Buscando a Marta

Las sensaciones de Marta fueron correctas cuando presentía que la seguían.

Corrió todo cuanto sus pies le permitieron hasta llegar a su portal, donde al sacar las llaves del bolso, le cayeron al suelo varios objetos y cuánto menos la obligaron a agacharse a recogerlos, con el temor de ser alcanzada por la sombra.

Temblaba toda ella. No podía evitarlo. Intentaba pensar cómo había llegado a encontrarse en aquella situación.

Durante toda la tarde, en el bar de copas que trabajaba había observado a un hombre que parecía no tener prisa por marchar y le extrañó. Normalmente por su local venían los domingo, las mismas personas. Grupos de estudiantes que apuraban la tarde con varias rondas de cerveza, antes de cerrar el local, para dar paso a una semana de exámenes intensa y el vecino de turno que bajaba el perro y aprovechaba para echarse la copita de anis, y sus cinco minutos de relax, lejos de la monotonía de un hogar ya demasiado desgastado.

La presencia de aquel hombre, demasiado mayor para la edad de los que acostumbraba a ver, la angustiaba. Tres horas en la misma posición y observándola. Habló por teléfono con su amigo Juan, que cada domingo se llamaban para acordar una escapada durante la semana, y visitar las tiendas de ropa preferidas de Marta y ponerse al día con sus vidas. No quiso preocuparle, contándole nada. Aunque se arrepintió en cuanto colgó, porque tenía claro que si le explicaba que un tipo llevaba  horas sentado en la esquina de la barra, mirándola descaradamente, no tardaría ni diez minutos en presentarse allí, para acompañarla a casa.

Sintió un golpe seco en la cabeza. Se mareó. Alcanzó a verle la cara antes de que se desmayara. Reconocería sus facciones siempre. Era él.

Dos días horas después despertaba en su propia cama. De fondo sonaba “La Traviata” de Verdi.

Estaba maniatada. Pudo verle sentado en la silla donde ella cada día posaba la ropa del día siguiente. La observaba fijamente, sonreía y ella aun más miedo sentía.

-¡Vaya, vaya, ha despertado la bella durmiente!; dijo con una voz mecánica, que no reconocía en nadie de su entorno. Ese tipo había salido de la nada y estaba en su casa, con ella herida y atada y no la había matado, todavía. Pero solo se le ocurría eso, que la mataría, seguro. Empezó a mirar a todos lados. No le parecía que hubiera nada fuera de lugar. Intentó mostrar osadía, aunque estaba claro que en su mirada se leía de lejos el miedo que sentía.

-Siento haber sido tan descortés contigo, soy un cliente que voy cada domingo, todos y cada uno de los domingos desde hace un año, a tu garito. Y no ha sido hasta hoy que has recalado en mi presencia. Jamás atendiste a mis miradas, siempre era tu compañera quien me atendía y tu no fuiste capaz ni una sóla vez de venir, como dueña que eres, a darme las gracias, por mi fidelidad.

Aquel tipo estaba loco. Cada palabra que soltaba no ayudaba a convencerse de lo contrario. Empecé a llorar. No lo pude evitar. Si quería mostrar valentía, en ese momento me derrumbé y quise zarfarme de las cuerdas que me apretaban tanto que aun más dolor me causaban. Patalear no era posible tampoco, así que desistí rápido de cualquier intento de fuga. El reía con ganas. Le divertía verme sufrir.

-Voy a salir, tu nevera es un desastre. No hay nada que me inspire para hacerte una cena digna de ti. No intentes moverte, es imposible que te desates. Si te tiras al suelo e intentas cortar la cuerda, va a ser peor, lo notaré a mi regreso y no quieras saber lo que te haré. Comportate como una buena chica y no sufrirás más golpes por mi parte. Durante la cena, sabrás el porqué estoy aquí y cuál es tu destino.

Una hora después me llegaba olor desde la cocina, sofrito de tomate, me repugnó al instante. Me debía haber quedado dormida, porque no le había oido llegar

Escuché sus pasos por el pasillo.

-Está bien preciosa, ahora te voy a levantar, no quiero movimientos bruscos, no quiero gritos cuando te quite la mordaza, no intentes nada y no te sucederá nada, intenta gritar, pegarme o incluso huir y te mataré, ¿entendido? -me miraba tan cerca, mientras se explicaba, que pude sentir como mi cuerpo temblaba y me recriminé tanta cobardía.

En el salón estaba la mesa dispuesta para una cena de dos. E incluso aquel capullo había encendido una vela. ¿Pero que se creía aquel degenerado? Me llevó hasta una silla, una vez sentada, me acercó a la mesa y me desató las manos, dejándome atada de pies y con la mordaza puesta.

Él se sentó al otro extremo de la mesa y me ordenó bajarla en cuanto cogió el cuchillo con su mano derecha apuntandome a modo de amenaza.

-Suéltate para comer! Te repito, no intentes nada! Vamos a tener una cena tranquila donde te explicaré el motivo por el cual estoy aquí. Sé que te portarás bien y aunque no lo entiendas, acatarás mis órdenes.

Mientras me quitaba la mordaza, intentaba mover los pies para soltarme, pero me era imposible, estaba tan atada que los tobillos me dolían a rabiar. Moví las manos, para recuperar la fuerza. Bebí un vaso de agua de un trago. Tenía la boca seca, pastosa y aunque hubiera querido gritar, no hubiera salido ni media palabra.

-De momento, come. Te necesito, sin hambre y bien despierta. Veo que has dormido. Así me gusta.

-Eres un enfermo. Esta es mi casa. ¿Crees de verdad que puedo tener hambre? ¿Qué Quieres?

-Directa al grano ehhh!! Te mueres por saber, ¿verdad princesa?

-No me llames princesa, maldito loco!!!

-No te alteres, ni eleves la voz. Te advierto que ni estoy loco, ni tengo ningún problema mental. Pero si me provocas no responderé. Nadie sabe quien soy, nadie sabe que estoy aquí y nadie sabe que tú estás aquí. Aunque vas a estar por poco tiempo. Tu móvil lo tengo yo, no intentes buscarlo. Está apagado. Así que no te puede localizar nadie. ¡Come!!!

Mareando la pasta que aquel desgraciado había preparado, daba vueltas con el tenedor a la comida, llevándome de vez en cuando a la boca un trozo de pan. Pero aun así, me volvió a gritar que no intentara engañarle. No nos sentaríamos a hablar seriamente hasta que no me acabara todo lo del plato. No me lo podía creer. No me entraba nada en el estómago. Aun así comencé a cumplir sus órdenes.

Al cabo de una hora. Interminable. Bochornosa. Con un extraño al otro lado de la mesa observándome. Se dignó a comenzar a explicarme qué estaba sucediendo realmente.

-CONTINUARÁ….

About Miriam Giménez

Adoro escribir y contar desde mi punto de vista, que la vida es todo lo bonita que nosotros la queramos vivir.

2 comentarios en “Buscando a Marta

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