RELATOS

Cara Veloz

Cara veloz

Como cada sábado, Julián hacía bramar su descapotable azul turquesa por la avenida de la alameda. El aire le golpeaba la cara con furia, mientras su acostumbrada terapia contra la timidez le concedía el honor de ser observado allá por donde pasara, para asombro de transeúntes y envidia de los que no manejan millones.
– ¡Ja! ¡Ja! ¡Jódete, cabrón! – mientras esquivaba vehículos a una velocidad propia de videojuego. Mascullando el riesgo conseguía rebajar un poco los efectos del vodka rojo que había estado tragando con Pedro media hora antes.
– A ver si se van las pavas, tío… – comentaba Pedro entre entusiasmo y nervios.
– ¡Je! ¡je! – pleno de vanidad – En dos minutos estamos en el bar,
¡déjamelo a mí! – alegaba al control de las circunstancias, como diciendo:
¡Tranquilo! Voy a domar a esta bestia… Al final la venceré. No te preocupes.
– ¡No! ¡No! ¡Ese no te lo saltes! – gritó el copiloto, mientras sus
palabras quedaban mudas después de rebotar sin interés en los oídos sordos de un Julián excitado.
La impotencia, con un gesto peculiar en su enfadado labio inferior, acompañaba siempre a Pedro cuando éste lanzaba al viento alguna indicación y no era atendida. Pero la impertinente realidad no era otra que un Julián absorto, abriéndose paso vertiginosamente por el nocturno asfalto de Valencia con su máquina de poder.
– ¡Antes de llegar, follamos! ¡Ja, ja, ja! Con este coche caen todas… ¡Je!
¡Je! – reían borrachos, entre bromas de hombres y chistes machistas.
En ese momento, justo cuando volaban cruzando el puente, emergiendo de la nada en un golpe de luz hipnotizante, una niña de no más de diecisiete años, vestida de cuero sobre la majestuosa montura de una Harley recién comprada, les lanzó de golpe a la vista el gesto internacional de “¡Jódete, cabrón!”, con el puño cerrado y el dedo índice en punta afilada de esmalte camaleónico de mujer provocadora.
– ¡La puta pantera quiere follar! – pronunció Pedro, evidenciando la situación.
Clavó el pedal del acelerador, intentando meterle el pie por el culo, y pisó hasta el fondo. Un rugido animal brotó de su fálica extensión de acero. Y la velocidad campó a sus anchas por el puente.  El viento sobre la cara era el aliento gélido de la motorista culona. Las bocanadas actos de fe ciega por alcanzar a verle el rostro. Los motores gargantas huecas de dragones al servicio humano… Inmersos en semejante desafío, los dos amigos olvidaron el semáforo siempre rojo que hay al final del largo túnel.  Apretaba la palanca de cambios y se sofocaba, mientras Pedro, cómplice callado, restregaba la suya. El casco negro giraba hacia ellos a intervalos estudiados, y los ojos absortos de éstos seguían sin poder acceder a la hermosísima cara de su interior.
– ¿La has visto…? ¡Es fea!  ¡Muy fea! – exclamó. Y empezó a toser.
– ¡Que te ahogas, tío! – intentando calmarle Julián.
En ese instante, un frenazo siniestro lanzó a Pedro contra el limpiaparabrisas, atravesándolo y matándolo contra el suelo. La cabeza aturdida de Julián contemplaba borrosa a una mujer acercándose a ellos, agachándose hasta su rostro y diciendo: “Uno… Me refería a que sólo morirá uno… ¡Esta vez has tenido suerte, capullo! Y, antes de que tuviese tiempo para reaccionar, la mujer se quitó el casco lentamente hasta mostrarse: Un cráneo amarillento de largo cabello, podrido y oloroso como la muerte, miraba a Juan tumbado en el suelo, sangrando inconsciente, entre el rugido aplacado de las fieras de metal, unas botas camperas de piel de serpiente y el destello azulado de su prominente e hipnótico culo de mujer asesina.

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