Y de repente tú 10.

Jueves, 9 de agosto de 2012.

Cuando Giovanni regresa del trabajo, decido actuar. Llevo dos días encerrada con Gina en casa de Giovanni y ya no puedo más. Gina ha estado entrando y saliendo con Giovanni con la excusa de ir a casa a por ropa y demás enseres necesarios, pero a mí me tienen en clausura. Según Gonzalo, hasta que confirmen que la mafia sureña ha abandonado el país, lo mejor es que me quede aquí y procure no salir a la calle, cosa que Gina y Giovanni se han tomado al pie de la letra.

Por si fuera poco, no he visto a Lucas desde el martes, cuando se marchó sin despedirse de mí tras traerme a casa de Giovanni. Llevo dos días viviendo en frente de su casa y ni siquiera ha venido a verme. Giovanni no me ha dicho nada sobre Lucas y yo tampoco he querido preguntar, aunque me muero de ganas por verlo.

Pero de esta noche no pasa, tengo que aclarar con Lucas todo esto, al fin y al cabo él me ha estado ayudando. Aunque cabe la posibilidad que al escuchar mi historia haya decidido alejarse, sería lo más sensato en su situación.

–  ¿Qué tal el día, chicas? – Nos pregunta Giovanni nada más entrar en casa.

–  Aburridas. – Contesta Gina. – Y tengo antojo de comida japonesa, ¿no podemos ir a cenar a un japonés? En plan rápido, solo esta noche.

–  No, Gonzalo ha sido bastante claro: Mel no puede salir a la calle. – Responde Giovanni.

–  Yo no puedo, pero vosotros sí. – Le digo sonriendo. Sé que a ambos les encantará salir juntos a cenar y yo necesito un poco de vía libre. – Id vosotros a cenar, yo estaré bien.

–  ¿Estás segura? – Me pregunta Gina. – No me hace gracia que te quedes sola.

–  Estaré bien, coge el bolso y largaros, venga. – Les apresuro.

–  Voy a cambiarme de ropa, tardo dos minutos. – Dice Gina.

–  Eso quiere decir media hora. – Murmura Giovanni sacando un par de cervezas de la nevera y ofreciéndome una. – ¿Has tenido noticias de Gonzalo?

– Sí, ha llamado esta mañana y hace un rato. Cree que cómo mucho estarán en el país una semana más, así que vas a tener inquilinas unos días más. – Bromeo.

–  Estoy encantado teniendo inquilinas. – Me contesta Giovanni sonriendo para acto seguido preguntarme socarronamente:- ¿No quieres preguntarme nada?

–  ¿Qué pasa con Lucas? ¿Está enfadado conmigo? ¿Ha pensado en todo lo que le conté y no quiere saber nada de mí? – Le pregunto sin contenerme.

–  Eso deberías preguntárselo a él.

–  Se fue sin despedirse y no he sabido nada más de él, ¿qué se supone que tengo que hacer?

–  Vive en el apartamento de en frente, solo tienes que cruzar el rellano. – Me dice con tono burlón y le da un trago a su cerveza antes de añadir: – Ahora mismo está en su apartamento, ¿por qué no vas a verle?

–  A lo mejor ha quedado con alguien.

–  Lucas no lleva chicas a casa, es su regla número dos.

–  ¿Y cuál es la regla número uno?

–  No llevar a una chica a casa de sus padres.

–  Quizás debería mandarle un mensaje y decirle que quiero hablar con él. – Propongo.

–  Como quieras, pero si quieres un consejo, es mejor que vayas tú a buscarle.

Gina aparece en el salón lista para salir a cenar y ambos se despiden de mí. Por supuesto, Giovanni me recuerda que solo estoy autorizada a salir del apartamento para ir al apartamento de Lucas.

Voy al baño antes de salir y me peino un poco. Me miro en el espejo consciente que no voy muy bien vestida, un short tejano y una camiseta blanca de algodón con tirantes cruzados por detrás, pero no me cambio de ropa, no quiero que piense que me he arreglado para él.

Media hora más tarde, me armo de valor y salgo al rellano decidida a llamar al timbre del apartamento de Lucas. Me paro frente a su puerta y noto como las piernas empiezan a flaquearme, estoy un poco nerviosa y presiono el botón del timbre con el dedo índice antes de perder el valor y salir corriendo. En pocos segundos, la puerta se abre y tras ella aparece Lucas vestido tan solo con un pantalón del equipo local de fútbol y desnudo de cintura para arriba. Su pelo está mojado, igual que su pecho y su abdomen, debe de acabar de salir de la ducha.

–  Mel. – Me dice con frialdad en los ojos cuando me ve.

–  ¿Tienes un minuto? Me gustaría hablar contigo. – Le digo con un hilo de voz. – Si estás ocupado, puedo volver en otro momento.

Lucas me mira y me remira y, finalmente, me dice echándose a un lado para dejarme entrar:

–  Adelante, pasa.

Camino con mis piernas temblorosas hasta llegar al salón mientras echo un rápido vistazo para comprobar el lugar, que tiene la misma distribución que el apartamento de Giovanni. La decoración es minimalista, utilizando el negro y el blanco combinado por algún toque de color rojo. Bonito, pero demasiado masculino para mi gusto. Sin embargo, me llama la atención el cuadro que hay colgado en la pared sobre la chimenea. Se trata de una réplica exacta del Guernica de Picasso.

–  ¿Te gusta? – Me pregunta Lucas. – Puede que no sea el mejor cuadro para decorar un salón, al menos eso decía el decorador que contraté, pero a mí me gusta donde está.

–  “No, la pintura no está hecha para decorar las habitaciones. Es un instrumento de guerra ofensivo y defensivo contra el enemigo.” Al menos, eso fue lo que dijo Picasso. – Le respondo sin dejar de observar el cuadro. – Está considerada una de las obras más importantes del siglo XX y su valor artístico está fuera de discusión, pero nadie menciona su valor simbólico y lo que representa.

–  Olvidaba que estaba hablando con una experta. – Me dice sonriendo. – Giovanni me ha dicho que acabas de graduarte en historia del arte.

–  Sí, pero aún no he encontrado trabajo, aunque tengo dos entrevistas concertadas. – Le informo sin esperar a que me pregunte. Me vuelvo hacia a él para mirarle directamente a los ojos y le pregunto con voz calmada: – ¿Por qué estás enfadado conmigo?

–  ¿Qué te hace pensar que lo estoy? – Me pregunta enarcando las cejas.

–  El martes te fuiste sin despedirte, ni siquiera me miraste. – Le respondo encogiéndome de hombros y volviendo la mirada al cuadro.

–  No estoy enfadado. – Me dice zanjando el tema. – ¿Te apetece una copa de vino?

–  ¿No vas a contarme que pasó? – Insisto.

–  ¿De verdad quieres saberlo? – Me espeta. – Te pedí que confiaras en mí, te hice una sola pregunta y te encerraste en banda de repente. Me diste a entender que yo no era nadie para hacer preguntas y no las hice. No me lo tomé muy bien en ese momento, pero comprendo tu posición. Al fin y al cabo, ¿qué me importa a mí lo que estuvieras haciendo? Sexo, drogas, dinero, ¿qué más da? Es tu vida y tu pasado, yo no soy nadie para entrar en él.

–  Estaba allí porque una compañera de la universidad me llamó pidiendo ayuda. Su novio era uno de los mafiosas sureños y ella le había dejado esa misma noche, pero él la retuvo allí por la fuera. – Empiezo a contestar a la pregunta que me hizo hace dos días. – Apenas hacía diez minutos que había llegado cuando empezó el tiroteo. – Miro por una de las ventanas del salón para desviar mi mirada de la suya y añado con un hilo de voz: – Mi amiga fue a la primera que vi cuando el tiroteo cesó. Estaba en el suelo rodeada de un enorme charco de sangre. – Me vuelvo hacia a él y mirándole a los ojos susurro: – Si no te contesté no es porque no confiara en ti, sino porque no me gusta hablar de ello.

–  Entonces, ¿por qué me lo cuentas ahora? – Me pregunta sosteniéndome la mirada.

–  Supongo que es mi manera de demostrarte que confío en ti, aunque no necesariamente te cuente todo lo que me haya pasado. – Le contesto encogiéndome de hombros. – ¿Te apetece cenar conmigo? No puedo salir del rellano, así que tendríamos que cenar aquí o en casa de Giovanni.

–  Me encantaría cenar contigo. – Me contesta cogiéndome de la mano y arrastrándome a la cocina con una sonrisa de oreja a oreja. – Mejor cenamos aquí, así podremos charlar más tranquilamente.

–  Gina y Giovanni han salido a cenar, podemos charlar tranquilamente en cualquiera de los dos apartamentos. – Puntualizo divertida.

–  ¿Se han ido a cenar y te han dejado sola? – Me pregunta indignado.

–  Me ha costado un poco convencerlos, pero al final lo he conseguido. – Le contesto devolviéndole una sonrisa pícara.

–  Así que te las has apañado para que se vayan a cenar fuera y has venido a verme para disculparte y ¿cenar conmigo? – Me pregunta socarrón.

–  Ese sería un resumen bastante breve y escueto, pero sí, más o menos. – Paso a su lado y abro la puerta de la nevera, que está a rebosar de comida pese a que vive solo. – Con lo que tienes aquí puedo hacer cualquier cosa, ¿alguna sugerencia?

–  Muchas, pero ninguna culinaria. – Susurra con voz ronca justo detrás de mí. – Puedo llamar al Bistro y que nos traigan algo de comer, así no tendremos que cocinar.

Como no deje de hablarme así, me va a dar algo. Cada una de sus palabras suenan a sexo, o al menos yo las interpreto así. Su voz ronca y sexy susurrando detrás de mí es más de lo que puedo soportar, al menos sin lanzarme a su cuello. “Logro resistirlo todo salvo la tentación”, Óscar Wilde.

–  ¿En qué te has quedado pensando?  Me pregunta Lucas, medio burlón y medio preocupado.

–  En Óscar Wilde.

–  ¿Óscar Wilde? – Me pregunta, ahora confundido.

–  Olvídalo, cosas mías. – Le respondo divertida. – Me parece buena idea pedir comida a domicilio, así tendremos más tiempo para charlar tranquilamente.

No debería pensar en esto, pero se me ha venido a la cabeza otra gran frase de Óscar Wilde: “La mejor manera de librarse de la tentación es caer en ella”. Y eso es todo lo que necesito para relajarme y disfrutar de una copa de vino en compañía de Lucas, que parece que hoy le ha dado el día libre a Iceman.

Lucas llama por teléfono para encargar comida a domicilio y cenamos mientras hablamos animadamente, consecuencia de la botella de vino que nos hemos bebido y parte de la segunda botella que nos vamos a beber.

 

Y de repente tú 9.

Martes, 7 de agosto de 2012.

Salimos del restaurante y Lucas me acompaña hasta la puerta del coche pero sin accionar el mando, para que yo no pueda abrir la puerta y tenga que esperar a que sea él quien la abra. No puedo evitar poner los ojos en blancos.

–  No hagas eso, no es propio de una señorita. – Me dice burlonamente.

–  Le encantarías a mí madre. – Le digo sin que suene a un cumplido.

–  Tendrás que presentármela cuando venga a verte. – Me dice de repente.

–  No creo que esa fuera una buena idea. – Le contesto aún aturdida por su respuesta. – Créeme, a ti no te caería tan bien.

–  ¿Por qué? Estoy seguro de que si tu madre se parece mínimamente a ti, me encantará.

¿Desde cuándo la conversación se ha convertido en una insinuación? A lo mejor solo son ilusiones mías y Lucas solo está siendo amable conmigo.

–  Supongo que me parezco físicamente a mi madre, pero todo el mundo dice que tengo el mismo carácter que mi padre, lo cual no es ningún cumplido. – Le respondo encogiéndome de hombros.

–  Tendrás que presentarme a tus padres un día de estos para que pueda tener una opinión al respecto sobre el tema. – Me contesta divertido.

Lucas arranca el coche y conduce en dirección a mi casa, está poniendo fin a nuestro encuentro y yo no quiero alejarme de él.

Su teléfono móvil empieza a sonar y Lucas contesta con el manos libres puesto:

–  Lucas Mancini.

–  Lucas, soy Giovani. Dime que estás con Mel. – Se escucha la voz de Giovani conectada al bluetooth del coche.

–  Tengo el manos libres activado en el coche, puedes hablar con ella, te está escuchando. – Contesta Lucas mirándome y arqueando las cejas intrigado.

–  Giovani, ¿qué ocurre? – Pregunto preocupada.

–  Estoy en mi casa con Gina, dile a Lucas que te traiga aquí y ni se te ocurra entrar en tu casa, ¿de acuerdo? – Me espeta Giovani.

–  Giovani, dime ahora mismo qué está pasando. – Grito furiosa. – No puedes llamarme, asustarme y dejarme con la intriga. A menos que quieras que te mate en cuanto te vea.

–  Gonzalo intentaba localizarte pero como no pudo, llamó a Gina y ella me llamó a mí. – Comienza a resumirme rápidamente. – No sé en qué cojones estará metido tu ex esta vez, pero está preocupado por tu vida. ¿Dónde cojones estabais que teníais los móviles sin cobertura?

–  Giovani, los golpes de uno en uno, por favor. – Le recrimino. Me vuelvo hacia a Lucas y le pregunto con un hilo de voz: – ¿Puedes llevarme a casa de Giovani?

–  Estaremos allí en diez minutos, Giovani. – Contesta Lucas antes de darle a un botón del volante y colgar la llamada. Sin apartar los ojos de la carretera y me pregunta como si fuera el mismo Iceman: – ¿Te encuentras bien? Te has puesto un poco pálida.

–  Lo siento, Lucas. – Logro contestar con un hilo de voz apenas audible.

–  ¿Por qué te disculpas? – Me pregunta sin dejar de mirar la carretera.

–  Porque estoy apartándote de tu trabajo, metiéndote en medio de mis problemas y porque cada vez que nos vemos pasa algo malo, estoy empezando a creer que somos gafes cuando nos juntamos.

Mi culpabilidad parece alegrarle hasta tal punto de dibujar una tímida sonrisa en su rostro, lo cual viene siendo un auténtico logro tratándose de Iceman.

–  Si tan culpable te sientes, puedes dejar que te invite a cenar y te demostraré que no somos gafes cuando nos juntamos. – Me dice repitiendo mis palabras para después preguntar: – ¿Puedo preguntarte cuál es el problema con tu ex?

–  Supongo que tienes derecho a saberlo, teniendo en cuenta que estás conmigo en este momento. – Le digo armándome de valor. – Conocí a Gonzalo en una discoteca, hubo un tiroteo en la sala VIP donde yo me encontraba y él me sacó de allí para escondernos en el armario de una habitación contigua. Cuando todo se quedó en silencio y salimos, todos los que estaban en la sala VIP estaban muertos, había sangre por todas partes y no podía creer lo que estaba viendo. Tuvo que sacarme en brazos de allí, me quedé totalmente petrificada. No había visto a Gonzalo en mi vida, pero acababa de salvarme la vida y yo estaba en estado de shock. – Suspiro profundamente y añado: – ¿Quieres que siga o prefieres alejarte de mí y de mis problemas? Aún estás a tiempo de salir corriendo.

–  No tengo la intención de ir a ninguna parte. – Asevera mirándome a los ojos y posando su mano derecha sobre mis rodillas. – Si Giovani quiere protegerte, yo también, ya sabes cómo funciona eso de la amistad. – Me sonríe y añade divertido: – Además, le caes bien a mi hermana y a mi hermana no le cae bien ninguna mujer, excepto sus amigas, y si no apareces conmigo en la fiesta de mis padres, tendré muchos problemas con ella. – Me mira fijamente a los ojos y me dice con tono serio: – Confía en mí, solo quiero ayudarte en lo que pueda.

–  Gonzalo trabaja para el SS (Servicio Secreto), estaba infiltrado en la mafia sureña tratando de conseguir información suficiente para detenerlos. Me sacó de la discoteca y me llevó a un piso franco, donde pasamos más de tres días esperando que nos dieran luz verde para volver a nuestras vidas. Por precaución, el SS puso al corriente de lo sucedido a mi familia y amigos más cercanos, ya que la mafia sureña se había llevado el listado de la discoteca que contenía los nombres de las personas que esa noche se encontraban en la sala VIP. – Le resumo rápidamente. – Dieron por hecho que Gonzalo les había traicionado y también sabían que me había salvado, pero no sabían quiénes éramos. Eso es lo que nos mantiene vivos. Después de todo lo que pasó, Gonzalo me llamaba y venía a verme bastante a menudo, así que una cosa llevó a la otra y el resto te lo puedes imaginar.

–  Tengo mil preguntas que hacerte, pero hay una que necesita una respuesta urgente. – Me dice Lucas con el rostro desencajado. – ¿Qué cojones hacía alguien cómo tú en una sala VIP de discoteca rodeada de mafiosos? ¿Es que estás loca?

–  Eso es algo de lo que no voy a hablar. – Le respondo rotundamente.

Lucas no dice nada, simplemente me observa con sus fríos ojos y el agradable y amistoso Lucas desaparece dejando en su lugar a Iceman.

Conduce hasta llegar al parking subterráneo de un lujoso edificio de la zona rica de la ciudad y aparca en una de las pocas plazas libres que hay.

–  Ya hemos llegado. – Dice saliendo del coche.

Abro la puerta y bajo sin esperar a que él venga a ayudarme, pero esta vez ni siquiera hace el intento de acercarse. Camino hasta llegar a su lado y le sigo cuando se dirige hacia el ascensor, el cual abre sus puertas en cuanto Lucas introduce su llave. Ahora recuerdo que Giovani me dijo que el edificio tenía dos áticos, el suyo y el de su socio. Subimos hasta el último piso y las puertas del ascensor se abren para abrirnos paso a un amplio rellano con una puerta en cada extremo. Lucas camina directamente hacia la puerta de la izquierda y llama al timbre. Dos segundos después, la puerta se abre y aparece Giovani con el rostro contraído de preocupación.




–  ¿Estás bien? – Me pregunta.

–  He estado mejor. – Respondo encogiéndome de hombros.

–  Vuelvo a la oficina, llámame si necesitas algo. – Le dice Lucas a Giovani antes de marcharse sin despedirse de mí.

Giovani me mira sorprendido y espera a entrar al salón de su casa para preguntarme delante de Gina, que está sentada en el sofá:

–  ¿Qué ha pasado con Lucas? No parece nada contento. De hecho, estoy seguro de que está bastante furioso. – Me encojo de hombros a modo de repuesta y Giovani continúa hablando: – ¿Quieres hablar de ello con nosotros?

–  Eso es lo que ha pasado. – Recapacito.

–  ¿A qué te refieres? – Pregunta Gina sin entender nada.

–  Le he contado cómo conocí a Gonzalo y lo que sucedió, me ha preguntado qué estaba haciendo en una sala VIP llena de mafiosos y… – Les respondo dejando la frase a medias para que saquen sus propias conclusiones.

–  Oh, no. – Murmura Giovani.

–  ¿Se lo has contado? – Me pregunta Gina, directa al grano como siempre.

–  No. – Respondo dejándome caer en el sofá lanzando un largo y sonoro suspiro. – Estaba nerviosa, tenía miedo de su reacción y no me esperaba que me preguntara lo único que no quería que me preguntara.

–  ¿Qué le has dicho, Mel? – Me inquiere Giovani.

–  Creo que las palabras exactas han sido: “Eso es algo de lo que no voy a hablar”. – Consigo decir con un hilo de voz al mismo tiempo que me cubro la cara con las manos. – Soy idiota, lo sé.

–  No creo que esté así por eso. – Opina Giovani. – ¿No le has dicho nada más?

–  No, lo último que le he dicho ha sido eso y desde entonces se ha puesto en plan Iceman. – Le respondo tras pensarlo durante unos instantes.

–  ¿En plan Iceman? – Me pregunta Giovani divertido.

–  Mejor no preguntes. – Le responde Gina, que sabe perfectamente a qué me refiero.

Giovani decide que tenemos que pasar la noche en su casa y a mí, para ser sincera, no me hace ninguna gracia, aunque la única razón es que Lucas vive en el apartamento de en frente, pero no digo nada y obedezco dócilmente, ya he causado bastantes problemas.

 

Y de repente tú 8.

Martes, 7 de agosto de 2012.

El domingo por la noche le conté a Gina los planes para celebrar mi cumpleaños y, pese a que pensaba que no le iban a hacer mucha gracia, le encantó la idea. No quise mencionar el tema, pero parecía emocionada por ver de nuevo a Giovani y no ha dejado de hablar de él desde entonces. Esta mañana se ha puesto muy pesada y ha insistido en que tenía que llamar a Lucas ya para invitarle, así que ahora estoy con mi teléfono móvil en la mano pensando en pulsar o no la tecla de llamada. Finalmente, opto por pulsar la tecla y ponerme el teléfono en la oreja.
–  Lucas Mancini. – Oigo su voz ronca y sensual al otro lado del teléfono.
–  Hola Lucas, soy Mel. – Le digo nerviosa. – Espero no interrumpirte, ¿te pillo en mal momento?
–  No, claro que no. – Me contesta. – Solo dame un segundo, por favor. – Oigo como le dice a alguien que se trata de una llamada importante que debe atender seguido de un murmullo de voces masculinas antes de volver a escuchar su voz: – Perdona, ya estoy de vuelta.
–  Si estás ocupado, puedo llamar más tarde.
–  Acabo de salir de una reunión con unos empresarios alemanes solo para hablar contigo, no me cuelgues ahora. – Me dice divertido.
–  Oh, lo siento. – Me disculpo. ¿De verdad ha salido de una reunión solo para hablar conmigo? – Solo quería darte las gracias por ofrecernos tu cabaña para celebrar mi cumpleaños.
–  Es una cabaña estupenda, te encantará. – Me dice tensando la voz. – Es muy espaciosa para celebrar grandes fiestas.
–  En realidad, por eso también te llamaba. – Le digo armándome de valor. – No me apetece nada celebrar una gran fiesta, solo una pequeña reunión de amigos. Sé que apenas nos conocemos pero me gustaría que tú también estuvieras, eres la única persona que conozco en Lagos, además de Giovani y Gina.
–  Me encantará ir pero, ¿por qué no hablamos más tranquilamente? – Me propone. – ¿Tienes planes para salir a comer?
–  Eh… No. – Respondo mirándome en el espejo vestida aún con el pijama.
–  Estupendo, ¿paso a buscarte por casa en una hora? – Me pregunta.
–  De acuerdo, nos vemos en una hora.
–  Hasta dentro de una hora, entonces. – Me dice antes de colgar.
Una hora más tarde, estoy lista para salir. Gina me ha sugerido que me ponga unos shorts tejanos con una camisa blanca con manga abombada en los hombros y los tres primeros botones desabrochados, dejando ver ligeramente mi canalillo. Me he puesto las sandalias de tiras blancas con tacón de aguja, unas sandalias que realzan mis piernas.
–  A Lucas le va a dar un infarto cuando te vea. – Me dice Gina tras lanzar un silbido.
Mi móvil empieza a sonar y lo cojo nerviosa.
–  Es él. – Le digo a Gina antes de descolgar. – ¿Sí?
–  Mel, soy Lucas. – Oigo su voz ronca al otro lado del teléfono. – Estoy en la puerta de tu edificio, ¿estás lista?
–  Sí, ahora mismo bajo. – Le respondo sonriendo.
Me despido de Gina y bajo a la calle. Lucas está frente al portal de mi edificio y me sonríe en cuanto me ve salir. Está guapísimo con su traje gris y su camisa blanca, con la corbata también de color gris colocada a la perfección. Parece salido de una pasarela de modelos.
–  Estás preciosa, como siempre. – Me dice mientras me besa en la mejilla. – Espero que tengas hambre, voy a llevarte al mejor restaurante de la ciudad.
–  Lo cierto es que estoy hambrienta. – Le contesto sonriendo.
Lucas me coge de la mano y me guía al otro lado de la calle, donde ha aparcado su coche, un BMW M6 de color gris marengo con asientos de piel en color crema. Abre la puerta del copiloto y me ayuda a sentarme para después cerrar la puerta, dar la vuelta al coche y sentarse en el asiento del conductor. Conduce en silencio, pero de vez en cuando desvía su atención de la carretera para mirarme y sonreírme. Diez minutos más tarde, Lucas aparca y sale del coche, pero esta vez no le doy tiempo a dejar que me abra la puerta y salgo del coche sin su ayuda. Lucas me observa y veo el desacuerdo en sus ojos, pero no dice nada. Me coge de la mano y entramos en el restaurante, un restaurante de comida local, uno de esos restaurantes con personalidad que no se han modernizado para agradar a la alta sociedad. Me sorprende que Lucas, viniendo de una de las familias más adineradas de la ciudad y habiéndose convertido en millonario a los veintitrés años al crear un sistema informático que ha revolucionado el mundo de la tecnología, según las palabras de Giovani, me haya traído a un sitio como éste, aunque lo cierto es que me encanta.
Recibo un mensaje al móvil y lo saco del bolso para ver de quién es. Es Giovani: “Que sepas que me espera una larga tarde de trabajo porque he sido bueno y he aceptado hacerme cargo de todas las reuniones de hoy para que Lucas y tú estéis comiendo juntos en este momento. Me debéis una y de las grandes, tenlo en cuenta pequeña. Diviértete.”
–  ¿Va todo bien? – Me pregunta Lucas con aparente tranquilidad.
–  No, Giovani ya me está haciendo chantaje. – Le contesto divertida encogiéndome de hombros.
–  ¿A qué te refieres? – Me pregunta parándose en seco.
–  Estoy bromeando. – Contesto rápidamente al observar que en su rostro se refleja la preocupación y que su apariencia deja de ser calmada. – Giovani dice que le debemos una de las grandes por quedarse trabajando mientras nosotros salimos a comer.
–  Se lo compensaré, no te preocupes. – Me contesta sonriendo.
¿Y esos cambios de humor? Lo mismo está serio, calmado y frío y otras veces parece cálido y alegre, pero de cualquier forma te seduce.
Nos sentamos en una pequeña mesa para dos personas, alejada de los baños y de la cocina, sin apenas nadie a nuestro alrededor. Los camareros saludan a Lucas como si del mismo rey del país se tratara y él les devuelve el saludo con educación. Dos segundos más tarde, se acerca a saludarnos el chef, que también es el propietario del local.
–  ¡Lucas, qué alegría verte tan bien acompañado! – Le dice el fornido chef a Lucas. Se vuelve hacia a mí y añade: – Oh, ¿quién es esta preciosa ragazza?
–  Esta preciosa chica es Mel. – Le contesta Lucas sin especificar que relación hay entre nosotros.
Probablemente, para el chef seré una de las muchas chicas a las que Lucas ha traído a comer o a cenar, pero yo no me he acostado con él, al menos aún no.
–  Me alegro de verte tan bien acompañado. – Le dice guiñándole un ojo. – Por cierto, Mía también va a venir a comer con unas amigas, me ha llamado para que le reserve una mesa.
– ¿Mía? ¿Va a venir? – Pregunta Lucas desconcertado.
–  Sí, viene bastante entre semana. – Le responde el chef. – ¿Quieres que te avise cuando llegue?
–  No creo que haga falta, vendrá hacia aquí en cuanto me vea. – Le dice Lucas con una media sonrisa.
Me muero de curiosidad por preguntar quién es Mía, pero logro contenerme. Seguramente será una de sus últimas conquistas.
El chef se despide amablemente y la voz ronca y sexy de Lucas me devuelve a la realidad:
–  Mía es mi hermana, no tardarás en conocerla. – Dice sonriendo. – Supongo que debo advertirte que Mía es muy efusiva y cariñosa, espero que no te sorprendas.
–  Acabas de sorprenderme. – Le digo divertida. – Si Mía es tal y cómo la describes, no puede ser tu hermana.
Lucas me mira y me remira y, finalmente, me dice en un susurro:
–  ¿Qué te hace pensar que no soy efusivo ni cariñoso?
Oh, Dios. Esto no me puede estar pasando a mí. Si llego a estar de pie, me hubiera caído al suelo. Las piernas me tiemblan y puedo notar el sonrojo en mis mejillas.
–  Creo que me voy a pasar el rato callada, que estoy mejor. – Logro responder con un hilo de voz.
Lucas suelta una carcajada y me mira con los ojos brillantes de emoción. Creo que es la primera vez que lo veo tan desinhibido y me excita tanto cómo cuando aparenta ser un tipo duro y frío.
–  Solo estaba bromeando, pero creo que no ha dado resultado porque no tienes un buen concepto de mí. – Me dice con tono serio. – No me quiero ni imaginar qué te habrá contado Giovani de mí.
–  Nada demasiado malo, de lo contrario no estaría aquí. – Me oigo decir.
Su semblante serio desaparece para dejar paso a una amplia y perfecta sonrisa. No puedo hacer otra cosa que devolverle la sonrisa, es como si estuviera hipnotizada. Hasta que una voz femenina interrumpe la hipnosis dejándome pensar por mí misma de nuevo.
–  ¡Lucas! ¿Qué haces aquí? – Pregunta una chica de mi edad, con el pelo de color castaño y con la misma sonrisa carismática de Lucas. Sin duda, es su hermana. – Oh, ¿no me vas a presentar? – Le pregunta a su hermano mientras me mira emocionada.
–  Mel, esta es mi hermana Mía. – Me dice Lucas poniendo los ojos en blanco. – Mía, ella es Mel.
–  Encantada de conocerte, Mel. – Me dice Mía dándome un par de besos en la mejilla. – He oído hablar mucho de ti y tenía ganas de conocerte.
–  ¿Has oído hablar mucho de mí? – Le pregunto sorprendida.
–  ¿Eres la amiga de Giovani, verdad? – Me pregunta. Asiento con la cabeza y Mía continúa: – Giovani habla de ti todo el tiempo, siempre dice que eres especial y, teniendo en cuenta que has logrado sacar a mi hermano de la oficina para salir a comer fuera un día entre semana, puedo dar fe que eres muy especial.
–  Mía, creo que tus amigas te están esperado. – Le dice Lucas para deshacerse de ella.
–  Está bien, ya me voy. – Le responde Mía poniendo los ojos en blanco. – Mel, mi familia da una fiesta a finales de mes. Es una fiesta que damos todos los años al final del verano y estoy segura de que a ti y a tu amiga os encantaría asistir. Giovani seguro que también se apuntará y, con un poco de suerte, puede que hasta logres convencer a mi hermano para que venga. Odia aparecer en esa clase de eventos, pero a mis padres les encantaría que asistiera. ¿Qué me dices?
–  Gracias, estoy segura de que asistiremos, si a Lucas no le importa. – Añado por si acaso estoy metiendo la pata. ¿Qué se supone que debo decir? Si rechazo la invitación sería descortés, pero tampoco puedo asegurar que voy si a Lucas no lee una buena idea.
–  Podrás conocer a mucha gente de la ciudad, incluidos los solteros de oro. – Me dice Mía divertida, intentando provocar a su hermano. – Estoy segura que no te faltará compañía.
–  Si Mel quiere asistir a la fiesta, la acompañaré encantado. – Dice Lucas irritado.
–  Eso suponía. – Dice Mía burlonamente. Se despide de nosotros con un par de besos en la mejilla y añade: – Me encantará veros en la fiesta, no me falléis.
Dicho esto, da media vuelta y desparece dirigiéndose al otro lado del local para sentarse junto a sus amigas. No sé cómo interpretar lo que acaba de pasar. ¿Su hermana acaba de organizarnos una cita? ¿Y qué ha querido decir con eso de haberlo sacado de su oficina entre semana? Según tengo entendido, Lucas es un mujeriego. Creo que voy a tener una larga charla con Giovani en cuanto le vea.
–  ¿En qué piensas? – Me pregunta Lucas. – Pareces un poco… alejada de aquí.
–  Perdona, últimamente estoy un poco despistada y lo de tu hermana… ¿Qué acaba de pasar? – Le pregunto divertida sin poder contener la risa. – Creo que a mi madre le encantaría tener una hija como ella, no sabes cómo se parecen.
Comemos y charlamos tranquilamente. Esta vez, es Lucas quien habla de su vida. Me cuenta que es el mayor de tres hermanos, tiene veintisiete años, igual que Giovani. Le sigue su hermano Álex de veinticinco años y por último Mía, que cumple los veintitrés el próximo mes de noviembre. Lucas me cuenta que tiene la misma relación con Mía que tengo yo con Giovani, pero que con su hermano Álex es distinto. Con Álex tiene una relación peculiar, pero se llevan bien.
Finalmente, hablamos de mi cumpleaños. Le explico que solo quiero pasar un día tranquilamente, tomando el sol, bañándome en el lago y pasar un buen rato, nada más. Lucas se sorprende al descubrir que no quiero una gran fiesta llena de gente desconocida por todas partes como querría cualquier chica de mi edad, pero se alegra, supongo que por el bien de su propia cabaña.
–  Entonces, salimos el martes día 14 por la tarde y regresamos el 15 por la noche. – Me dice cuando el camarero trae la cuenta.
–  Sí. – Respondo quitándole la cuenta de las manos para entregársela al camarero junto a mi tarjeta de crédito. Me vuelvo hacia a Lucas, que con su mirada me hace saber que no le ha gustado nada lo que acabo de hacer, y le digo con una pícara sonrisa: – Es lo mínimo que puedo hacer para agradecerte todo lo que estás haciendo, sobretodo por acompañarnos. – Le agradezco con sinceridad. – Cómo sabes, acabo de mudarme y no conozco a nadie aquí. No me apetecía celebrar mi cumpleaños con gente que no conozco, así que la lista de invitados queda reducida a ti, Giovani y Gina.
–  Apenas me conoces. – Me dice sombrío. ¿Está enfadado?
–  Conozco a Giovani y lo exigente que es con sus amistades, no da segundas oportunidades. Sé que sois amigos desde la universidad, así que eres digno de su confianza y, por consiguiente, también de la mía.
Mis palabras parecen relajar la tensión que se refleja en su rostro. No se dibuja ninguna sonrisa en sus labios, pero deja de fruncir el ceño ligeramente. Creo que sigue molesto porque he pagado la cuenta. ¿Se puede ser más retrógrado? En fin, ya se le pasará.

 

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