Caprichos del destino 1.

Como todos los viernes, salgo del trabajo a las tres en punto de la tarde. Hace tres meses, el ministerio del interior me delegó la asistencia social de la penitenciaria y desde entonces tengo un despacho allí. Al principio el edificio me impresionaba, tan lúgubre, de pocas ventanas y todas ellas con barrotes de hierro. Vivir en un lugar así deprimiría hasta al hombre más alegre y optimista del planeta. Por suerte, los presos menos peligrosos tienen a su disposición talleres de rehabilitación social los cuales, además de mantenerles ocupados, también forman parte de un programa de reinserción social.

Un mes más tarde de recibir mi ascenso, pillé al que era mi novio desde hacía dos años enrollándose con otra chica en una fiesta a la que yo no podía asistir por lo ocupada que me tenía el trabajo. Pero, caprichos del destino, terminé pronto y pude pasar por la fiesta. Cuando llegué a la casa de uno de los compañeros de Alberto, mi ex, donde se celebraba la fiesta, fui en su busca y lo encontré en uno de los dormitorios, sin camiseta y besando a otra. A Lorena Ibarra, ni más ni menos. Lorena es una antigua compañera de instituto con la que nunca congenié, de hecho se puede decir que en el instituto éramos rivales, cosas de la adolescencia. Nada más abrir la puerta, ambos se miraron y al verme se separaron el uno del otro con brusquedad. No les dije nada, tan solo di media vuelta y me marché. Alberto corrió detrás de mí, jurándome que no había pasado nada, que solo se habían dado cuatro besos y por culpa del alcohol. Aun así, no me molesté en escucharlo. Puede que solo se hubieran dado cuatro besos, pero solo porque yo les había interrumpido antes de que llegara a pasar algo más.

Entre el estrés de mi nueva responsabilidad laboral y el dolor por la traición de Alberto, llevo dos meses yendo de casa al trabajo y del trabajo a casa. Mis amigos empiezan a desesperarse y a perder la paciencia ante mis constantes negativas y, como ya no me quedaban excusas, les he prometido que hoy me reuniría con ellos en casa de Raúl, donde hemos quedado para cenar y hablar de la celebración de fin de año. ¡Cómo si yo estuviera para celebraciones!

Tras llegar a casa, comer, limpiar y ducharme, me visto y salgo a la calle. He aparcado en frente del portal del edificio, hoy he tenido suerte. Me siento al volante de mi viejo Golf de color azul marino, el pobre sobrevive tras veinte años de existencia gracias a que mi padre, mecánico de profesión, se encarga del mantenimiento.

Raúl vive en la parte alta de la ciudad, en el lujoso barrio de Pedralbes. Concretamente, en una preciosa casa con jardín y piscina con la que deja atónitas a todas las mujeres con las que liga. Según él, es la mejor forma de asegurarse cuál va a ser el final de la noche.

Voy conduciendo por una carretera prácticamente desierta y apenas iluminada cuando un Lexus 4×4 se salta un Stop y hunde el morro en el lateral derecho de mi coche. No es un golpe muy fuerte, pero el impacto hace que el cristal de la ventanilla del copiloto estalle en mil pedazos con la mala suerte que uno de ellos aterriza en mi frente, haciendo un corte superficial pero tremendamente escandaloso, pues la sangre me chorrea literalmente por la mejilla. Las luces del Lexus me ciegan y no puedo ver nada, pero la puerta de mi lado se abre y escucho la voz de un tipo hablando un perfecto castellano con un ligero acento inglés:

–  Señorita, ¿se encuentra bien? No se mueva, voy a llamar a una ambulancia.

–  ¿Qué? – Exclamo nerviosa. – No, no llames a la ambulancia, estoy bien.

–  Pero tiene sangre en la frente, debería verla un médico…

–  Estoy bien. – Le interrumpo histérica. Salgo del coche mientras él se empeña en sujetarme como si me fuera a caer. Rodeo el vehículo comprobando los daños y me llevo las manos a la cabeza cuando veo cómo ha quedado mi coche. – Tu coche tiene el morro destrozado y el lateral de mi coche ha dejado de existir. ¿Es que te han regalado el carné en una tómbola? – Le espeto furiosa. – Oh, dime que tienes carné y los papeles del coche en regla.

–  No se preocupe, lo tengo todo en regla pero si se queda más tranquila podemos llamar a la policía y, a riesgo de parecerle repetitivo, sigo creyendo oportuno que la vea un médico.

Pero, ¿de dónde ha salido este tipo? Definitivamente, es inglés. Un español nunca se ofrecería a llamar a la policía, en todo caso se hubiera dado a la fuga. Hum. Creo que debería empezar a frecuentar a otra gente que no sean solo los presos de la penitenciaria, estoy empezando a pensar como una sociópata.

Observo detenidamente al hombre con el que he chocado. Es un hombre joven, de unos treinta años aproximadamente. Tiene el pelo castaño claro, más largo en la parte de arriba y corto en la zona de la nuca. No es un corte de pelo muy común, al menos aquí, pero le queda muy sexy junto con esos ojos de color castaño oscuro y su piel ligeramente bronceada. Un tipo bastante guapo. ¿Qué estoy pensando? ¿Estoy analizando sexualmente a un tipo que me acaba de embestir con su caro y elegante Lexus 4×4?

–  Estoy bien, de verdad. – Le contesto. – Dame los datos de tu seguro y yo te daré los míos, las aseguradoras ya se pondrán de acuerdo. – Mi móvil empieza a sonar y contesto al ver que es Raúl quién me llama: – Estoy de camino, pero voy a tardar un poco más de lo que imaginaba.

–  ¿Dónde estás? – Quiere saber Raúl.

–  De camino a tu casa, dame media hora, una hora como mucho. – Le ruego.

–  Sara Moreno, si en una hora no estás aquí, iré a buscarte y te traeré de la oreja. ¿Me has oído? – Me amenaza Raúl.

–  Sí, Raúl, te he oído. Si en una hora no estoy allí vendrás a buscarme con los GEOS. – Le respondo burlonamente. – Tengo que colgar, ahora nos vemos. – Cuelgo y al volverme veo que el tipo ha sacado todos los papeles de su coche y está anotando en una libreta todos los datos. – Perdona, pero tenía que contestar o mis amigos empapelarían la ciudad con carteles de “chica desaparecida”.

–  Voy a llamar a un amigo para que venga a buscarnos y la llevaré a dónde quiera que tenga que ir, aunque insisto en que debería verla un médico. – Me dice con su educación inglesa. – Pero, como veo que no va a cambiar de opinión, le he apuntado mi número de teléfono al que le agradecería que llamara si necesita cualquier cosa.

–  De acuerdo, yo también te apunto mis datos y mi teléfono, aunque creo que con el nombre de la compañía, el número de póliza, la marca y modelo del coche y el número de matrícula ya es más que suficiente. – Le digo a modo informativo mientras examino los datos que me ha apuntado en una hoja de su libreta. Jason Muller, así es como se llama. – Y gracias por tu ofrecimiento, pero tengo que quedarme a esperar que llegue la grúa y después llamaré a un taxi, no es necesario que llames a nadie para que me venga a buscar.

Jason Muller asiente cortésmente, pero estoy segura de que está conteniéndose bajo su educación inglesa, porque no deja de apretar los puños y la mandíbula. Las grúas llegan en apenas veinte minutos y yo doy la dirección del taller de mi padre, él se encargará de arreglarlo, si es que puede. Estoy a punto de llamar a un taxi cuando llega un BMW X6 y de él se baja una pareja joven. El amigo de Jason y su mujer, deduzco.

–  Pero, ¿qué ha pasado? – Pregunta el chico observando incrédulo como la grúa se lleva los dos coches.

–  Si aceptas un consejo, yo llevaría a tu amigo a que le dieran unas clases de conducir. – Le digo molesta al recién llegado.

–  Joder, pero si tienes sangre en la frente, ¿estás bien? – Me pregunta la recién llegada.

–  Estoy bien, solo es un corte superficial. – La tranquilizo. Veo la luz verde de un taxi libre que se acerca y le hago una señal con la mano para que se detenga. – Tengo que irme, tienes mis datos, así que las compañías ya se pondrán de acuerdo.

–  Espera, ¿no quieres que te llevemos? – Me pregunta Jason tuteándome por primera vez.

–  No hace falta, gracias. – Le respondo subiéndome al taxi. – Buenas noches.

El taxi me lleva a casa de Raúl en escasos diez minutos.

–  Estaba a punto de salir a buscarte. – Me dice Raúl nada más abrir la puerta y al ver el corte en la frente añade: – ¿Qué coño te ha pasado?

–  Me han dado un golpe con el coche, no sé si mi pequeño Golf volverá a ser el mismo, de hecho creo que voy a tener que cambiar de coche. – Le digo deprimida.

Raúl me hace pasar al salón donde ya están todos sentados. Esther, la hermana de Raúl y mi mejor amiga, con su novio Víctor, y Aitor, el bromista del grupo. Les cuento lo que ha pasado sin darle la mayor importancia, al fin y al cabo no ha sido un accidente grave, al menos no para mí, pero no puedo decir lo mismo de mi coche. He llamado a mi padre para avisarle de que la grúa le llevaba mi coche y le he tranquilizado repitiéndole una y mil veces que estaba bien. Mi padre vive en Sitges, un pueblo a 40km de Barcelona donde se compró una casa con jardín, piscina y garaje y donde también montó su taller mecánico cuando me matriculé en la universidad y alquilé un apartamento con Esther y Raúl. Si no se queda tranquilo, es capaz de coger el coche y venir para verme con sus propios ojos y asegurarse de que estoy bien.

–  Bueno, ¿qué habéis decidido para fin de año? – Les pregunto para cambiar de tema, aunque la idea de salir de fiesta en fin de año no es algo que me alegre.

–  Hemos decidido organizar la cena en mi casa y cuando has llegado estábamos decidiendo dónde salir a celebrarlo. – Me informa Aitor. – Esther quiere que vayamos a una fiesta pija en Gracia, en un local nuevo llamado Crazy’s.

–  Es un pub elegante y bastante privado, el reservado incluye barra libre y son 500€ la noche, nos saldría a 100€ por cabeza y, teniendo en cuenta que en cualquier sitio de mala muerte nos van a cobrar 50€ por entrar y las copas a 10€, por no hablar de las aglomeraciones, creo que es la mejor opción. – Argumenta Esther.

–  Yo opto por el Crazy’s, las pijas me adoran y empezaré el año mojando seguro. – Se pavonea Aitor, en su línea cómo siempre.

–  Aitor, Esther y Víctor votan por ir al Crazy’s, ya son mayoría. – Me dice Raúl. – Aun así, ¿te apetece ir, Sara?

–  Claro, lo pasaremos bien. – Contesto lo más entusiasmada que puedo.

–  Pues decidido, cena de fin de año en mi casa y fiesta en el Crazy’s. – Sentencia Raúl.

Cenamos y bebemos vino entre bromas, como buenos amigos que somos, y por primera vez en dos meses me siento bien, a pesar de que un guapísimo hombre me ha embestido con un 4×4. Me olvido de todo lo malo y vuelvo a ser la que era, una chica risueña y feliz de veinticinco años, aunque solo sea por unas horas.

 

Y de repente tú 21.

Miércoles, 24 de diciembre de 2012.

Nochebuena. El tiempo ha pasado volando y mi relación con Lucas va sobre ruedas, aunque Iceman sigue apareciendo frecuentemente. Mía está recuperada de su desengaño amoroso, entre todos la hemos ido animando y ha vuelto a ser la Mía risueña de siempre.

Gina y Giovanni empezaron su relación a mediados de septiembre, cuando nuestros padres vinieron a visitarnos, y a día de hoy siguen juntos.

Leonor se ha empeñado en organizar una cena de Nochebuena todos juntos y ha invitado a mis padres, a los padres de Gina y a los padres de Giovanni y su hermano Bruno, así que hoy cenaremos todos juntos.

Estoy nerviosa, todo esto está yendo más rápido de lo que yo hubiera deseado y tengo que confesar que estoy empezando a asustarme. Mi madre ya empieza a hablar de planes de boda y lo peor es que Lucas no la contradice, simplemente se limita a decirle a mi madre que primero tiene que convencerme a mí y ella se lo ha tomado al pie de la letra, así que cada vez que me llama por teléfono se pasa la mayor parte del tiempo recordándomelo. Lucas ha sido muy listo en quitársela de encima, pero me ha cargado a mí con toda la responsabilidad. Miedo me da lo que pueda llegar a pasar hoy con tanta casamentera junta. Sí, lo digo por Paola, pero también por Leonor, la cual tiene ganas de que su hijo mayor se case. ¿Qué le pasa a todo el mundo? En fin, creo que todos se han vuelto locos.

–  Cariño, ¿estás lista? – Me pregunta Lucas entrando en el dormitorio. – Gina y Giovanni nos están esperando, iremos juntos en el coche de Giovanni.

–  Dame un segundo para que coja el bolso y nos vamos. – Le respondo.

–  ¿Estás bien? – Me pregunta preocupado, acercándose y alzándome el mentón levemente para mirarme a los ojos: – ¿Por qué estás preocupada? Te has pasado toda la noche dando vueltas en la cama y todo el día nerviosa.

–  Me da miedo juntar a tu madre con la mía. – Le confieso. – Y por si fuera poco, también estará Paola para meter baza. Espero que mi padre me eche un cable.

–  Todo va a salir bien, no te preocupes. – Me dice besándome en la sien.

Llegamos a casa de los Mancini y las piernas me tiemblan. Mis padres y los padres de Gina, que han decidido volver a alojarse en el mismo hotel de la otra vez, han venido en el X6 con Thaison y ya están aquí.

Por supuesto, la invitación de Leonor incluye pasar la noche en su casa y quedarnos a comer en Navidad, a lo que ninguno nos hemos podido negar.

Saludo a Giorgio y Rafaela, los padres de Giovanni, que como siempre se muestran abiertos y simpáticos. Bruno ha cambiado mucho, está más fuerte y atractivo, pero sigue siendo el mismo de siempre, pues nos saluda con un fuerte abrazo y una broma sobre bodas, lo cual a Gina y a mí no nos hace ninguna gracia, pero tratamos de disimular.

Durante la cena todos conversamos animadamente. Para mi sorpresa, todos se han compenetrado a la perfección. Cuando terminamos de cenar, los hombres salen al jardín a fumar y a tomarse una copa mientras nosotras nos quedamos en la cocina, haciendo unos mojitos bajo las órdenes de Mía.

–  Este mojito está divino. – Dice Gina tras probarlo. – Mientras me bebo este me voy a ir preparando otro.

–  ¿Se puede saber qué hacéis que no venís al jardín? – Nos pregunta en tono de reproche Lucas, que acaba de entrar en la cocina.

–  Mía nos está enseñando a hacer mojitos, ¿quieres uno? – Le informa mi madre.

–  No, pero gracias Martina. – Le contesta Lucas con su mirada irresistible. Se vuelve hacia a mí y añade susurrando en mi oído: – Señorita Milano, no tarde demasiado si no quiere que vuelva y la secuestre.

Lucas se marcha dejándome ruborizada y excitada. Por suerte, todas continúan concentradas en preparar su próximo mojito y no se dan cuenta de mi estado.

Continuamos preparando y bebiendo mojitos hasta que nos damos por satisfechas y decidimos salir al jardín con los chicos, que sonríen burlonamente al vernos aparecer.

–  Quiero hacer un brindis. – Dice Fabio. – Por nuestros hijos y por nuestras familias, que puede que dentro de muy poco nuestros hijos se encarguen de unir.

–  ¡Eso sería fantástico! – Exclama mi madre.

–  Siempre y cuando los chicos lo decidan, Martina. – Le recuerda mi padre.

–  Estoy segura de que así será. – Sentencia Leonor.

Tras pasar la noche en el jardín bebiendo mojitos, nos retiramos a nuestras habitaciones. Leonor iba a darme una habitación para mí sola, pero Lucas ha insistido (más que insistir ha exigido) en que yo durmiera con él en su antigua habitación.

–  Cariño, ya sé que habíamos acordado darnos los regalos por la mañana, pero uno de los regalos que tengo preparados prefiero dártelo ahora, en privado. – Me susurra al oído.

–  ¿Quieres que me desnude o prefieres desnudarme tú? – Le pregunto pícaramente.

–  Cariño, estoy hablando de un regalo real, no de sexo. – Me dice besándome en la sien y cogiéndome de la mano para sentarse sobre la cama y colocarme sobre su regazo. – Quiero darte algo y, antes de que digas nada, quiero que lo pienses, ¿de acuerdo?

–  Me estás asustando. – Le confieso.

–  Te quiero, Mel. – Me dice entregándome una cajita de terciopelo negro. – Feliz Navidad.

Lo abro temblorosa sin saber con certeza lo que hay dentro, pero me lo puedo imaginar. Un precioso anillo de oro blanco con un enorme diamante en forma de pentágono en el centro, rodeado por diminutos zafiros.

–  Lucas…

–  Sé qué hace poco que nos conocemos. – Me interrumpe. – Pero ya te dije que tenía muy claro lo que quiero y tú eres lo que quiero. Apareciste de la nada una noche y has estado constantemente en mi cabeza desde entonces. No te pido que te cases conmigo ahora, sólo que lo hagas algún día, cuándo tú estés preparada para hacerlo. Dejarás de ser mi novia para ser mi prometida, hasta que quieras que nos casemos. ¿Qué me dices?

–  Si te digo que sí, ¿no tendremos que casarnos en un futuro próximo? – Le sondeo.

–  Si dices que sí, nos casaremos cuándo tú quieras, dónde tú quieras y cómo tú quieras.

–  Supongo que es una oferta demasiado tentadora como para decir que no. – Le respondo divertida.

–  Ya sabes lo que opina Óscar Wilde, “la mejor manera de librarse de la tentación es caer en ella.”

–  Sí.

–  ¿Sí? – Pregunta confuso.

–  Sí, quiero casarme contigo. – Le respondo.

Lucas se levanta sosteniéndome entre sus brazos, abrazándome y besándome con una euforia y una pasión que jamás le había visto. Ambos reímos hasta que nuestras bocas se encuentran y se funden en un beso apasionado. Las caricias se vuelven cada vez más tórridas y Lucas me deposita suavemente en la cama. Me besa en los labios con ternura y me susurra:

–  Cariño, ahora sí que voy a hacerte ese regalo que tanto deseas.

–  Creo recordar que me prometiste que si un día pasábamos la noche en esta habitación no me dejarías dormir y eso es lo que espero que tengas en mente. – Le digo pícaramente.

 

FIN

 

Y de repente tú 20.

Viernes, 14 de septiembre de 2012.

Cuando dan las tres en punto de la tarde, me despido de Álvaro y salgo a la calle donde Thaison, como lleva haciendo desde hace dos semanas, me espera para llevarme a casa de Lucas. Thaison es el escolta personal de Lucas, un tipo que mide cerca de los dos metros y cuyos bíceps tienen el mismo tamaño que mi cabeza. Es bastante atractivo, pero es muy serio y poco hablador, siempre me trata de señorita Milano y nunca le he visto sonreír. El caso es que Lucas dice que así es cómo debe ser un escolta y no me extraña, se podría decir que son tal para cual. Saludo con la cabeza a Thaison y justo cuando estoy entrando al BMW X6 que Lucas ha puesto a mi disposición (siempre y cuando conduzca Thaison, por supuesto), mi teléfono móvil empieza a sonar. Después de la fiesta de los Mancini y que mi cara saliera en la prensa de todo el país, tuve que cambiar de número de teléfono, pues no sé cómo media ciudad se hizo con mi número de teléfono, el caso es que tuve que cambiarlo y sólo he dado el número nuevo a mis padres, los padres de Gina, a Gina, Giovanni y Lucas, obviamente, a la madre y a la hermana de Lucas y a Gonzalo. Contesto sin mirar en la pantalla quién es el emisor, no me hace falta saberlo:

–  Acabo de salir ahora mismo, ya voy para casa.

–  Mel, soy Mia.

–  Oh, Mía perdona. Pensé que sería Lucas. – Me disculpo. – ¿Cómo estás?

–  Necesito hablar contigo, ¿podemos comer juntas? Sé que esta tarde vienen tus padres y estarás ocupada, pero prometo no robarte mucho tiempo. – Me dice nerviosa.

–  Mía, ¿qué ocurre? ¿Estás bien? – Le pregunto preocupada. – Dime dónde estás y voy a buscarte.

–  Estoy en el Bistro, ¿lo conoces?

–  Sí y estoy bastante cerca, tardo cinco minutos. – Le digo antes de colgar. Me inclino hacia adelante y le digo a Thaison: – Thaison por favor, ¿puedes llevarme al Bistro?

–  El señor Mancini me ha dicho que la lleve directamente a casa, señorita Milano.

–  Llévame al Bistro, Thaison. – Le ordeno. – Yo me encargo del señor Mancini.

Thaison me obedece, pero no sin antes ladear la cabeza en señal de desaprobación. Para Thaison lo que diga Lucas va a misa, como para a la mayoría de los humanos. Ignoro la mirada de advertencia que me lanza Thaison y decido enviarle un mensaje a Lucas, así no tengo que enfrentarme a él directamente, al menos no de momento. Le escribo algo breve y sencillo, únicamente informándole que voy a comer con Mía al Bistro y después iré a su casa para ir a buscar a mis padres al aeropuerto.

Cinco minutos más tarde, entro en el Bistro y uno de los camareros me acompaña amablemente a una mesa apartada del resto de mesas donde Mía está sentada. La saludo con un fuerte abrazo al ver que tiene los ojos hinchados de tanto llorar.

–  Mía, ¿qué ha pasado? – Le pregunto sentándome a su lado. – ¿Quieres hablar de ello?

–  Acabo de enterarme de que el chico del que llevo toda mi vida enamorada y con el que llevo un par de meses saliendo me ha engañado con mi mejor amiga. – Logra decirme entre sollozos. – ¿Cómo es posible que me hayan hecho algo así? Sobre todo Ruth, que ha sido mi mejor amiga desde la guardería y sabía lo que siento por él.

–  Ahora te sientes mal y estás destrozada, pero cuando logres superarlo agradecerás que todo esto haya pasado, de otra manera le hubieras dedicado tu vida a un idiota. – Intento animarla. – Respecto a tu amiga Ruth, quizás no es la amiga que imaginabas.

–  Es mi única amiga de verdad, el resto son chicas a las que conozco por coincidir en bares o discotecas, no son amigas. – Se lamenta Mía. – Me he quedado sin novio y sin amiga. Siento haberte llamado, supongo que tendrás mejores cosas qué hacer y más importantes.

–  No tenía nada importante qué hacer y, si lo hubiera tenido hubiera venido igualmente, Mía. – Le digo abrazándola de nuevo. – Sé lo que es tener el corazón roto y puedes contar conmigo para lo que quieras, sea la hora que sea, ¿de acuerdo? De momento, vamos a comer un poco.

Mía y yo nos quedamos charlando en el Bistro hasta que a las cinco en punto de la tarde, aparece Lucas acompañado por uno de los camareros. Mía me ha pedido que no le cuenta nada a nadie, ni siquiera a Lucas, lo cual a mí me va a complicar un poco las cosas, pero no me importa.

–  Creo que has olvidado que tenemos que ir a buscar a tus padres al aeropuerto. – Me reprocha Lucas furioso, con su mirada de Iceman. – Gina y Giovanni ya han salido para allí.

–  ¡Es tardísimo! – Exclamo al mirar mi reloj. – Mía, ¿te apetece acompañarnos? Después cenaremos todos juntos.

–  No quiero molestar…

–  No molestas, todo lo contrario. – La interrumpo. – Venga, que no llegamos.

Le doy un beso en los labios a Lucas y le sonrío, pero con todo y eso su cara de Iceman no desaparece del todo.

Llegamos al aeropuerto con el tiempo justo. Nos unimos a Gina y Giovanni cuando mis padres y los padres de Gina salen por la puerta de llegadas. Nada más vernos, sus sonrisas salen a la luz y también las nuestras.

–  ¡Estáis guapísimas, cómo siempre! – Nos dice Paola.

–  ¡Mel, no me puedo creer que tuvieras escondido a semejante muchacho! Pero si es guapísimo. – Dice mi madre abrazándome a mí y mirando a Lucas, al que saluda acto seguido: – Lucas, encantada de conocerte personalmente.

–  Lo mismo digo, señora Milano. – Le responde Lucas con su sonrisa irresistible.

–  Por favor, llámame Martina. – Le dice mi madre riendo tontamente. Afortunadamente, mi madre continúa saludando a Gina y Giovanni.

–  Pequeña, ¿cómo va todo por aquí? – Me pregunta mi padre abrazándome. – ¿Se están portando bien contigo o tengo que matar a alguien? – Añade mirando a Lucas.

Mi padre es el mejor padre del mundo, lo cual no quiere decir que sea el mejor suegro del mundo. Para él, como para cualquier padre, no hay nadie lo suficientemente bueno para su hija.

–  De momento, no puedo quejarme. – Le digo guiñándole un ojo divertida. – Papá, quiero presentarte a Lucas. Y ella es Mía, la hermana de Lucas.

–  Encantado de conocerlo, señor Milano. – Le saluda Iceman tendiéndole la mano.

–  Igualmente. – Le responde mi padre. Se vuelve hacia a Mía y le dice: – Encantado de conocerla, señorita.

–  Igualmente. – Responde Mía volviendo a ser la chica risueña que acostumbra a ser. – Toda la familia estábamos deseando conocerle.

–  Mía, ella es mi madre, Martina. Y ellos son Enrico y Paola, los padres de Gina. – Hago las presentaciones oportunas.

Giovanni conoce de sobras a nuestras familias, así que ya ha saludado a todo el mundo. Yo termino de saludar a Enrico y Paola mientras Gina saluda a mi padre y mi madre monopoliza a Lucas. No quiero saber de qué estarán hablando esos dos.

Lucas les ofrece a mis padres que vayan en el coche con Thaison y conmigo mientras Mía se va con él y los padres de Gina y Gina se van en el coche con Giovanni.

Les acompañamos hasta el hotel, pues ninguno de ellos ha consentido quedarse en nuestro apartamento. Según ellos porque no quieren molestarnos, aunque Gina y yo sospechamos que rechazan nuestra oferta porque prefieren irse a un hotel con mayor comodidad y no se lo reprochamos.

Tras acomodarse en la habitación, nos reunimos en el restaurante del hotel donde decidimos cenar todos juntos. Me siento y mi madre se sienta a mi izquierda, así que Lucas se sienta a mi derecha. Mía se sienta al lado de Lucas, seguida de Giovanni, Gina, Paola, Enrico y mi padre, que cierra el círculo junto a mi madre. Los nueve sentados alrededor de una mesa y cenando, como si formáramos una única familia. Mi madre y Paola están encantadas, pero mi padre y Enrico parecen un poco incómodos. Charlamos alegremente, si se puede llamar a eso que mi madre se dedique a interrogar a Lucas y Paola a presionar a Gina para que se eche un novio, a lo que Gina le responde como siempre, poniendo los ojos en blanco. Después de cenar, nuestros padres deciden irse a descansar y nosotros también nos vamos a casa.

Una vez en casa, Gina abre un par de botellas de vino alegando que necesita beber un poco para poder soportar a su madre y sus sermones para que se eche un novio ya porque quiere ser abuela antes de morirse, aunque Gina solo tenga veintitrés años.

–  Le puedes decir que tu novio es Giovanni, así dejará de darte la lata. – Le sugiero divertida.

Giovanni me mira emocionado, aunque solo sea por un rato, se podrá comportar como el novio de Gina, lo que más desea en el mundo. Gina me ha confesado que está empezando a sentir muchas cosas por Giovanni, pero dice que es demasiado pronto y que aún está confundida, así que no quiere dar ningún paso para después arrepentirse. Giovanni por su parte se está mostrando paciente y atento, así que tarde o temprano entre esos dos pasará algo.

–  Pues no es una mala idea. – Opina Gina mirando a Giovanni esperanzada.

–  No, de eso nada. – Le dice Giovanni a Gina sonriendo maliciosamente. – No pienso mentir a tus padres porque ya sabes que las mentiras no van conmigo.

–  Oh, vamos Giovanni. – Le ruega Gina. – Te prometo que les diré que no es nada serio, que nos estamos conociendo, así no se sorprenderán si luego descubren que no estamos juntos. ¿Qué tengo que hacer para que me ayudes?

–  Para ayudarte, tendría que ser verdad que somos novios, así yo no tendría que mentir. – Le dice Giovanni que, según parece, ya ha agotado toda su paciencia. – ¿Qué me dices, Gina?

Todos nos quedamos en silencio, esperando oír la respuesta de Gina, pero Gina se ha quedado muda.

–  Me tomaré eso como un no. – Dice Giovanni finalmente.

–  No, espera. – Dice Gina con un hilo de voz. – Giovanni… ¿Podemos hablar de esto a solas en la terraza? – Coge una botella de vino y añade antes de dirigirse a la terraza: – Me llevo esta botella para mí sola, esta noche la voy a necesitar.

Giovanni se levanta y camina detrás de Gina hasta que ambos desaparecen por la puerta que da acceso a la terraza. Mía también se levanta y empieza a despedirse:

–  Yo me voy ya, que estoy cansada y vosotros querréis estar un rato a solas.

–  Gina, tenemos un sofá-cama en la otra habitación, ¿quieres quedarte a dormir? – Le propongo consciente del estado de ánimo de Mía. – Mañana vamos a pasar el día en las tiendas de Lagos, puedes venirte con nosotras y después te llevamos a casa, ¿qué te parece?

–  Eres muy amable, Mel, pero no quiero molestar.

–  No es ninguna molestia, te quedas. – Sentencio. – Voy a prepararte la cama.

Me levanto decidida a preparar la habitación de invitados para Mía cuando Lucas me agarra del brazo y, haciéndose el ofendido, me pregunta:

–  ¿Debo irme a mi casa o a mí también me vas a invitar?

–  No tenía pensado invitarte porque ya daba por hecho que te quedabas, a menos que prefieras marcharte, claro. – Le respondo burlonamente. – Aunque, si esperabas que te diera la habitación de invitados, me parece que tenemos un problema.

–  Oh, por favor. – Protesta Mía divertida. – Deja, ya me preparo yo la cama. No soporto escuchar vuestras indirectas sexuales.

Mía desaparece hacia a la habitación de invitados y Lucas y yo entramos en nuestra habitación. Minutos después, escuchamos los pasos de Gina y Giovanni que se meten en la habitación de Gina. Me parece que finalmente Giovanni se ha salido con la suya.

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