Nunca hables con extraños

Le dije que no tuviese miedo de los monstruos y menos de día.

Hace días que no le veo.

No sé si le habré asustado.

Yo sólo quería ser su amigo…

M. L. F.

Lección de humildad

Era verano y como todos los días Carlos se levantaba temprano para prepararse un vaso de leche, eso con suerte si había, cogió su pequeña mochila de la patrulla canina que unos días antes se había encontrado en un cubo de basura, puso una botella de agua y unas cuantas galletas que habían sobrado del día anterior, saludó a su mama que estaba cuidando de su hermanita pequeña y se fue. Él era el hermano mayor aunque solo tenía 9 años, su mama no trabajaba y su papa tampoco aunque salía muy temprano para buscar trabajo y así poder traer a casa algo para comer, pero no todos los días lo conseguía, suerte de su vecina María una mujer mayor que no tenía familia y nos traía comida. Carlos andaba más de una hora hasta poder llegar a la estación de tren, allí se sentaba junto a un banco para pedir algunas monedas y así poder llevar a su casa algo de dinero, cuando estaba pasando por la puerta para entrar su mochila se enganchó y se rompió.

–  Jolin!!! Gritó- enfadado.

Se puso en su sitio intentando a ver si podía arreglar la mochila, pero era imposible, estaba rota, la dejó a un lado y saco una galleta, mientras iba comiendo observaba a la gente, vio a un niño con su papa, que estaba esperando al tren, iba  muy bien vestido con zapatillas nuevas y una mochila como la suya, cuando llegó el tren la gente empezó a subir sin control dando empujones con mucha prisa, el  niño en un descuido se separó de su papa y cayó al suelo, pudo levantarse rápido y subir al tren cuando este se puso en marcha. Carlos que estaba allí vio como la mochila de aquel niño estaba en  el suelo y fue a cogerla, pensando que se la podía quedar, pero no decidió salir corriendo detrás del tren para poder dársela al chico que desde la puerta veía como Carlos intentaba llegar , el tren cada vez iba más y más deprisa y a Carlos le costaba mucho pero en un último esfuerzo empezó a correr con todas sus fuerzas hasta que sus zapatillas no aguantaron más y se rompieron  cayendo al suelo, el niño al ver que Carlos era humilde se quitó sus zapatillas nuevas y se las lanzó para que se quedara con ellas y con su mochila.

Ese día Carlos no pudo conseguir ninguna moneda pero aprendió que siendo buena persona te pueden pasar cosas buenas en la vida.

FRAGMENTO DE MI DIARIO

Paseo en “El Cristo de las Sierras” – Tandil, Buenos Aires

[25 de febrero de 2018]

No sé si es el aire cargado de natural verde o el olor que rebalsa de misticismo en la atmósfera, pero me resulta ineludible el hecho de empañar los ojos con el agua dulce de mi pecho encendido, inflado de la luz de los sueños. Estar allí no se puede descifrar en palabras.

Es como esa mano divina, imponente que se aloja allí.

Es como esa mano que toca el alma de manera elocuente, en caricias de algodón, en nubes de terciopelo. Esas nubes que casi se alcanzan con las manos, de tan bajo que se encuentran. Y es que es mi altar sacrosanto, límpido. No encuentro tanta paz, capacidad de meditación y confesión como al pie de tamaña deidad. Allí los sueños flotan en las piedras escondidas entre los árboles, las hierbas silvestres abundantes, las aves, los caballos y burros habitantes, y las pocas almas humanas que frecuentan el secreto que allí habita.

Ahí no hay pena que no se esfume entre las sierras inmensas y eternas que cohabitan junto a la fauna.

Mi sueño de ayer se cumplió y se adornó de flores al salir a la luz.

Mi sueño de hoy está a salvo en ese santuario de deseos.  El mismo que descansaba junto al sueño de ayer y que ahora queda tan solitario como exclusivo. Está en la carne urgente, latente, se acopla entre los pájaros que sobrevuelan el pedregal, se cuela por los huesos pulidos con el ardor provocado por el sol y se instala en los ojos empañados una vez más, empapados del agua que nace en el pecho traslúcido y recorre las pupilas así como a las pestañas.

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