Buscando a Marta (5ª entrega)

Buscando a Marta

Mientras Aban y su abuela Amal recogían el tenderete que tenían montado, Marta los observaba e intentaba ayudar, o al menos no molestarles. Pareció escuchar jaleo unos puestos más allá, algo que hizo que se asustara y deseara refugiarse para no ser vista.

No sabía hasta qué punto aquellas voces venían en parte por su huida.

Fernando y un par de hombres más, habían estado buscando puesto por puesto y preguntando. No les quedaba mucho espacio hasta llegar a dónde Marta se encontraba. Y aunque ella escuchaba voces y no entendía nada de lo que se decía más allá, estaba petrificada porque cada vez oía más nítida la voz de su secuestrador. Aban comprendió lo que le ocurría a la muchacha, y él que si había entendido las conversaciones que provenían del puesto de un comerciante conocido, la agarró por el brazo y la obligó a subir por unas escaleras al edificio que había detrás del propio puesto de la familia. Era un hogar humilde pero acogedor. Su olor con esas mezclas de aromas lo hacía especial y Aban con su flojo español le dijo que se ocultara en un dormitorio donde un colchón en el suelo y unos libros en una estantería es todo cuánto había. Se acurrucó en una esquina y esperó.

Aban volvió junto a su abuela. Como cada día la estaba ayudando a recoger las artesanías cuando irrumpieron aquellos hombres. Preguntaban por una muchacha europea, morena, estatura media y sacaron una foto para más seguridad. Amal y Aban se miraron, y negaron con la cabeza a Fernando. Fue Aban quien dijo que él acababa de llegar para ayudar a su abuela a recoger y que no había visto a la muchacha. La abuela siguió recogiendo dando por concluida la conversación.

Fernando la observó y le indignó la reacción de la abuela, pero por respeto salió de allí sin decir nada más.

Aban le dijo, en cuanto salieron los hombres de su propiedad, que debió disimular mejor, ya que podían haber comprometido a aquella muchacha que tenían escondida arriba y realmente no sabían qué estaba sucediendo, ni quién era ella.

Amal no quería saber, no necesitaba saber. Simplemente en la mirada de Marta ya vió que necesitaba ayuda y que ella debía ayudarla. No era bruja su abuela, pero como si lo fuera. Siempre actuaba así.

Una vez hubieron dejado todo preparado para el montaje del día siguiente, subieron a descansar, como hicieran cada día. Con la diferencia de que tenían una invitada a la que preparar dónde dormir y hacerle las preguntas pertinentes para poder saber qué hacía ella allí.

Mientras, en España, Juan, el mejor amigo de Marta empezaba a impacientarse por no recibir noticias de ella.

Si bien era una mujer muy indepediente, la amistad  que los unía después de tantos años, hacía que la conociera más que si fueran pareja. No haber recibido noticias de ella, una postal típica dándole mucha envidia, una llamada loca, algo. Le hacía sospechar que ese viaje que su tía le había dicho que estaba emprendiendo en plan retiro espiritual no era real. Volvió a ponerse en contacto con la familia de Marta dos veces más y le dijeron lo mismo en ambas ocasiones.

-No sabemos nada. Ni llamada, ni carta. Nada, Juan. ¿Crees que debemos preocuparnos? .- A lo que Juan respondió que no, que simplemente le extrañaba. Pero en cuanto colgaba el teléfono, él si que se preocupaba porque no era el modo de actuar de su amiga.

Se acercó al piso. Habló con los vecinos. Su buzón estaba repleto de cartas. No había avisado a nadie de que le recogiera el correo. Raro muy raro le pareció aquello.

Llamó a un amigo que tenía policía nacional y le comentó. Pero éste solo pudo ofrecerle que formalizara una denuncia de desaparición y veía poco probable que tomaran en serio la denuncia dado que en cuanto hablaran con la familia y comprobaran la carta, no pensarían más que era un viaje de placer de una chica que había decidido tomarse un tiempo sabático.

Juan se desesperaba y Marta se encontraba muy lejos, pensando también en él y en si la estaría buscando.

Aban le preparó esa misma habitación, donde la había pedido que se ocultara minutos antes, de manera que se sintiera cómoda y le ofrecieron una suculenta cena con platos típicos del lugar. Marta no se dió cuenta del hambre que tenía hasta que le pusieron delante aquellos cuencos. Se puede decir que más bien devoró. Nieto y abuela observaban complacidos de que ella estuviera bien y acogiera con tanta hambre los manjares preparados especialmente para ella.

-Nosotros nunca cenar tanto. Tu parecer que tener mucha hambre.- Le dijo Aban sonriendo.

-Si, muchas gracias. Tenía mucha hambre. A pesar de que el té que me hizo tu abuela esta tarde me ayudó, la verdad es que estaba famélica.- Y alabó de nuevo a Amal a modo de reverencia lo bueno que estaba todo.

Una vez hubieron acabado y recogido la mesa. Aban fue directo al grano.

-Unos hombres preguntar por ti. Con foto tuya. ¿Quién ser tú? ¿Qué hacer aqui en Tunez? ¿De dónde ser?.- Y dejó de preguntar porque su abuela posó una mano sobre la del muchacho, de modo que él comprendió que debía relajarse.

-No quiero causar ningún problema. Me llamo Marta. Soy de Madrid. Un señor me secuestró en mi casa y me trajo hasta aquí obligada. Drogada. No se si me explico. Vine contra mi voluntad. Un palacio. Una muralla a unos kilómetros de aquí. Allí me llevaron desde el aeropuerto. Y observó la reacción de abuela y nieto para ver si la entendían y quería que la entendieran y la ayudaran y a la vez tuvo miedo de que se sintieran amenazados por aquellos hombres qué no sabía que habían podido decirles a aquella familia ni si la entregarían de nuevo a ellos para evitar represalias. Tal vez había hablado demasiado hablando de aquel palació. Qué sabía ella quien era el dueño de aquello y si era un jeque árabe de estos importantes que todos temían y/o respetaban. Prefirió callar y que ellos hablaran.

Amal le dijo algo a su nieto en aquel idioma que a Marta le sonaba a chino.

Amal le ofreció su mano. Marta observando la escena, después de haber cenado como una reina, sintió que se le revolvía el estómago y todo le subía. Pensó que en cualquier momento vomitaría.

El miedo. Los nervios causan eso.

Aban la miró fijamente y se marchó, dejándolas a ambas cara a cara.

A Marta, al cabo de dos segundos, le pareció escuchar el sonido de una moto que se acercaba a toda velocidad….

——- CONTINUARÁ ————————————-

 

About Miriam Giménez

Adoro escribir y contar desde mi punto de vista, que la vida es todo lo bonita que nosotros la queramos vivir.

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