Caprichos del destino 1.

Como todos los viernes, salgo del trabajo a las tres en punto de la tarde. Hace tres meses, el ministerio del interior me delegó la asistencia social de la penitenciaria y desde entonces tengo un despacho allí. Al principio el edificio me impresionaba, tan lúgubre, de pocas ventanas y todas ellas con barrotes de hierro. Vivir en un lugar así deprimiría hasta al hombre más alegre y optimista del planeta. Por suerte, los presos menos peligrosos tienen a su disposición talleres de rehabilitación social los cuales, además de mantenerles ocupados, también forman parte de un programa de reinserción social.

Un mes más tarde de recibir mi ascenso, pillé al que era mi novio desde hacía dos años enrollándose con otra chica en una fiesta a la que yo no podía asistir por lo ocupada que me tenía el trabajo. Pero, caprichos del destino, terminé pronto y pude pasar por la fiesta. Cuando llegué a la casa de uno de los compañeros de Alberto, mi ex, donde se celebraba la fiesta, fui en su busca y lo encontré en uno de los dormitorios, sin camiseta y besando a otra. A Lorena Ibarra, ni más ni menos. Lorena es una antigua compañera de instituto con la que nunca congenié, de hecho se puede decir que en el instituto éramos rivales, cosas de la adolescencia. Nada más abrir la puerta, ambos se miraron y al verme se separaron el uno del otro con brusquedad. No les dije nada, tan solo di media vuelta y me marché. Alberto corrió detrás de mí, jurándome que no había pasado nada, que solo se habían dado cuatro besos y por culpa del alcohol. Aun así, no me molesté en escucharlo. Puede que solo se hubieran dado cuatro besos, pero solo porque yo les había interrumpido antes de que llegara a pasar algo más.

Entre el estrés de mi nueva responsabilidad laboral y el dolor por la traición de Alberto, llevo dos meses yendo de casa al trabajo y del trabajo a casa. Mis amigos empiezan a desesperarse y a perder la paciencia ante mis constantes negativas y, como ya no me quedaban excusas, les he prometido que hoy me reuniría con ellos en casa de Raúl, donde hemos quedado para cenar y hablar de la celebración de fin de año. ¡Cómo si yo estuviera para celebraciones!

Tras llegar a casa, comer, limpiar y ducharme, me visto y salgo a la calle. He aparcado en frente del portal del edificio, hoy he tenido suerte. Me siento al volante de mi viejo Golf de color azul marino, el pobre sobrevive tras veinte años de existencia gracias a que mi padre, mecánico de profesión, se encarga del mantenimiento.

Raúl vive en la parte alta de la ciudad, en el lujoso barrio de Pedralbes. Concretamente, en una preciosa casa con jardín y piscina con la que deja atónitas a todas las mujeres con las que liga. Según él, es la mejor forma de asegurarse cuál va a ser el final de la noche.

Voy conduciendo por una carretera prácticamente desierta y apenas iluminada cuando un Lexus 4×4 se salta un Stop y hunde el morro en el lateral derecho de mi coche. No es un golpe muy fuerte, pero el impacto hace que el cristal de la ventanilla del copiloto estalle en mil pedazos con la mala suerte que uno de ellos aterriza en mi frente, haciendo un corte superficial pero tremendamente escandaloso, pues la sangre me chorrea literalmente por la mejilla. Las luces del Lexus me ciegan y no puedo ver nada, pero la puerta de mi lado se abre y escucho la voz de un tipo hablando un perfecto castellano con un ligero acento inglés:

–  Señorita, ¿se encuentra bien? No se mueva, voy a llamar a una ambulancia.

–  ¿Qué? – Exclamo nerviosa. – No, no llames a la ambulancia, estoy bien.

–  Pero tiene sangre en la frente, debería verla un médico…

–  Estoy bien. – Le interrumpo histérica. Salgo del coche mientras él se empeña en sujetarme como si me fuera a caer. Rodeo el vehículo comprobando los daños y me llevo las manos a la cabeza cuando veo cómo ha quedado mi coche. – Tu coche tiene el morro destrozado y el lateral de mi coche ha dejado de existir. ¿Es que te han regalado el carné en una tómbola? – Le espeto furiosa. – Oh, dime que tienes carné y los papeles del coche en regla.

–  No se preocupe, lo tengo todo en regla pero si se queda más tranquila podemos llamar a la policía y, a riesgo de parecerle repetitivo, sigo creyendo oportuno que la vea un médico.

Pero, ¿de dónde ha salido este tipo? Definitivamente, es inglés. Un español nunca se ofrecería a llamar a la policía, en todo caso se hubiera dado a la fuga. Hum. Creo que debería empezar a frecuentar a otra gente que no sean solo los presos de la penitenciaria, estoy empezando a pensar como una sociópata.

Observo detenidamente al hombre con el que he chocado. Es un hombre joven, de unos treinta años aproximadamente. Tiene el pelo castaño claro, más largo en la parte de arriba y corto en la zona de la nuca. No es un corte de pelo muy común, al menos aquí, pero le queda muy sexy junto con esos ojos de color castaño oscuro y su piel ligeramente bronceada. Un tipo bastante guapo. ¿Qué estoy pensando? ¿Estoy analizando sexualmente a un tipo que me acaba de embestir con su caro y elegante Lexus 4×4?

–  Estoy bien, de verdad. – Le contesto. – Dame los datos de tu seguro y yo te daré los míos, las aseguradoras ya se pondrán de acuerdo. – Mi móvil empieza a sonar y contesto al ver que es Raúl quién me llama: – Estoy de camino, pero voy a tardar un poco más de lo que imaginaba.

–  ¿Dónde estás? – Quiere saber Raúl.

–  De camino a tu casa, dame media hora, una hora como mucho. – Le ruego.

–  Sara Moreno, si en una hora no estás aquí, iré a buscarte y te traeré de la oreja. ¿Me has oído? – Me amenaza Raúl.

–  Sí, Raúl, te he oído. Si en una hora no estoy allí vendrás a buscarme con los GEOS. – Le respondo burlonamente. – Tengo que colgar, ahora nos vemos. – Cuelgo y al volverme veo que el tipo ha sacado todos los papeles de su coche y está anotando en una libreta todos los datos. – Perdona, pero tenía que contestar o mis amigos empapelarían la ciudad con carteles de “chica desaparecida”.

–  Voy a llamar a un amigo para que venga a buscarnos y la llevaré a dónde quiera que tenga que ir, aunque insisto en que debería verla un médico. – Me dice con su educación inglesa. – Pero, como veo que no va a cambiar de opinión, le he apuntado mi número de teléfono al que le agradecería que llamara si necesita cualquier cosa.

–  De acuerdo, yo también te apunto mis datos y mi teléfono, aunque creo que con el nombre de la compañía, el número de póliza, la marca y modelo del coche y el número de matrícula ya es más que suficiente. – Le digo a modo informativo mientras examino los datos que me ha apuntado en una hoja de su libreta. Jason Muller, así es como se llama. – Y gracias por tu ofrecimiento, pero tengo que quedarme a esperar que llegue la grúa y después llamaré a un taxi, no es necesario que llames a nadie para que me venga a buscar.

Jason Muller asiente cortésmente, pero estoy segura de que está conteniéndose bajo su educación inglesa, porque no deja de apretar los puños y la mandíbula. Las grúas llegan en apenas veinte minutos y yo doy la dirección del taller de mi padre, él se encargará de arreglarlo, si es que puede. Estoy a punto de llamar a un taxi cuando llega un BMW X6 y de él se baja una pareja joven. El amigo de Jason y su mujer, deduzco.

–  Pero, ¿qué ha pasado? – Pregunta el chico observando incrédulo como la grúa se lleva los dos coches.

–  Si aceptas un consejo, yo llevaría a tu amigo a que le dieran unas clases de conducir. – Le digo molesta al recién llegado.

–  Joder, pero si tienes sangre en la frente, ¿estás bien? – Me pregunta la recién llegada.

–  Estoy bien, solo es un corte superficial. – La tranquilizo. Veo la luz verde de un taxi libre que se acerca y le hago una señal con la mano para que se detenga. – Tengo que irme, tienes mis datos, así que las compañías ya se pondrán de acuerdo.

–  Espera, ¿no quieres que te llevemos? – Me pregunta Jason tuteándome por primera vez.

–  No hace falta, gracias. – Le respondo subiéndome al taxi. – Buenas noches.

El taxi me lleva a casa de Raúl en escasos diez minutos.

–  Estaba a punto de salir a buscarte. – Me dice Raúl nada más abrir la puerta y al ver el corte en la frente añade: – ¿Qué coño te ha pasado?

–  Me han dado un golpe con el coche, no sé si mi pequeño Golf volverá a ser el mismo, de hecho creo que voy a tener que cambiar de coche. – Le digo deprimida.

Raúl me hace pasar al salón donde ya están todos sentados. Esther, la hermana de Raúl y mi mejor amiga, con su novio Víctor, y Aitor, el bromista del grupo. Les cuento lo que ha pasado sin darle la mayor importancia, al fin y al cabo no ha sido un accidente grave, al menos no para mí, pero no puedo decir lo mismo de mi coche. He llamado a mi padre para avisarle de que la grúa le llevaba mi coche y le he tranquilizado repitiéndole una y mil veces que estaba bien. Mi padre vive en Sitges, un pueblo a 40km de Barcelona donde se compró una casa con jardín, piscina y garaje y donde también montó su taller mecánico cuando me matriculé en la universidad y alquilé un apartamento con Esther y Raúl. Si no se queda tranquilo, es capaz de coger el coche y venir para verme con sus propios ojos y asegurarse de que estoy bien.

–  Bueno, ¿qué habéis decidido para fin de año? – Les pregunto para cambiar de tema, aunque la idea de salir de fiesta en fin de año no es algo que me alegre.

–  Hemos decidido organizar la cena en mi casa y cuando has llegado estábamos decidiendo dónde salir a celebrarlo. – Me informa Aitor. – Esther quiere que vayamos a una fiesta pija en Gracia, en un local nuevo llamado Crazy’s.

–  Es un pub elegante y bastante privado, el reservado incluye barra libre y son 500€ la noche, nos saldría a 100€ por cabeza y, teniendo en cuenta que en cualquier sitio de mala muerte nos van a cobrar 50€ por entrar y las copas a 10€, por no hablar de las aglomeraciones, creo que es la mejor opción. – Argumenta Esther.

–  Yo opto por el Crazy’s, las pijas me adoran y empezaré el año mojando seguro. – Se pavonea Aitor, en su línea cómo siempre.

–  Aitor, Esther y Víctor votan por ir al Crazy’s, ya son mayoría. – Me dice Raúl. – Aun así, ¿te apetece ir, Sara?

–  Claro, lo pasaremos bien. – Contesto lo más entusiasmada que puedo.

–  Pues decidido, cena de fin de año en mi casa y fiesta en el Crazy’s. – Sentencia Raúl.

Cenamos y bebemos vino entre bromas, como buenos amigos que somos, y por primera vez en dos meses me siento bien, a pesar de que un guapísimo hombre me ha embestido con un 4×4. Me olvido de todo lo malo y vuelvo a ser la que era, una chica risueña y feliz de veinticinco años, aunque solo sea por unas horas.

 

Mi nombre es Rakel,tengo 30 años y vivo en Barcelona.Soy una aficionada a la escritura y la lectura sobre todo de novelas románticas y eróticas.Siempre me ha gustado escribir y en abril de 2013 me animé y cree un blog en Blogger. Los relatos de Rakel. Tras poco más de dos años y medio , inicio una nueva etapa en wordpress.En mi blog podréis encontrar relatos y novelas en las que el amor, el sexo y las aventuras son los protagonistas.¡Gracias por vuestra visita!

3 comentarios en “Caprichos del destino 1.”

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