Blanco sobre blanco

 

El paisaje era desoladoramente blanco, y sin embargo seguía guardando entre sus párpados las escenas que allí habían transcurrido pocas veces, pero las suficientes como para permanecer para siempre en su recuerdo.

El clima apenas le había afectado, sólo que algunas veces, pocas todo hay que decirlo, el calor insoportable que surgía a borbotones de pieles afinadas en tan pequeño e inmaculado espacio habría sido capaz de derretir el mismísimo iceberg que hundió al Titanic.  Otras, la frialdad de su soledad la había confinado a ese pequeño paisaje aferrándose a él como si de una cárcel se tratara, refugiada y alejada involuntariamente de un mundo que pugnaba por hacer valer unas leyes en las que nunca creyó, y donde los valores que le habían sido conferidos desde la infancia eran dilapidados uno tras otro sin el menor recato. Poco a poco se hacía casi insoportable el seguir adelante.

Pero una de sus virtudes era la sensibilidad, aunque tal y como andaban los tiempos se había convertido más bien en un inexpugnable defecto, malentendido por los que la rodeaban. Unos por pensar que era tonta, otros por creer que era esclava de un mundo antiguo que era incompatible con todo lo que implicara futuro.

Pasear su mirada por aquel blanco paisaje que era hogar, siempre la reconfortaba. Conseguía que se encontrara con su yo interior y que mantuviera diálogos de reafirmación sobre todo lo que quería seguir conservando a pesar de parecer tener a la humanidad como enemigo en aquella guerra imaginaria.

Cada vez llegaba allí con mayor frecuencia, los intervalos se le hacían más cortos. Los gritos mudos eran apenas perceptibles desde fuera de su propio cuerpo. Su estado era sosegado en cuanto traspasaba esa puerta, de manera casi automática.

Una vez más a solas consigo, una vez más aquella calma chicha infinita en un mar aciago. Entre el sueño y la vigilia sólo su voz interior se le hacía audible. Siempre había estado sola. Nunca nadie la acompañó en los largos períodos que allí pasaba. El tiempo dejaba de correr en los relojes manuales y se amontonaba en los relojes de arena a quién nadie daba la vuelta.

Ese cegador blanco, que ella confundía con un útero materno. A veces con sus sábanas la acogía con ternura y calidez, todo aquello que no encontraba  fuera.

La calma del blanco impoluto, la inmovilidad real de sus brazos, la permanente vigilancia de ese gran hermano que controlaba cada una de sus reacciones a los medicamentos. Y finalmente esas blancas paredes acolchadas que la abrazaban… Otra vez.

@carlaestasola

Madrid 10 de Febrero de 2017 a las 9:38

 

4 comentarios en “Blanco sobre blanco

  1. Un sorprendente retrato de la melancolía, donde la soledad y el aislamiento quedan enjaulados en un oscuro palacio de nubes blancas.Un hermosísimo relato escrito con exquisitez y con el que a much@s no nos resulta difícil identificarnos.Mi más sincera enhorabuena Carla

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