Rompiendo sueños

Rompiendo sueños

Princesas, aquellas de tu niñez
resuenan en tu cabeza ahora al  saber
que las campesinas son obreras
qué la vida no es un palacio donde crecer.

Siembra aquel jardín con tus sueños
Semilla has de recoger
Cuando labores  y sepas con tu vida que hacer.

Erase que se era un profundo sueño

un lugar muy lejano

donde  vestía las montañas la luna llena .

Al despertar el alma silencio trémulo

sorprende el alba.

Sin calma alguna hacemos tiempo

 despertamos  viviendo el día

crecemos sin engaño

así es la vida.

Luz.- Febrero 2014

 

Nariz de Payaso

En el bolsillo de mi abrigo encontré una nariz roja, blandita, redonda, de payaso.

Me hizo recordar aquellos días en que mi familia y yo nos sentábamos frente a la televisión.

Creo que eran los sábados por la tarde. Deseamos que llegara el momento. Una hora de risas, caras de asombro y reunión muy familiar.

El sofá del salón de mis padres era de skay color gris, una pequeña mesa de madera en el centro y otra pequeña en una esquina rodeada de 4 sillas, que utilizábamos para comer.

En invierno en casa hacía mucho frío, entonces nos cubríamos con una manta, por supuesto llevábamos puesto el pijama, la bata y los calcetines. ! ¡Madre mía! Aún así intentábamos no tener que salir del salón, evitábamos hasta ir al baño. Era el único sitio razonablemente caliente.

Nuestro querido salón era donde hacíamos vida, y al mismo tiempo servía para unirnos un poco más cada día. Jugábamos a los juegos reunidos, escuchábamos la radio, estudiábamos  y leíamos.  Era nuestro hogar.

La televisión pantalla cuadrada, por supuesto en blanco y negro que de vez en cuando nos daba un sustillo, y al fundirse una lámpara nos dejaba sin entretenimiento.

A Las nueve en punto cada noche mi madre nos mandaba a la cama, en la tele salían unos niños de muchas edades cantando esa canción que casi todos recordareis,  “Vamos a la cama”, que unos años después fuer sustituida por “un globo, dos globos…”.

Pero volvamos al principio,” Los Payasos de la Tele”. ¡Cuantos recuerdos!

Gaby el más serio de todos con su  chaqueta larga de pingüino intentando poner siempre orden en un caos  de risas.

Miliki, siempre se hacía el despistado, el torpe y  Fofo no es que fuera el mejor payaso, era el rey de los payasos, todos los niños estábamos loquitos por él.  Cuando murió lo sentimos de corazón y el mundo del circo se quedo  huérfano.

Como olvidar, aquel saludo  ¿Cómo están ustedes? Nos hacían gritar y gritar y no nos cansábamos nunca.

Tengo una cinta de casete  guardada de recuerdo  con aquellas canciones que sólo ellos sabían cantar:  “El auto de papa”, “Como me pica la nariz”, “Susanita”, “La Gallina Turuleca”, “El reloj de Rufo” o “Había una vez un circo”.

Se los puse a mi niña cuando era pequeñita, y cuando por primera vez la lleve a un circo de verdad, Sabéis lo que me dijo: “Mama esto no es un circo. ¿Dónde están los payasos?”

Ellos transmitían ilusión, alegría, asombro. Eran los embajadores perfectos de la alegría.

Luz.- Enero 2017

 

Voyeur

Tuve frío  anoche en ese hotel mediocre en el que las dietas me permiten pernoctar  después de una larga jornada.

Llovía, la humedad envolvía la habitación  e incluso las sabanas de aquella enorme cama.

Era doble, si, aunque yo reserve una habitación  individual.  Bueno,  el caso es que se colo el frío en mi cuerpo, pero luego me di cuenta de que hacia ya unos meses que estaba asentado en mi ser, en mi mente.

Y sentí por primera vez desde que te dije en voz alta te quiero, miedo a esa soledad que era ya un hecho en mi vida.

Me acurruque en la cama, me tape hasta arriba  y llore como hacia tiempo no podía hacer.

En la soledad de la noche, sin miedo  a despertar a nadie, sin tener que camuflarlo tras una sonrisa. Te llore como nunca lo había hecho, tantas lágrimas  se habían quedado ahogadas en mi garganta,  adosadas en mi mejilla,  aprisionadas en mi almohada,  camufladas bajo la ducha.

Hoy llore y me abrace a esa maldita soledad.  Y después de llorar te recordé y busque ese deseo marchito pero no te sentí.  Ella se ocupó de ello también.  Así somos los humanos. Acabamos con todo aquello  que se impregna en la piel, en nuestro corazón.

Me desperté  con la amarga sensación  de haberte visto por última vez, que estupidez hacia ya siete largos meses que no sabia nada de ti. Aquel día marchaste sin decir adiós, entre las sombras de la noche, y en ellas te fundiste para siempre en un tenebroso mortal silencio que nunca rompiste, como si un juramento de honor hubieras sellado, jamás  osaste , no te preocupo si estaba  viva o muerta.

Cuando deseas a alguien y lo posees ya no tienes ninguna obligación, ya todo se obvia  y se torna olvido.

Una ducha y un café obran milagros. Trabaje duro el día anterior. Una jornada fuera significa más  horas y además  aceptar determinados compromisos aunque no plazca.

Por suerte, termine antes de lo previsto  mi trabajo  y pude dedicar el día siguiente a pasear por esa linda ciudad, donde los árabes  dejaron recuerdos y leyendas.

Tú  también ¡Si! Estuve en tu ciudad  ¿Por qué  no? Tenía amigos y familia allí,  aunque no les visité.

Quería hacer algo distinto. ¡Si!  No te gustará, quería observarte. Esta vez fui yo la que miro y no a través  de una ventana,  algunos momentos de tu vida.

Quería saber que se siente siendo un simple observador de la vida real, no de unas vacuas letras.

Ese lugar donde el culto al cuerpo es arte y al mismo tiempo ego “Toilet de las vanidades” le bautizaste tú. Tuve suerte, no sabia que turno tendrías, pero allí estabas, imposible no reconocerte.

Estabas con un señor explicándole  como debía colocar las manos en las espalderas. No pude avanzar, me retire con rapidez, el corazón  latía a demasiada velocidad.

No encontré placer alguno en volver a verte. Te tuve tan cerca y tan lejos.

Comencé a andar, sin rumbo, aún  recordando cuando de pequeña  iba al aljibe.  Y sin darme cuenta allí  estaba. Y claro en la memoria esas letras  tantas veces leídas  de una historia de amor o de deseo allí ocurrida,  hablaba de princesas, esas que todos sabemos no existen.

Y decidí  volver a casa. Allí quedabas tú. Ahora entendía ese amargor del adiós con que desperté ese día.

No quería ser fisgona, dolía lo mismo que el recuerdo, mejor dejar todo en el cajón obscuro donde algún día, no duela amar.

Y tú al salir hacia tu casa, te giraste,  y te quedaste parado, sentiste mi esencia,  el olor de mi piel azahar y jazmín quedo flotando en el aire en movimiento, esa brisa ligera que rozo tu rostro, sabias que había estado allí, esas cosas que se presienten, no sabe uno bien por que.

Y una sonrisa en mi rostro mientras con mi mano te dije adiós y tú sin saber que hacer te quedaste quieto como si unas pesadas cadenas en tu alma hubieran quedado prendidas.

…Recuerda.

“Si te enamoras de mi llevaras mi alma prendida” aquella leyenda del algibe.

Luz.- Enero 2017

 

 

 

 

 

 

 

 

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