Bajo la luz de la luna 13.

Después de aquella noche de pasión bajo la luz de la luna, Elisabeth y Alan pasaron el domingo junto a Olivia y Marcos. Alan sabía que Elisabeth había salido de Londres porque necesitaba tomarse un tiempo y cambiar de aires, se lo había oído decir a ella misma la primera noche que la conoció, por lo que no quería que se sintiera presionada y echarlo todo a perder. Los dos se comportaron con normalidad y se sonreían con complicidad. A última hora de la tarde, Alan le preguntó a Elisabeth si pensaba regresar al apartamento y ella le respondió que prefería quedarse en la casa, algo que no le gustó demasiado a Alan, pero optó por respetar su decisión.

El lunes Elisabeth se levantó al amanecer. Apenas había dormido en toda la noche pensando en el comunicado que saldría en la prensa y necesitaba salir a correr para despejarse. Estuvo más de dos horas corriendo por la playa y cuando regreso a casa se dio una ducha y llamó a Jason, quería saber a lo que se enfrentaba antes de hablar con su padre.

–  Ya estabas tardando en llamar. – Respondió Jason nada más descolgar.

–  Entonces no me hagas esperar y cuéntamelo ya.

–  Mike ha enviado el comunicado a la prensa, pero no ha enviado el comunicado que habíamos acordado el miércoles. – Empezó a decir Jason. – La buena noticia es que ha preferido enviar un pequeño escrito en el que dice que tras meditarlo mucho habéis decidido dejar la boda a un lado, pero no deja claro que ya no estáis juntos. Creo que tiene la esperanza de que vuelvas con él.

–  Al menos la prensa no se volverá loca buscándome, puede que ni siquiera sepan que estoy fuera del país. – Le dijo Elisabeth.

–  Elisabeth, puede que la noticia llegue a salir en la prensa española, deberías pensar si hay alguien a quien prefieras contar tu historia personalmente o si prefieres que se encargue de ello la prensa. – Le aconsejó Jason.

Durante el resto de la semana, Elisabeth siguió con la misma rutina: se levantaba, se iba a correr, se reunía con Olivia y Marta en la playa, hablaban de sus cosas, comían en el bar de Fernando y pasaban la tarde de compras en el centro comercial para aliviar el calor del verano que se aproximaba. Por la noche, cuando Elisabeth se quedaba a solas en su casa, buscaba en internet las noticias relacionadas con la cancelación de su boda.

Alan llamaba a Elisabeth por teléfono todas las noches, le preguntaba cómo estaba, qué había hecho ese día y le recordaba que había prometido acompañarle el fin de semana al evento que su empresa organizaba. A Elisabeth le gustaba que Alan fuera tan atento y estuviera tan pendiente de ella, pero por otra parte no podía evitar pensar en lo que le había advertido Jason. Tarde o temprano tendría que contarle que había huido de Londres tras romper su compromiso con Mike si no quería que se terminara enterando por la prensa.

El jueves por la tarde, Alan la fue a buscar a casa cuando salió de la oficina y juntos regresaron a la ciudad para salir hacia a los Pirineos al amanecer. Elisabeth estuvo a punto de pedirle a Alan que se quedara a pasar la noche con ella, pero finalmente decidió no hacerlo, era mejor tomarse las cosas con calma. Alan pensó lo mismo, también le apetecía pasar la noche con ella, pero no quería presionarla, intuía que si la presionaba lo más mínimo ella se iría tan rápido como llegó.

El viernes por la mañana, Alan y Elisabeth se levantaron al amanecer y, tras ducharse y vestirse cada uno en su apartamento, se pusieron de acuerdo para desayunar en la cafetería de la esquina antes de subirse al coche y conducir hasta los Pirineos.

–  Pareces nervioso, ¿estás bien? – Preguntó Elisabeth mientras desayunaban.

–  ¿No se supone que eso debería preguntarlo yo?

A partir de aquel momento, ambos se relajaron. Durante el camino que duró casi tres horas, escucharon música y Alan le habló de su trabajo. Era director ejecutivo de una empresa de publicidad internacional, pero con sede en España y presidente español. Por la manera de hablar de su trabajo, sabía que le gustaba y que se llevaba bien con sus compañeros de trabajo, motivo por el que Elisabeth no entendía que estuviera tan tenso, ¿acaso le ocultaba algo? Decidió no pensar en ello, ella también ocultaba muchas cosas. Las únicas que sabían toda la verdad eran Olivia y Marta y estaba segura de que ellas le guardarían su secreto.

–  Ya hemos llegado. – Anunció Alan sacándola de sus pensamientos.

Elisabeth miró por la ventanilla antes de bajarse del coche y se quedó fascinada. Las montañas era frondosas y verdes, incluso se podía ver un poco de nieve en los picos más altos. El hotel estaba situado en medio de un valle rodeado de montañas y era una enorme mansión con una piscina que bien podría ser olímpica. Se bajaron del coche y observaron en silencio aquel hermoso lugar. Sin duda alguna, a Elisabeth lo que más le gustó fue el hermoso paisaje y Alan pareció leerle la mente porque le susurró al oído:

–  Seguro que estás pensando en salir a correr por aquí.

–  Has acertado. – Reconoció Elisabeth sonriendo. – Es un lugar fantástico y me encanta, me alegro de haber venido.

–  Eso no deberías decirlo tan pronto, espera a que llegue el domingo. – Bromeó Alan. Sacó el equipaje de ambos del maletero y rápidamente dos botones del hotel se lo arrebataron de las manos para cargar con las maletas hasta su habitación y, siguiéndoles, agarró a Elisabeth por la cintura y le dijo: – Vamos a ver la habitación.

Una vez llegaron a la puerta de la habitación, Alan les dio un billete de 20€ de propina a los dos hombres y les hizo un gesto para que se retiraran. En cuanto se dieron la vuelta, Alan abrió la puerta de la habitación y dejó que Elisabeth entrara primero para después hacerlo él con las dos maletas que dejó en el pequeño hall y cerró la puerta de nuevo. Elisabeth sonrió al ver aquella suite, solo tenía una enorme cama y eso le facilitaría las cosas si así lo deseaba. Echó un rápido vistazo al amplio baño con jacuzzi y la zona que hacía de salón, con un sofá de tres plazas frente a un televisor de 50 pulgadas, una mesa de café, chimenea, un mueble bar con todo tipo de bebidas alcohólicas y no alcohólicas y un escritorio con una silla.

–  Y bien, ¿qué te parece? – Quiso saber Alan que la observaba divertido mientras ella inspeccionaba cada rincón de la suite.

–  Tenemos sofá, cama, televisor, alcohol y un enorme jacuzzi en el baño, ¿qué más puedo pedir?

–  Puedes pedir compañía. – Le sugirió Alan sonriendo con picardía.

–  ¿Me estás proponiendo un trío? – Preguntó Elisabeth con naturalidad.

–  ¿Qué? ¡No! Quiero decir…

–  ¿Una orgía? – Preguntó Elisabeth con voz y apariencia relajada, tratando de que Alan le dijera de una vez qué era lo que le estaba proponiendo.

–  Me refería a que solo yo sea tu compañía. – Le aclaró Alan y añadió sorprendido: – ¿Cómo has podido pensar en que iba a hacer un trío o una orgía con alguien del trabajo? ¿Te has olvidado de dónde estamos?

–  No sé, me lo has dicho de una manera… – Se defendió Elisabeth encogiéndose de hombros. – Estás demasiado tenso y a la defensiva, ¿estás seguro de que estás bien?

–  No, no estoy bien y menos cuando me vas proponiendo tríos y orgías. – Le respondió Alan un poco molesto.

–  Creo que a los dos nos vendría bien relajarnos un rato en el jacuzzi. – Le dijo Elisabeth sonriendo y arrastrándole del brazo hacia el baño.

Elisabeth abrió los grifos del jacuzzi para que se llenara de agua y empezó a desnudarse frente a Alan que la observaba sin decir nada. Elisabeth le sonrió, se acercó a él vestida tan solo con la ropa interior y comenzó a desabrocharle los botones de la camisa.

–  ¿Vas a conformarte solo conmigo? – Preguntó Alan todavía un poco molesto con Elisabeth pero sin poder rechazar su proposición.

–  Yo no me conformo con nada, tan solo intento conseguir lo que deseo y, en este momento, lo que deseo eres tú. – Le dijo Elisabeth con el semblante serio para que se olvidara del tema.

Alan sonrió, aquellas palabras decían más de lo que pretendían y sabía que solo era cuestión de tiempo que aquella misteriosa chica que tenía delante cayera rendida a sus pies.

Terminaron de desnudarse y se metieron en el jacuzzi. A penas le dio tiempo a entrar cuando Alan la cogió y la sentó a horcajadas sobre él, presionando con su enorme erección la entrepierna de ella mientras la estrechaba entre sus brazos.

Hicieron el amor apasionadamente, se acariciaban, se besaban, se daban pequeños mordiscos de placer y juntos alcanzaron el clímax. Alan sostenía a Elisabeth entre sus brazos mientras recobraba su respiración y, tras besarla con ternura en la frente, le susurró al oído:

–  Vas a volverme loco, pequeña kamikaze.

About Rakel Relatos

Mi nombre es Rakel,tengo 30 años y vivo en Barcelona.Soy una aficionada a la escritura y la lectura sobre todo de novelas románticas y eróticas.Siempre me ha gustado escribir y en abril de 2013 me animé y cree un blog en Blogger. Los relatos de Rakel. Tras poco más de dos años y medio , inicio una nueva etapa en wordpress.En mi blog podréis encontrar relatos y novelas en las que el amor, el sexo y las aventuras son los protagonistas.¡Gracias por vuestra visita!

2 comentarios en “Bajo la luz de la luna 13.

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