CANJE

CANJE

 

 

Desde chico se acostumbró a canjear cosas: primero fueron las figuritas que le tocaban repetidas por otras que no tenía y le permitirían ir llenando el álbum de animales salvajes; cuando poseía alguna “difícil” duplicada, el canje mínimo que aceptaba era de tres por esa y escogiéndolas, claro.

 

Fue creciendo y canjeó zapatillas nuevas (que no le gustaban) por shorts y polos que eran perfectos para ir a la playa; canjeó libros, lapiceros y por uno de “tinta mojada” que había sido de su padre, consiguió un reloj con pulsera de metal.

 

Ya en la universidad llegó a canjearle a una chica los apuntes de unas clases a las que había faltado, por vales de la cafetería; en el cambio de dólares vio un negocio y como era una especie de canje, le gustó y comenzó a juntar plata, guardándola, para en un tiempo comprar la moneda gringa (él decía “canjear plata”) para revenderla (insistía: “canjearla”), ganando una diferencia.

 

Amplió el tema y empezó a prestar dinero –por supuesto dólares- a ciertos alumnos  de su centro de estudios, pero también a los más “misios” les prestaba en moneda nacional;

Llegó a tener dinero suficiente para que dos cambistas callejeros trabajaran para él y finalmente abrió una casa de cambios; el título era una promesa olvidada y entre el “canje” y los préstamos su vida fue haciéndose rutinaria y sin sobresalto alguno.

 

Esa mañana quitó como todos los días los candados y metió la llave número uno, le dio vuelta y cuando ponía la segunda llave en la chapa, un hincón en las costillas y un “¡abra rápido, no se voltee!” le hicieron terminar la operación y fue empujado adentro del local; allí entraron con él tres hombres, uno de los cuales tenía una pistola en la mano; con bufandas y gorras ocultaban sus rasgos y supo que lo estaban asaltando.

 

Entonces pensó rápido y les alcanzó un papel y una llave: “¡No me hagan nada!… La plata está en la caja fuerte; en este papel está la combinación y aquí la llave. A la perilla le dan dos vueltas a la izquierda, una a la derecha y siete de nuevo a la izquierda, antes de usar la llave…

 

Mientras el de la pistola no dejaba de apuntarle, los otros dos manipularon, abrieron la caja y sacaron tres maletines que al abrirlos uno por uno, mostraron tener fajos de billetes de diferentes denominaciones;  “¿lo quemo…?” preguntó el de la pistola; “Mejor no, dispárale a la pierna para que no pueda salir; ya tenemos elbille”, ¡vámonos!”, dijo otro.

 

Después pensó que era el canje más importante que había hecho nunca: fueron doscientos mil dólares y un balazo en la pierna que le dolía como el diablo, por su vida.

 

 

 

 

 

Imagen: mundogaturro.com

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