Buscando a Marta (4ª Entrega)

Buscando a Marta

En aquel mundo, la mujer no es nadie. No vale nada. Marta, por muy europea que sea, no era mejor que otras. Así lo presentía y así se lo hizo saber Fernando, antes de que ella le retorciera el brazo y le golpeara con todas sus fuerzas y conocimiento en la nuca.

Había conseguido llegar a mitad de camino, pero como si de un espejismo se tratara, la civilización nunca llegó y las zancadas que había dado corriendo para alcanzar la libertad, fueron en vano.

Un coche la adelantó y se atravesó, de manera que le cortó el paso automáticamente. Fernando salió del lado del copiloto con una pistola en la mano y cara de muy pocos amigos. Yo había caido rendida al suelo. No hizo falta saber lo que ocurriría. Sentí el golpe seco, me desplomé.

Mientras atravesaban aquella desconocida ciudad a toda velocidad y se adentraban en caminos de tierra que la llevarían lejos de la civilización, comenzó a llorar, en silencio, cerró los ojos y pensó que no había manera de escapar. No supo cuanto tiempo estuvo inconsciente. Debían estar muy lejos del aeropuerto y de cualquier lugar mundano. Todo era árido, tierra y más tierra. Tirarse en marcha de aquel coche, a la velocidad que iba, se le antojaba peligroso e incoherente, allí no había nada ni nadie, por lo que detendrían el coche y la recogerían, aun más herida de lo que estaba. Y no le apetecía, ya no le apetecía seguir recibiendo golpes, ni dejarse caer de un coche en marcha.

Mientras le rodaban las lágrimas por las mejillas, sintió la mirada fija en ella, de Fernando, a través del retrovisor. No entendía nada de lo que decían entre ellos, pero él la miraba llorar y aun así no percibió ni un ápice de sensibilidad, ni solidaridad por lo que ella pudiera sentir.

Era un empleado. Tal vez un matón de tres al cuarto. El encargado de una trama. Cobraría su trabajo y desaparecería, dejándola allí en lo más recóndito del desierto.

Después de varias horas, imprecisas para Marta, pero eternas ya que el terreno y la velocidad la hicieron temer que volcarían en cualquier momento, llegarón a un complejo amurallado, que probablemente desde el cielo abarcaría más de diez mil metros cuadrados.

Se abrió la enorme verja que hacía de valla fronteriza, después de que dos hombres uniformados y con sendas ametralladoras en sus manos, les comprobaran las acreditaciones de Fernando y el conductor. Acto seguido me miraron, pero no mostraron ni sorpresa, ni nada.

Dieron orden de paso y levantaron las siguientes barreras que franqueaban el paso. Demasiada seguridad, pensé.

Al otro lado de la muralla, aquello parecía un pueblo. Casas bajas, blancas, impecables, una seguida de otra, todas predispuestas alrededor de la muralla, una impresionante fuente presidía el centro de lo que fuera dónde estábamos y una gran torre en uno de los lados llamaba la atención por la diferencia de altura con el resto de casas.

Miré hacia atrás, cerrado, y mi único pensamiento fué pensar que habíamos llegado a alguna parte que pertenecía al mundo, pero que era otro mundo.

Al bajar del coche, quise memorizar todo y giré sobre mi misma para poder observar qué gentes eran aquellas que nos observaban. Aunque cada una pareciera que tenía un trabajo allí, yo sabía que me miraban. No podía definir cómo, pero me sentía observada, tremendamente violenta, porque deducía que allí todos sabían qué hacía allí, menos yo.

De una de las casas, la que me pareció aparentemente más grande e impresionante, vi salir dos mujeres vestidas con unas túnicas rosas, que me parecieron preciosas, tanto las prendas, como las propias muchachas.

Sonrientes atravesaron los grandes portones que se iban abriendo como a cámara lenta. Venían directamente a por mi, puesto que fijaron ambas la mirada y me tendieron una de sus manos, cada una. Miré a Fernando, que me sonreía y me asentía con la cabeza que fuera con ellas. Avancé un paso muy poco decidido, pero ellas alcanzaron a llegar a la altura del coche y  saludaron a modo de reverencia a aquel que me había traido hasta allí y esperar su aprobación para tomar mis manos y llevarme con ellas.

Parecía surrealista todo aquello. Pero ahora si que presentía que sería difícil escapar. Todas aquellas gentes pertenecían a ese mundo y nadie me ayudaría. Me dejé llevar por ellas.

Definir que me aterraba entrar a aquella casa hubiera sido mentir. Al traspasar los grandes portones de madera que se cerraron a nuestro paso, comprobé que parecía el paraiso. Tal vez a esto se refería Fernando cuando me decía que mi destino no estaba tan mal.

Escuché mi voz, mientras intentaba almacenar todos mis pasos y el recorrido que iba dando con aquellas muchachas cogiéndome ambas manos, y trasladándome a vete tu a saber dónde.

-Marta, aquí acaba mi trabajo contigo. Has llegado sana y salva, que era mi cometido. Siento haber tenido que emplear la fuerza en alguna ocasión. No me lo has puesto fácil. No volveremos a vernos nunca más. -Me tomó la mano derecha, y yo como abstraida por el momento, me la dejé besar por aquel retorcido personaje que había conseguido traerme hasta este recóndito lugar y ahora decía que me abandonaba. Sin duda, esto era una pesadilla.

Jamás me había sentido atractiva. Jamás había dado muestras claras a ningún hombre de sensación de sed sexual. ¿Quien podría haberse decidido por mi para transportarme a este lugar? ¿Porqué yo? Lloré de nuevo. Tenía claro la respuesta. Fui yo la elegida por que no me buscarían. O porque me buscarían, pero sin demasiada perserverancia.

Patética fue la palabra que en ese momento sentí que me definía.

Y la única cara conocida, la de Fernando, estaba a punto de desaparecer para siempre. Sin saber que idioma hablaban en la maldita casa que simulaba ser el paraiso, ni quien era el pervertido jeque que secuestraba mujeres jóvenes sin apenas familia.

Haciendo ver que escuchaba las palabras de Fernando, me percaté de que había una puerta al final del camino que habíamos realizado, una vez atravesadoslos grandes portones de entrada, le empujé con todas mis fuerzas y volví a correr, directa a aquella puerta, sin saber si estaba abierta, o qué habría detrás, me daba igual, no me van a obligar a nada, no soy una sumisa, aunque muera en el intento, mil veces huiré, y alguna vez lo conseguiré….. corrí y alcancé la puerta.

Asombradas las muchachas y Fernando, no les dió tiempo a reaccionar tan rápido como para alcanzarme. Atravesé aquella puerta que daba a un gran jardín. Flores en Tunez, demasiadas flores….

—————-CONTINUARÁ——————————————–

About Miriam Giménez

Adoro escribir y contar desde mi punto de vista, que la vida es todo lo bonita que nosotros la queramos vivir.

1 comentario en “Buscando a Marta (4ª Entrega)

  1. Aixx, que vuelves a dejarme con ganas de más! Esta Marta no desiste, me gusta que tenga agallas! Espero el siguiente capítulo con ansias, jeje. Besotes, guapa! 😉

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