Camino de velas (2 de nov)

Todos tenemos a alguien que de manera formal hoy viene a visitarnos, pero que siempre está a nuestro lado, porque hay amores que son para siempre.

Empecé a andar, sin saber si eras tú quien venía o si yo iba a tu encuentro; atraído por el espeso humo del incienso, de las velas y la mezcla letárgica de las flores brillando en cerca de tu morada.

Perdí la noción del tiempo y de la cordura llenándome de tu mundo etéreo en donde, hoy las almas y los cuerpos podemos volver a unirnos y abrazarnos.

Que confortante fue la caricia que de imprevisto posaste en mi cara, sintiendo de nuevo el perfume antiguo de tus manos y el aliento de tus palabras que llenaba mis oídos cada día mientras habitabas de este lado, junto a mí.

Trescientos sesenta y cinco días pasan, mientras espero estos momentos de tenerte por unos instantes frente e mí, trescientos sesenta y cinco es la sentencia que debo pagar para tenerte de nuevo, tan sólo por escasos segundos; en donde el recuerdo se torna vida de nuevo.

¡Gracias al cielo!

Porque escucho tu voz, me vuelvo a encontrar en tu mirada, comemos y bebemos juntos haciendo una repetición de las largas pláticas que teníamos en la cocina o andando alguna calle de nuestro barrio, tan sólo unos segundos que nos permiten volver a sentir toda una vida.

Porque, igual que antes, sabes lo que pienso y basta tenerte frente a mí para saber que eres mi sostén y mi compañía por siempre.

Vuelve a abrazarme, a besarme y a decirme sin palabras que estarás junto a mí, que bastará que te piense para llegar a mi lado, que me entiendes y que estás velando por mí.

¡Gracias al cielo!

Porque me llevo un poco de ti.

Emprendes tu camino de regreso, allá a tu etérea morada, allá en donde un día nos volveremos a ver.

Y yo, vuelvo a mi realidad, a esa realidad calcitrante y dolorosa en donde no estás presente; esperando el aroma de tu amor, esperando una señal, sabiendo que aunque habitamos mundos diferentes, aún andas a mi lado cada día de mi existencia.

Se acaba el día y para mí sólo queda dejar encendidas las velas como símbolo terrenal de que un día habitaste junto a mí.

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