisotear una y otra vez? ¿Qué nos pasa que vale más aparentar algo que no somos a ser solidarios entre nosotros? Nos comportamos de forma egoísta cuando algo realmente vale la pena. Sólo nos unimos para hacer más ruido o para demostrar una y otra vez lo “vivos” que podemos llegar a ser ante las situaciones que nos engordan el ego.

Me siento muy decepcionada, cansada porque soy joven y estoy repleta de sueños que debo postergar por tiempo indeterminado, o lo que es peor, resignarlos para no luchar en contra de la corriente. Hace décadas que el ciudadano argentino se preocupa de verdad cuando le tocan el bolsillo, se inquieta cuando se dispara el dólar y los precios vuelan a las nubes en apenas días. Hace años que debemos lidiar con la inestabilidad económica y que el resto de las cosas dependan de ello. Y, como si eso no alcanzara, hace casi un siglo que debemos aceptar la progresiva decadencia cultural que, con los años, crece más y más a la par de la debacle social. Todo se experimenta en medio de ambientes hostiles, violentos (provocados por la misma gente que así se encuentra: violenta y hostil). Todo se mide con la vara del resentimiento y la insanidad moral. Cada vez somos menos las personas que elegimos trabajar internamente para mantenernos limpios de toda intoxicación emocional que lo único que logra es más resentimiento y más competencia entre pares. La desigualdad social es un claro ejemplo de esto; unos se llenan los bolsillos de billetes y chequeras (y de lujos adquiridos para aparentar), mientras que a otros se les escurre lo poco que tienen (material e inmaterial) aunque lo cuiden como a su propia vida. La gente prefiere ciegamente admitir diferencias irreconciliables entre personas y enfrentarse en vez de aceptar que el problema de base es muchísimo más profundo: la mentalidad y la educación, las que perdimos en alguna urna hace unas cuantas décadas o, lo que es peor, nos las fueron robando junto con la dignidad los poderosos e inescrupulosos que simularon manejar el país. Más allá de banderas políticas, los candidatos acaparan votos para salvarse ellos y el pueblo queda al margen de todo. Cada vez es mayor el número de personas trabajadoras, empobrecidas, humildes y cansadas de remar contra la corriente, mientras que cada vez son menos los que más tienen y escalan hacia un estatus social de privilegio. Y así quedarán eternamente enfrentados en distintas veredas. Y así quedará eternamente más enterrada en el olvido la alguna vez existente clase media (que ya casi no logra divisarse). De esta manera no hay más que muchísima más división de clases, desigualdad e injusticia. Y el hartazgo. El cansancio de no saber cómo salir de forma sana de ese lamentable círculo. ¿Dónde están los derechos de los que (dicen) gozamos todos? Que yo sepa, no todos tenemos los mismos derechos. Profesionales (o no) nos vemos imposibilitados a acceder a una casa propia, debemos renunciar al sueño de la familia por no poder mantenerse siquiera una pareja, como para encima pensar en alimentar una boca más, debemos aceptar que nos arrebaten de a poco los sueños más puros y más nobles por sensatez. Eso sí, a quienes no tuvieron educación se les incentiva a construir sobre el fango familias numerosas, lo mismo que a los “burgueses modernos” que jamás sabrán lo que es sentarse con su pareja a hacer cuentas una y otra vez para que los números no se diluyan en el papel. Y yo me pregunto, entonces, ¿hasta cuándo vamos a tolerar que nuestro país continúe “zafando” -como decimos en lunfardo- en medio de crisis, que se llevan puestas a miles de personas cada vez que ocurren y placebos donde se aquietan las aguas para luego volver a sacudirse al cabo de dos o tres años más?

Luego del 2001, se instaló la famosa “década ganada”, como a ellos mismos les gustaba definirse, que concluyendo el 2015 llegó al final de su existencia dejando una grieta irreparable en la sociedad argentina en donde más o menos la cosa se definió -y define- como un partido de football donde “sos de un equipo o del otro” (pero nunca habrá acuerdo, sos de un bando o sos el enemigo) y aún quedan resabios de esa división. Y ahora que ese período es tan inimaginable como la idea de ser potencia mundial, transitamos una nueva crisis cargada de incertidumbre (predecible o no) por una imposibilidad o desinterés en educar a la sociedad para cuidar lo que tenemos sin que nos sigan robando no sólo los sueños, también el dinero y con él la posibilidad de progresar en la vida.

Hoy debemos seguir adelante. No sabemos cómo pero hay que seguir. Hoy no estoy sola, gracias a Dios tengo a un compañero que sigue mis pasos tomándome de la mano. Y yo lo sigo a él donde vaya. Pero los dos sí estamos solos. Solos nos dejó el sistema, solos nos dejó la sociedad porque, como dije antes, la gente está muy preocupada aparentando. O tratando de sobrevivir (al igual que nosotros), mientras tanto el país continua andando en una especie de terapia intensiva de la que resulta muy difícil imaginar salir prontamente. Mientras tanto, como han dicho muchos, “hay que pensar en trabajar para un cambio que no vamos a ver, que quizás ni nuestros hijos lleguen a ver”. Pero, ¿estamos realmente dispuestos a sacrificar nuestro presente por un futuro incierto? ¿Por qué, si la vida es hoy? Mañana no sabemos si estaremos vivos o qué pasará. Además, ¿de qué hijos estoy hablando, si a este paso difícilmente los tenga? Mientras tanto, sólo queda ver pasar por delante de los ojos como algunos, con un poco de suerte (o ayuda) cumplen sus sueños, los mismos que nosotros por ahora no podemos alcanzar, también aceptar que la cultura de este país, sigue en decadencia y mientras no haya nadie despierto capaz de enderezarla éste también va a ser un problema social. Porque no todo es el bolsillo; lo que cansa es no vivir tranquilo, sabiendo que en cualquier momento puede haber un estallido social. Y lo que además entristece es ver cómo cada vez hay más gente (más) ignorante dejándose llevar por esa marea decadente; faltos de educación, faltos de interés en salir adelante y crecer, llevados por una situación que les permite sobrevivir cómodos ya que hacer el esfuerzo por cambiar implica un desgaste -o porque ni siquiera se detienen a pensar en eso, porque no tienen las herramientas para poder reflexionar- entonces es mejor seguir como se está a probar un cambio que los saque de esa comodidad tan vacía, de su zona de confort -aún sin saber que en ella se encuentran-.

Es así que mi país, mi patria, se encuentra a un millón de años de luz de lo que pudiera ser un país civilizado y mientras eso ocurre países civilizados nos miran desde arriba y con recelo por esa distancia cultural y educacional que nos separa. Y así quienes trabajamos y luchamos por superarnos, nos encontramos una y otra vez con obstáculos y trabas que nos impiden avanzar y creer que los sueños -esos que añoramos con el alma y el cuerpo- se nos van a cumplir, lidiando con la violencia que se vive en la opinión pública, en quienes no pueden despertar de ese fanatismo ciego que los impulsa a revolucionar y revolver todo aquello que sienten del lado opuesto de su vereda. Y este es el futuro hostil que dejaremos a las próximas generaciones, que cada vez tendrán más dificultades para progresar y más resentimientos con los que lidiar.

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