Y de repente tú 2.

Y de repente tú 2.

Sábado, 7 de julio de 2012.

Hoy es nuestro séptimo día en el apartamento. Gina y yo hemos pasado la semana pintando, ella ha pintado su habitación de azul y yo de magenta. El pasillo, el salón, el comedor y el hall los hemos pintado de color gris perla.

Cada noche hemos tenido que cambiar de habitación para poder dormir, el olor a pintura era demasiado cargante como para dormir en una habitación recién pintada. Aunque todavía seguimos sin muebles.

Después de una larga semana de duro trabajo, decidimos ir a tomar unas copas a un bar musical que hay a un par de calles de casa, el Sweet. Nunca hemos estado antes allí, pero el jueves estando en una cafetería, Gina y yo escuchamos a un grupo de chicas decir que era el mejor local de la ciudad, llena de gente joven y con buena música.

–  Mel, no sé qué vestido ponerme. – Escucho a Gina gritar desde su habitación. – ¿El verde o el azul?

–  El azul, me encanta cómo te queda. – Le respondo a gritos para que me oiga.

Toda mi ropa está en unos cajones de plástico que hemos comprado para que no coja polvo. Abro un cajón tras otro hasta dar con mi vestido favorito, un vestido de color rosa suave y con escote palabra de honor con falda de tubo hasta la parte superior de las rodillas. Ese vestido combinado con mis zapatos negros con plataforma de dos centímetros en la parte delantera y un tacón de aguja de diez centímetros me hace sentir como una estrella de cine, es decir, nada más lejos de la realidad.

Me visto rápidamente y entro en el baño para peinarme y maquillarme. Me miro en el espejo y observo mi pelo, no es ni rubio ni moreno, ni rizado ni liso, nada especial. Decido alisarme el pelo con la plancha, confiando en que no llueva y no termine bufado y escardado. El maquillaje no lo medito, siempre termino usando lo mismo: una base suave del mismo tono que mi piel, sombra de ojos de color rosa y dorado, una línea negra en la parte interior del párpado inferior y un poco de rímel negro en las pestañas. Y ya estoy vestida para matar, como dice siempre mi padre bromeando.

–  Gina, ¿estás lista? – Le pregunto saliendo al pasillo. – Creo que deberíamos salir ya, se está haciendo tarde.

–  Ya estoy. – Dice Gina saliendo al pasillo para encontrarse conmigo. Da una vuelta sobre sí misma y me pregunta divertida: – ¿Qué te parezco? ¿Estoy vestida para matar?

Ambas nos echamos a reír, recordando los viejos tiempos en Villasol, cuando éramos dos adolescentes.

Gina está preciosa. Su larga melena rizada de color chocolate se posa sobre sus hombros hasta llegar a la cintura, sus ojos de color marrón oscuro y rasgados le dan un aire exótico y sensual. El vestido azul contrasta con su piel bronceada, haciéndola resaltar.

–  Estás perfecta. – Le digo riendo. – Pero como no nos demos prisa, cerrarán el Sweet y nadie podrá ver lo guapas que nos hemos puesto.

Acto seguido, nos ponemos nuestros respectivos abrigos y cogemos nuestros bolsos, dispuestas a salir y divertirnos toda la noche después de la semana que hemos pasado.

Caminamos un par de calles hasta llegar al local, donde un tipo grande y robusto nos abre la doble puerta para dejarnos pasar. Gina es la primera en entrar, yo la sigo de cerca. Nos dirigimos a la barra más cercana y le pedimos un par de copas a la camarera. Mientras nos sirven las copas, Gina y yo observamos el local y la gente que hay en ella. Está poco iluminado, lo cual contrasta con el blanco de los taburetes, los sofás y las pequeñas mesas auxiliares de la zona chill-out. Las paredes están pintadas de un rojo oscuro, parecido al color de la sangre, y decoradas con algunos retratos en blanco y negro de actores y actrices de cine. Las únicas lámparas que hay están sobre las tres barras de bar que hay en local, la zona chill-out está únicamente iluminada por velas aromáticas y la pista de baile por aparatos de iluminación que llenan la estancia con rayos de colores y destellos de luz.

Hay mucha gente, todos de entre veinte y treinta y cinco años. Hay algunas parejas, pero la mayoría están en grupos de chicas o grupos de chicos, supongo que eso cambiará de aquí a unas horas, cuando se hayan bebido un par de copas.

Pagamos y cogemos nuestras copas, nos dirigimos hacia a la zona chill-out, donde nos sentamos en uno de los sofás que hay libres.

–  Me gusta este sitio, es íntimo y acogedor, pero también es amplio y moderno. – Comenta Gina. – Si te soy sincera, tenía mis dudas sobre el Sweet. He leído por internet que solo vienen snobs y gente con ganas de convertirse en snob, pero la verdad es que yo veo un poco de todo.

–  ¡Qué más da! – Protesto. – Hemos venido a divertirnos.

–  Hablando de diversión, ¿cuándo tienes pensado ir a Villasol? – Me pregunta Gina. – Mi madre está empeñada en que pasemos el verano allí, pero ya le he dicho que primero tenemos que organizar el piso, ni siquiera tenemos muebles.

–  Podemos ir el próximo fin de semana. – Le respondo. – Cuando encarguemos los muebles, tardarán un par de semanas en traérnoslos. Podemos pasar esas dos semanas en Villasol, con todas las comodidades y disfrutando del sol en la playa.

–  Echo de menos la playa. – Me dice Gina con melancolía. – Siempre hemos pasado el mes de julio en Villasol, pero este año es diferente y solo vamos a pasar un par de semanas.

–  Vamos a bailar, últimamente no hay quien te entienda. – Desisto.

Gina lleva un par de semanas de mal humor, melancólica y muy negativa. Espero que una noche en el Sweet la anime un poco, esto está lleno de chicos guapos y a Gina no le pasarán desapercibidos.

Nos abrimos paso entre la multitud hasta llegar a la pista de baile, donde empezamos a bailar al ritmo de la canción “Ni rosas ni juguetes” de Paulina Rubio con Pitbull y hasta que dos horas más tarde terminamos bailando la última canción “Tonight lovin’ you” de Enrique Iglesias. Me encanta esta canción y la bailo como si estuviera sola en mi habitación en vez de en un local lleno de gente y también me atrevo a cantar animada por las copas de más:

“I know you want me

I made it obvious that I want you too

So put it on me

Let’s remove the space between me and you

Now rock your body

Damn I like the way that you move

So give it to me, oh oooohh…

Cause I already know what you wanna do

Here’s the situation

Been to every nation

Nobody’s ever made me feel the way that you do

You know my motivation

Given my reputation

Please excuse me I don’t mean to be rude

But tonight I’m loving you

Oh you know

That tonight I’m loving you

Oh you know

That tonight I’m loving you

Oh you know

That tonight I’m loving you

Oh you know.”

Tan concentrada estoy bailando mi canción que ni siquiera me doy cuenta que hay un escalón a diez centímetros detrás de mí y tropiezo pero, de repente, alguien me sujeta por la cintura impidiendo que me caiga al suelo. Mis manos se agarran automáticamente a los brazos que me sujetan y puedo comprobar que se trata de alguien fuerte y con músculos bien ejercitados. Levanto la vista y observo a mi salvador, un tipo guapísimo, de pelo castaño oscuro más largo de lo que lo suele llevar cualquier hombre que lleve traje como él. Sus ojos de color gris azulado son fríos e indescifrables, sus facciones duras y su piel ligeramente bronceada por el sol le dan un aire de tipo duro que contrasta con su aspecto elegante y serio, pero que le hacen muy atractivo. Demasiado.

–  ¿Estás bien? – Me pregunta con voz ronca y sensual mientras me suelta la cintura despacio para comprobar que me puedo mantener en pie.

–  Sí. – Contesto ruborizándome. ¡Qué vergüenza! – Gracias… y lo siento.

Me doy media vuelta para alejarme de él cuanto antes, pero me agarra con firmeza por la muñeca y, sin cambiar su semblante implacable, me coloca frente a él, acerca sus labios a un centímetro de mi oreja y me susurra al oído:

–  Deberías mirar lo que tienes a tu alrededor antes de ponerte a bailar con los ojos cerrados, no voy a estar siempre para sujetarte antes de que te caigas.

–  Lo tendré en cuenta la próxima vez. – Le respondo sonriendo y añado divertida antes de dar media vuelta y alejarme sin que pueda volver a cogerme: – Y tú deberías pensarte lo de trabajar de escolta, no se te da nada mal.

Salgo disparada hacia la barra de bar donde Gina está apoyada mientras me mira sonriendo maliciosamente, pensando lo que no es.

–  ¿Qué te estaba diciendo? ¿Ha ligado, señorita Milano? – Me pregunta burlonamente. – Venga, no hagas que tenga que someterte a un tercer grado, estoy demasiado borracha.

–  Me he tropezado y él, muy educadamente, me ha cogido al vuelo antes de que mi cara aterrizara en el suelo. Le he dado las gracias y ya está, ni siquiera me ha preguntado mi nombre ni se ha presentado. Está muy bueno, pero me hay algo en él que me intimida. Creo que son sus ojos, son de un profundo gris azulón que te hiela la sangre.

–  Creo que las dos hemos bebido demasiado. – Concluye Gina. – ¿Nos vamos a casa? Soy capaz de dormirme de pie aquí mismo.

Le dedico una sonrisa a Gina y salimos del Sweet más contentas que cuando entramos. Necesitábamos una noche de fiesta para desconectar de todo, llevábamos dos meses sin salir de verdad. Entre los exámenes, la graduación y la mudanza, no hemos tenido tiempo de celebrarlo todo saliendo de fiesta como Dios manda.

Y de repente tú 1.

Domingo, 1 de julio de 2012.

No me lo puedo creer, después de cuatro años en la universidad, compartiendo un estudio con mi mejor amiga Gina, por fin nos hemos graduado. Aún no terminábamos de creérnoslo, pero hoy empezaremos a ser conscientes de nuestra nueva vida.

Gina y yo nunca hemos estado separadas, nos conocemos desde que tenemos uso de razón y siempre hemos estado la una junto a la otra. Supongo que el hecho de que nuestros padres fueran vecinos, amigos y nos matriculasen en el mismo colegio ha tenido mucho que ver.

Cuando acabamos el instituto, ambas buscamos una universidad especializada en las dos carreras que queríamos estudiar, nos negábamos a separarnos. Por suerte, descubrimos la Universidad de Valdemar, una universidad pequeña situada a las afueras de la pintoresca ciudad de Valdemar. Ambas nos matriculamos, Gina en psicología y yo en historia del arte.

Alquilamos un pequeño estudio que pagábamos trabajando a media jornada en el supermercado de Valdemar hasta que, cuatro años más tarde, hemos conseguido graduarnos.

A ambas nos han ofrecido entrevistas para empezar a trabajar, a ella como psicóloga y a mí en varias galerías de arte. Tras estudiar nuestras opciones, decidimos mudarnos a la capital, Lagos.

En Lagos ambas teníamos ofertas de trabajo y si ninguna de esas ofertas salía bien, era una ciudad grande donde poder encontrar trabajo fácilmente.

Con lo poco que hemos ahorrado durante estos años, Gina y yo hemos alquilado un precioso apartamento en el centro de la ciudad. No tiene muchos lujos y apenas está amueblado, pero está totalmente reformado y poco a poco lo iremos amueblando y decorando a nuestro gusto.

El apartamento tiene tres habitaciones y un baño, un salón-comedor y una cocina con barra americana que conecta con el comedor. Todas las paredes están pintadas de blanco, entre la claridad y la falta de muebles, el apartamento es impersonal e insípido, frío. Es como estar en un hospital. Nuestras entrevistas de trabajo no empiezan hasta septiembre, así que tenemos dos meses para decorarlo a nuestro gusto.

En este momento, el salón está invadido por cajas de cartón llenas de libros, ropa, zapatos y demás objetos de uso diario. Las únicas estancias que ahora mismo están habitables son la cocina y el baño, el resto del apartamento está intransitable.

–  Voy a pintar mi habitación de color azul, acabo de decidirlo. – Me dice Gina dejándose caer en el sofá, justo a mi lado. – Estoy agotada y hambrienta, ¿pedimos comida china a domicilio?

–  Sí, yo también estoy hambrienta. – Le respondo mientras estiro el brazo para alcanzar mi teléfono que está en una mesilla. – Abre una botella de vino y sirve dos copas mientras yo llamo para encargar la comida, tenemos que brindar por nuestro nuevo apartamento.

Tras llamar al restaurante chino que hay tres manzanas al norte de nuestro apartamento y pedir lo mismo que pedimos siempre, dos rollitos de primavera, arroz tres delicias, pollo con almendras y ternera con salsa de ostras, Gina y yo nos sentamos en el anticuado y cochambroso sofá para brindar por nuestro nuevo hogar y nuestra nueva ciudad.

–  Me siento como el día en que acabamos el instituto. – Comenta Gina. – Estoy eufórica por emprender una nueva etapa pero también estoy muerta de miedo. Me he pasado los últimos cuatro años estudiando psicología y, ¿si ahora no se me da bien? ¿Qué haré con mi vida? Si después de haber estudiado durante cuatro años una carrera de psicología no encuentro trabajo, ¿de qué viviré?

–  No te pongas dramática, acabamos de graduarnos. – Le digo riendo.

–  No te rías Mel, ¡no tiene gracia! – Me reprocha Gina furiosa. – Toda mi vida he querido ganarme la vida por mis propios medios y méritos, igual que tú. Si no conseguimos mantenernos a nosotras mismas, tendremos que volver a Villasol con nuestros padres, tú tendrás que trabajar con tu padre en su galería y yo tendré que trabajar con el mío en su clínica. – Coge aire para calmarse y continúa: – No quiero tener que regresar a casa de mis padres como una fracasada. Quiero poder montar mi propia clínica, aunque sé que no va a ser fácil ni rápido, quiero poder sentir el orgullo que siente mi padre cuando me explica que él empezó desde abajo y ha conseguido llegar a lo más alto y mantenerse allí.

–  Oh Gina, por favor. – Le ruego. – Mi intención es trabajar para cualquier galería de arte, mientras más grande y reconocida mejor, pero si no lo consigo volveré a casa de mis padres y volveré a intentarlo, una y otra vez y todas las veces que hagan falta. Y ahora, deja de lamentarte por algo que aún no ha sucedido y brinda conmigo por nuestro nuevo apartamento.

–  Por nuestro cochambroso e insípido apartamento, querrás decir.

–  ¡Qué humor! – Protesto indignada. Gina siempre es la positiva de las dos, si ella se hunde, nos hundimos las dos. – ¿Vas a contarme por qué te tiene de ese humor?

–  Hoy no, estoy estropeando la primera noche en nuestro apartamento. – Me dice apesadumbrada. – Es una tontería, ya hablaremos mañana de eso.

–  Cómo quieras, pero anímate un poco. – Llaman al telefonillo de casa y me levanto de un salto. – Voy yo a abrir, hazme hueco en la mesa.

Miro la pantalla del video portero y veo que es un tipo con el uniforme del restaurante chino, pulso el botón de al lado del telefonillo y la puerta del edificio se abre.

Tres minutos después, la puerta del ascensor se abre y sale el mismo tipo, un hombre asiático de unos treinta años, de estatura media, muy delgado y pálido, de aspecto cansado.

–  Buenas noches. – Me saluda con el más típico acento oriental. – Aquí tiene, son diecisiete con noventa.

Le doy un billete de veinte, cojo las bolsas de comida y le digo:

–  Quédese con el cambio. Buenas noches.

Cierro la puerta y me dirijo al salón con las bolsas de comida, que dejo sobre la pequeña mesa auxiliar de madera que hay frente al sofá. Mientras Gina va a la cocina a buscar otra botella de vino y llena nuestras respectivas copas, yo sirvo la comida en los platos.

Una hora más tarde, Gina y yo estamos bastante achispadas y reímos como dos locas.

Recordamos juntas los buenos momentos que hemos pasado y otros no tan buenos. Bromeamos sobre la obsesión de nuestras madres por buscarnos un novio, a su gusto, por supuesto. Cuando nos vamos a dormir sobre los colchones hinchables que tenemos por camas, ya está amaneciendo.

Infiel (III/III).

Nada más aterrizar en Madrid, Sonia fue a su apartamento, el que compartía con Carlos, y dejó allí su maleta aprovechando que a esa hora él todavía estaría en el trabajo. Estaba nerviosa y necesitaba hablar con alguien, así que llamó a su madre y quedó con ella para ir a su casa a almorzar.

–          Cielo, ¿vas a contarme qué te ocurre? – Le preguntó al mismo tiempo que servía un par de copas de vino. – Y no me digas que nada porque es obvio que algo te pasa y estoy segura de que tiene que ver con Carlos.

–          Mamá, me voy a divorciar de Carlos. – Le contestó Sonia. Su madre la miró, le dedicó una tierna sonrisa y la besó en la frente. – ¿No vas a decir nada?

–          Cielo, siempre he respetado y apoyado tus decisiones, pero sabes que siempre he pensado que Carlos no era el adecuado para ti. – Le empezó a decir su madre con un tono de voz suave. – Puedes quedarte a su lado y llevar una vida cómoda con él, o también puedes divorciarte e intentar vivir feliz en lugar de cómodamente.

–          Le pedí el divorcio antes de marcharme a Múnich y quedamos en hablar cuando regresara, pero yo lo tengo claro, mamá. – Le dijo Sonia y confesó: – He conocido a otro hombre, mamá. Un hombre que me hace sentir querida, deseada y amada. Me adora y se preocupa por mí. Por él siento cosas que jamás he sentido por nadie, ni siquiera por Carlos.

–          ¿Desde cuándo estás con ese hombre, Sonia?

La madre de Sonia no era ninguna mojigata, era una mujer moderna que había educado sin tabús a su única hija. Además de una relación madre-hija, también tenían una relación de amistad. Sonia suspiró, sabía que su madre la apoyaría fuese cual fuese su decisión, pero necesitaba que la comprendiera.

–          Desde hace seis meses. Lo conocí durante la reunión de Bruselas, es el nuevo director de la delegación de Múnich.

–          Debe de gustarte mucho para haberte fijado en él teniendo en cuenta que trabajáis para la misma empresa. – Comentó la madre de Sonia. – Y él, ¿siente lo mismo?

–          Dice que no quiere presionarme, pero tampoco puede seguir soportando más esta situación. Me han ofrecido un puesto de dirección en Múnich, trabajaría con él y podría verle cada vez que lo deseara, que es a cada momento, pero también supondría alejarme de Madrid, de mi familia y de mis amigos. – Le confesó Sonia. – Tengo claro que no quiero seguir con Carlos, pero tengo miedo de dejar toda mi vida para ir a Múnich y que todo salga mal.

–          Cielo, si decides irte tu padre y yo te echaremos muchísimo de menos, pero nos lo compensará todo si te vemos feliz. – Le recordó su madre. – Con Carlos no eres feliz, puede que con… ¿Cómo se llama? No me has dicho su nombre.

–          Se llama Bjorn, Bjorn Fischer. – Le contestó Sonia sin poder evitar sonreír al pronunciar su nombre.

–          Puede que con Bjorn encuentres la felicidad, si no te arriesgas nunca lo sabrás.

Tras una larga charla con su madre, Sonia lo tuvo todo más claro. El siguiente paso era hablar con Carlos, así que cuando regresó al apartamento y se lo encontró vacío decidió enviarle un mensaje para reunirse con él: “Estoy en casa. Tenemos que hablar. ¿Vendrás a cenar?” Le dio a la tecla de enviar y, cuando releyó el mensaje se dio cuenta de que era un mensaje frío, muy diferente de los mensajes que se enviaba con Bjorn. Se acordó de Bjorn y sus ojos se humedecieron. Bjorn le había dicho que no la presionaría y esperaría hasta que ella diera la respuesta a la oferta en el puesto de Múnich, pero mientras tanto habían acordado poner un poco de distancia. Sonia necesitaba pensar antes de tomar una decisión y él también necesitaba tiempo para asimilar la decisión que Sonia tomase. Bjorn sabía que existía una gran probabilidad de que Sonia rechazase el puesto en Múnich, su familia y sus amigos estaban en Madrid, por no mencionar a su marido. Habían decidido tomarse un tiempo para aclarar sus ideas y, aunque no habían pasado ni doce horas desde que se despidió de Bjorn, Sonia ya lo echaba de menos.

No tardó en obtener respuesta de Carlos: “Estoy saliendo de la oficina, en media hora estoy en casa.” El mensaje de Carlos también había sido frío y Sonia no pudo evitar pensar en que quizás él también había podido conocer a alguien durante los últimos meses. Desde su pelea antes de viajar a Bruselas, hacía ya seis meses, Carlos y Sonia apenas habían mantenido relaciones. Sonia ni siquiera recordaba la última vez que tuvo sexo con Carlos.

Media hora más tarde, llegó Carlos. El reencuentro fue bastante frío. Ninguno de los dos intentó besar al otro, hacía ya muchos meses que ni siquiera se saludaban con un beso.

–          ¿Cómo ha ido el viaje? – Preguntó Carlos.

–          Bien. ¿Cómo están tus padres?

–          Bien. Te envían recuerdos.

Ambos se sostuvieron la mirada durante unos segundos, había llegado el momento de hablar. Carlos tenía muy claro lo que quería y fue el primero en hablar:

–          Sonia, sé que has tenido una aventura y me da igual. No quiero saber quién es, ni cómo lo conociste, no quiero saber absolutamente nada. Lo único que quiero es que sepas que quiero luchar por nuestro matrimonio y estoy dispuesto a olvidar todo esto. Solo quiero que seamos felices.

–          Carlos, hace mucho tiempo que dejamos de ser felices y que nuestro matrimonio está roto. – Le respondió Sonia. – Esto ya no tiene ningún sentido, estamos juntos por costumbre y comodidad, no porque nos amemos.

–          ¿Es por él? ¿Lo amas? – Le espetó Carlos. – ¿Te has enamorado de tu aventura? ¡No puedes amar a alguien que solo está contigo para divertirse, Sonia! Vas a dejarme a mí, a romper nuestro matrimonio y nuestra futura familia para nada, él te dejará en cuanto te tenga, se cansará de ti y querrás volver.

–          Puede que sea así, pero no tengo nada que perder. – Le respondió Sonia con un hilo de voz, no quería pensar en esa posibilidad. – De cualquier modo, mi felicidad tampoco está contigo, Carlos.

–          ¿Desde cuándo lo ves?

–          ¿Qué más da? No tiene sentido hablar de esto ahora.

–          Si me dejas por otro, al menos quiero saber desde cuándo me estás engañando.

–          Desde hace seis meses, Carlos. – Le respondió Sonia, a esas alturas ya no le iba a mentir.

–          En Bruselas, volviste muy distinta de aquel viaje. – Confirmó Carlos. – ¿Sigues queriendo el divorcio?

–          Sí, quiero el divorcio. – Le confirmó Sonia. – De hecho, también quería hablar contigo para comentarte otro asunto. Me han ofrecido un puesto en Múnich y lo voy a aceptar.

–          ¿Te vas a mudar a Múnich?

–          Así es. – Le confirmó de nuevo. – Hasta que me traslade a Múnich me instalaré en casa de mis padres. Mientras tanto, tú puedes quedarte aquí, pero tendremos que buscarle una solución al apartamento, podemos venderlo o si lo prefieres puedes comprar mi parte.

–          Llamaré al gestor para que envíe a un tasador y compraré tu mitad del apartamento. – Le dijo Carlos.

–          Tengo que trasladarme a Múnich lo antes posible, sé que la situación es y va a ser difícil entre nosotros, pero cuanto antes acabemos con esto será mejor para los dos.

Carlos le aseguró que no pondría ningún impedimento, si aquella relación no se podía salvar a él no le interesaba seguir perdiendo más tiempo. Sonia recogió toda su ropa, algunos objetos personales y de higiene básica y esa misma noche se instaló en la que había sido su habitación cuando era pequeña en casa de sus padres. Le hubiera gustado llamar a Bjorn y contarle todo lo que había hecho respecto a su matrimonio, pero decidió mantener la tregua e irse a descansar, aunque echó de menos muchísimo su mensaje de buenas noches.

Los padres de Sonia la habían apoyado en su decisión desde el primer momento y Sonia lo agradecía, sin el apoyo de sus padres y ahora que tenía que mantener la distancia con Bjorn, no hubiera podido sobrellevarlo.

Durante la primera semana Sonia se esforzó en el trabajo para dejarlo todo listo para cuando su sustituto ocupara su lugar y cuando salía de la de oficina se dirigía al apartamento que había compartido con Carlos para empaquetar sus cosas. Sus padres le habían ofrecido trasladar todas las cajas con sus cosas al garaje para guardarlas mientras organizaba el traslado.

Así se mantuvo ocupada mientras pasaban los días. Ya solo quedaban cuatro semanas para volver a ver a Bjorn, para volver a sentirse entre sus brazos.

El lunes siguiente recibió la visita del presidente de la empresa, que había ido de visita por las oficinas de Madrid con la única intención de hablar con Sonia.

–          Señorita Fernández, ¿podría usted recibirme a pesar de que no he avisado de mi visita?

–          Por supuesto, señor Higgins. – Le respondió Sonia haciéndole un gesto para que pasara al despacho y se sentara. – ¿Desea algo de beber? ¿Un café, un té?

–          No, gracias. Tan solo he venido a hablar contigo, Sonia. ¿Te importa si te tuteo?

–          Claro que no, usted me dirá.

–          Gracias y, por favor, tutéame tú también, Sonia. – Le dijo el señor Higgins. – Todos estamos preocupados por la delegación de Múnich, Bjorn está haciendo un gran trabajo, pero no puede dedicarse a la empresa veinte horas al día de lunes a domingo porque no es humano. Tengo que decirte que cuando le planteamos una co-dirección no se lo tomó muy bien, a pesar de que el único motivo por el que lo ofrecimos era porque verdaderamente hay mucho trabajo que debe derivar, no hay persona humana que pueda soportar semejante carga de trabajo sin terminar quemándose o cayendo enfermo. El caso es que Bjorn se tranquilizó y aceptó de buen grado que tú fueras la candidata para ese puesto. Es un hombre inteligente y muy meticuloso, sé por experiencia que le gusta trabajar solo, sin embargo está abierto a trabajar contigo, lo cual me deja más tranquilo, pues conozco la labor de ambos y son impecables en su trabajo.

–          Ya he tomado una decisión, si es lo que ha venido a buscar. – Le interrumpió Sonia hablando con seguridad. – Quiero aceptar el puesto en Múnich, pero necesito tiempo para reorganizar mi vida antes de mudarme.

–          Tengo entendido que estás casada…

–          Me estoy divorciando, por eso necesito tiempo. – Volvió a interrumpir Sonia. – Necesito arreglar los papeles del divorcio y los papeles del apartamento antes de marcharme, creo que en un par de semanas podré dejarlo todo listo, ya está todo en manos de los abogados.

–          Lamento lo del divorcio y espero que este cambio te ayude a superarlo. – A Michel Higgins no se le había pasado por alto la complicidad que existía entre Bjorn y Sonia y suponía que el divorcio y la decisión de aceptar el puesto había sido probablemente a causa de Bjorn. – Sonia, ¿puedo hacerte una pregunta personal? – Sonia lo miró con desconfianza, temerosa de lo que le fuera a preguntar, pero asintió. – ¿Hay alguna relación entre Bjorn y tú que no sea laboral? – La cara de Sonia debía ser un poema porque Michel le dedicó una sonrisa tranquilizadora y añadió – No hay ningún problema y sé que no es asunto mío, a menos que dicha relación afecte a vuestro trabajo, pero me alegro de que sea así. Sé de buena tinta que a Bjorn le gustas y que durante estas últimas semanas lo está pasando mal. ¿Le has comunicado tu decisión?

–          Todavía no. Bjorn no quería presionarme y acordamos darnos un tiempo para poder pensar en nosotros, en nuestra relación y en el puesto de Múnich. – Le respondió Sonia con nostalgia, echando de menos a Bjorn. – Quiero decírselo personalmente, por eso me gustaría que, hasta entonces, la decisión quedara entre nosotros.

–          No hay ningún problema, pero deberás decírselo antes de la nueva reunión en Múnich, solo quedan tres semanas.

Sonia pasó toda la mañana encerrada en su despacho con Michel Higgins, entre ambos dejaron todo en orden para que su sustituto lo encontrara todo bien redactado y no tuviera ninguna duda sobre los informes. Acordaron que Sonia trabajaría esa semana en la delegación de Madrid y después se tomaría un par de semanas de vacaciones para organizar su traslado a Múnich, aunque no le dijeran a nadie que la decisión ya estaba tomada. Se verían de nuevo en la reunión de Múnich y allí lo harían oficial.

Para cuando Sonia estuvo de vacaciones, el tasador ya había valorado el piso y había firmado con Carlos el contrato de la compra-venta del apartamento, pues Carlos había decidido quedarse con el apartamento. Todo había sido tan rápido que incluso ya le habían hecho la transferencia del dinero a Sonia. Solo quedaba pendiente que le llegara el certificado del divorcio, ambos habían firmado de mutuo acuerdo y en un par de semanas lo recibiría.

Sonia echaba de menos a Bjorn y, tras hablar con sus padres, decidió ir unos días a Múnich para hablar con él y darle la noticia, aprovecharía sus días de vacaciones para estar con él y buscar un apartamento donde vivir cuando se trasladase.

Sonia aterrizó en el aeropuerto de Múnich a las seis de la tarde de un lunes. Sabía la dirección de Bjorn, pero no estaba segura de cómo se tomaría que acudiera allí sin avisarle, al fin y al cabo, era su casa. Decidió llamar a Claudia, la secretaria de Bjorn, y preguntarle si seguía en la oficina.

–          Lo siento, Sonia. – Le dijo Claudia. – El señor Fischer acaba de marcharse. No acostumbra a marcharse tan temprano, siempre es el primero en llegar y el último en irse, pero lleva unas semanas un poco triste.

–          ¿Triste? ¿Le ocurre algo? – Preguntó Sonia preocupada.

–          No lo sé, esta mañana le he preguntado y solo me ha dicho que se trata de un asunto personal que le va a volver loco, apuesto lo que quieras a que ese asunto tiene nombre de mujer. – Bromeó Claudia. – ¿Quieres que le deje algún recado?

–          No, no te preocupes. – Respondió Sonia. – Gracias Claudia, tengo que colgar.

Sonia no se lo pensó dos veces, cogió sus maletas de la cinta transportadora y se subió al primer taxi que vio. Le dio la dirección de casa de Bjorn al taxista y trató de relajarse en el asiento trasero del vehículo.

En ese momento, Bjorn se dirigía a abrir la puerta de casa, sus padres y su hermana habían ido a visitarle y Bjorn se había visto obligado a improvisar una cena para cuatro personas con lo poco que tenía en la nevera. Bjorn era consciente de que sus padres y su hermana estaban allí para apoyarlo y animarlo, pero él quería estar solo, si cerraba los ojos podía recordar todos y cada uno de los momentos que había pasado con Sonia y eso era lo único que le reconfortaba, al menos hasta que ella tomara una decisión. Estaba preocupado, sabía que Sonia le amaba tanto como él la amaba a ella, pero temía que se asustara y se echara atrás, dejándole a él con el corazón partido.

Sonia llegó a casa de Bjorn pasadas las ocho, cuando él y su familia se acababan de sentar a la mesa para cenar. Sonia tuvo la precaución de decirle al taxista que la esperara, por si Bjorn no estaba en casa o no quería recibirla. Llamó al timbre y esperó unos segundos hasta que la puerta se abrió y se encontró con una mujer de su edad, de pelo rubio, ojos azules, y muy atractiva. Sonia se quedó paralizada, no había barajado la posibilidad de que Bjorn tuviera compañía.

–          ¿Quién es, Hannah? – Le preguntó Bjorn a su hermana caminando hacia a la puerta.

Bjorn colocó su brazo alrededor de la cintura de su hermana y se asomó. Se sorprendió al ver a Sonia frente a él y sintió una felicidad que le invadió hasta que la miró a los ojos. Tenía una mirada triste y murmuró:

–          Lo siento, debí de llamar antes de venir…

–          No digas eso, aquí siempre eres y serás bien recibida. – Le dijo Bjorn sosteniéndola del brazo para que no se marchara. Le dio un beso en los labios y le susurró al oído: – Te he echado de menos, nena. – Se volvió hacia a su hermana e hizo las presentaciones oportunas. – Sonia, quiero presentarte a mi hermana Hannah.

–          Encantada de conocerte, Sonia. – La saludó Hannah estrechándole la mano. – Os dejo que habléis y, mientras tanto, iré a poner un plato más en la mesa.

A Sonia no le pasó por alto la mirada que Hannah le lanzó a Bjorn, era una mirada traviesa, pero Sonia no entendió nada.

–          Nena, que conste que no hay nada que desee más que tenerte conmigo pero, ¿qué estás haciendo aquí? – Le preguntó Bjorn.

–          Necesitaba hablar contigo, aunque quizás debería haber llamado antes. – Le respondió Sonia ruborizada. – El señor Higgins me ha dado un par de semanas de vacaciones, hasta que tengamos que reunirnos de nuevo en Múnich.

–          Sonia, mis padres están en casa, habíamos quedado para cenar. – La previno Bjorn. – Sé que te dije que no quería presionarte, pero me gustaría que te quedaras a cenar con nosotros.

Sonia le abrazó, le besó en los labios y le dijo:

–          Mis maletas están en el taxi, acabo de llegar de Madrid, ¿crees que podrás acogerme en tu casa unos días?

–          Mi casa es tu casa, nena.

Bjorn se encargó de sacar el equipaje de Sonia del taxi, dejó las maletas a un lado en el hall y agarró de la mano a Sonia para guiarla al comedor donde sus padres y su hermana les esperaban para cenar. Los tres su pusieron en pie y Bjorn le presento a sus padres. Sonia no necesitaba presentación, pues Bjorn les había hablado de ella y estaban al corriente de la situación y la relación entre ambos.

Bjorn sabía que tenían una conversación pendiente, por ese motivo se apresuró a servir la cena y a despedir a los invitados.

–          Esperamos volver a verte pronto, Sonia. – Le dijo la madre de Bjorn cuando se despedían. – Me gusta ver a mi hijo tan feliz como lo está cuando está contigo.

En cuanto se quedaron a solas, Bjorn cogió las maletas de Sonia para llevarlas a la habitación de invitados, pero Sonia lo detuvo al pasar por la puerta de la habitación de Bjorn y le dijo:

–          Ya he tenido suficiente espacio durante las últimas dos semanas.

Bjorn le dedicó una sonrisa y dejó que Sonia se instalara en la habitación mientras él preparaba la bañera para ambos. Cuando la bañera estuvo lista, Bjorn fue a buscar a Sonia al vestidor, donde se encontraba deshaciendo la maleta, la cogió en brazos y la llevó al baño. La dejó de pie sobre la alfombra y la desnudó antes de desnudarse él. La estrechó entre sus brazos antes de meterse con ella en la bañera, donde continuaron abrazándose hasta que Sonia le dijo:

–          He tomado una decisión.

–          Lo sé, por eso estás aquí. – Le dijo Bjorn poniéndose tenso. – Lo que todavía no tengo claro es si estás aquí para quedarte o para despedirte.

–          Le he pedido el divorcio a Carlos, en dos semanas seré una mujer libre. – Le dijo Sonia para sacarlo de dudas. – Ha comprado mi mitad del apartamento, así que desde que me fui de aquí he vuelto a vivir con mis padres. – Bjorn la estrechó entre sus brazos con fuerza y la besó en la coronilla. – Y también he hablado con el señor Higgins, he aceptado el puesto en Múnich, aunque no será oficial hasta que regrese de vacaciones.

–          Entonces, ¿estás aquí para quedarte? – Quiso asegurarse Bjorn de haberla entendido bien.

–          Estoy aquí para quedarme, te echo demasiado de menos cuando no estás.

–          Te quiero, nena.

Se fundieron en un apasionado beso, se acariciaron cada recoveco de piel, buscando y dándose placer el uno al otro. Bjorn la colocó a horcajadas sobre él y, con una delicadeza y una ternura que no había mostrado antes, le hizo el amor a Sonia.

–          Cariño, no quiero volver a separarme de ti.

–          Me alegra que digas eso porque en dos semanas he de regresar a Madrid y mis padres quieren conocerte.

–          Me encantará acompañarte. – Le aseguró Bjorn cogiéndola en brazos para salir de la bañera. La envolvió en un albornoz mullido y él también se envolvió en otro albornoz antes de cogerla de nuevo en brazos y llevarla a la cama. Sonia se quitó el albornoz y se metió en la cama, Bjorn hizo lo mismo y la estrechó entre sus brazos. – Te quiero, Sonia.

–          Yo también te quiero, Bjorn.

 

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