Él llegó a poner notas en su piel

Ella era una piel en blanco, como un cuaderno sin tiempo ni sentido. Y no. No es que una mujer necesite que sea el príncipe azul quien ponga notas a sus días, es que; en ocasiones se necesita que él inicie la música para que ella descubra que en sí misma es una gran sinfonía.

 

Ella era simplemente cinco líneas

cinco vacías líneas en las que nadie había escrito

en papel brillante y fino

en el que todo lo que se posa es perfecto

 

Ella era un pentagrama con ansias de ser pintado

con ganas de ser tonalidades blancas y puras

con prisa de ser la parte final de una gran sinfonía

con la ilusión de ser la música inmortal de . . . él

tan sólo de él

 

Entonces

Una mañana, escondido en una taza de café

llegó, con miles de notas blancas

con cientos de notas negras y sonoras

que fue colocando en su cuerpo, en sus ansias, en sus ganas

 

Comenzando por sus negros y brillantes ojos

colocó notas menores, en evocación a sus días nublados

la fue tomando lentamente hasta imprimir en sus labios

en su cuello y en sus pechos virginales largas notas de deseo

 

La abrazó, con tanta pasión que anuló sus silencios

tornándolos en el estruendo amoroso de timbales y cellos

en la melodía que ejecuta a ritmo acelerado

el corazón cuando estalla mientras está amando

 

Él la convirtió en música febril y gozosa

la colmó de ritmo e irreverente ardor

 

Ella inició tímida,

como un pianissimo que teme ser escuchado

Fue cortas notas interrumpidas que

casi temían ser ejecutadas

 

Al paso de los compases

al constante sentir de sus manos escribiendo sobre su piel

al transformar sus caderas en constante melodía

se convirtió en música sublime y perfecta

 

Ella comenzó a escribir su propia historia de amor

acompañada de sus besos

atada al ritmo de sus caricias

mezclando las notas de él y de ella

 

Juntos fueron la mas hermosa melodía

juntos fueron la canción de fuego

que funde al amor en notas eternas

El amor que llega en una taza de café

NUNCA he visto, y estoy segura, nunca veré un amor tan grande y eterno, como el que mi papá le ha dado a mi madre durante toda su vida.

 

El se sentó a la mesa, con la única intención de tomar un café, con dos cucharadas de azúcar; así simple sin crema y sin sabores.

-Un café. Como siempre y una rebanada de pay de queso.

Apenas bebía el primer sorbo, cuando volvió a verla.

Ahí de pie detrás del mostrador de la tienda de ropa, a donde él había acudido para acompañar a su hermana que llevaba consigo a su pequeña sobrina.

Justo detrás del mostrador, que no fue suficiente para evitar que él mirara por primera vez aquellos ojos negros en los que se perdería por siempre.

-Talla chica- Dijo Delia a la vendedora

-Sí. Talla chica- dijo nerviosamente José- mientras hacía la necesaria aclaración de que aquella niña era su sobrina; revelándose como un hombre libre de compromiso.

Hoy frente a su café, José la recuerda. Vuelve a soñar, como aquella noche en que la conoció con sus cabellos negros rizados, sus ojos brillantes y esa hermosa sonrisa enmarcada por unos hoyuelos a cada lado.

Pasa de nuevo frente a él, en una mágica escena viva esa primera cena en la que ni él ni ella pudieron comer los platos que tenían enfrente, debido a que la conversación y la verdadera delicia no venía de la mano de un cocinero; sino del futuro que se les venía de golpe.

Queta y José, firmaban en el universo un amor que desde aquel momento sería eterno.

Hace unas cuántas lunas, se inició esta historia cargada de mil historias.

-Córrele, ahí viene mi papá – Dijo ella intentando que José desapareciera en el instante, al ver que venía su padre por el corredor del edificio

-No correré- dijo él – aquí estoy y estaré frente a lo que sea – mientras ella cargaba una pesada vajilla que acababan de comprar y que, en sus manos parecía más ligera que una pluma, a causa del temor que tenía a algún reproche de su padre.

Y así fue, que juntos sortearon cada obstáculo y cada sombra que se les puso enfrente.

Un enero, el mejor de sus vidas avanzaron; ella vestida de blanco y él de ilusiones eternas, hacia el altar para jurar ante su creador amarse por siempre y más allá de las estrellas; para manifestar y sellar sus corazones.

José, inmerso en sus recuerdos, toma lentamente un pedazo de pay, recordando en cada parte el que ella preparaba, siendo inevitable viajar al pasado en donde ella horneaba el mismo postre y muchos otros platillos que aún lo llevan a esa casa, a su cocina, al tiempo en el que estaban juntos.

En medio de un suspiro, él vuelve a entrar a su casa en espera de que Queta lo reciba con un beso.

-Dame un beso de película- le dice de nuevo en secreto mientras él se ríe para sí mismo gozando de sus propios recuerdos; a tal grado que confunde la realidad con aquel tiempo en el que la tenía a su lado con sólo extender la mano.

Y mientras el café se enfría, vienen más y más fotos hermosas y dolorosas del pasado, la casa de dos pisos que compraron juntos, las rosas del jardín, los muebles de colores brillantes, la vida que anhelaban juntos.

 

Queta y José tuvieron dos hijas, que completaban sus planes; dos niñas que nacieron con diez años de diferencia y que hacían que esa casa fuera el castillo de un cuento y que la vida fuera más feliz que una historia de hadas; además de que esperaban la llegada de un nuevo bebé.

Fue una mañana, en que su cielo se nubló y empezaron las tormentas.

Queta se sintió un poco mal y juntos acudieron al médico, que les dio la noticia de la pérdida del nuevo bebé; tornando la mañana en noche. En una oscura noche que terminó en pocas horas.

Queta volvió ese día a su casa y pudo besar a sus hijas, antes de partir al hospital para ser atendida

-Cuida de tu hermana- dijo a la más grande, y se fue desvaneciendo en el camino mientras José manejaba.

 

Sosteniendo entre sus manos, la fría taza de café, José puede recordar los minutos; las horas de espera antes de recibir la noticia que lo llenaría de la pena más profunda que un hombre podía vivir, y es ahora cuando parece que el tiempo no ha pasado que siente que la tiene enfrente convertida en ángel.

Queta, viajó a los confines del mundo, volando en las alas del amor eterno y dejando su presencia para siempre en esta tierra.

 

José, después de cuarenta años, no ha dejado de amarla. La ve en cada rincón, en cada rosa que habita un jardín, en los ojos y palabras de sus hijas y en cada suspiro que entra a su ser cada mañana, sellando ésta como una verdadera historia de amor eterno, una historia en que dos almas hacen el pacto de amarse por siempre y lo cumplen sin importar que ella esté allá y el aquí sentado tomando café.

 

Esta sí es una historia de amor que en la próxima vida volverá a escribirse, porque es más grande que el mismo tiempo.

 

 

 

 

 

 

 

 

Simplemente somos mujeres

Puede que seamos mujeres de otro tiempo. Mujeres de libertades extremas o de lastrantes ataduras. Nuestro espíritu grita que simplemente somos mujeres.

 

Ocultando siempre cuánto te espero y cuánto te amo.
Bajo el níveo rostro que cubre mi verdad entera

Bajo metros de telas de seda

Lienzos coloridos o pálidos que responden a los antojos del tiempo

Sin expresión en la blanca faz

Sin pesares ante ti

 

Así me presento

Gélida y desalmada cuando buscas diversión

Tibia y culta al caer de la tarde

Ardiente y amante si me encuentro en tu lecho

 

Con el único carmín en los labios que son prueba viviente de los besos que me dejas
Así

Escondida en mil caras de polvo de arroz

Marcada en los dolores ancestrales del corazón

Soy yo

A veces muy tuya

a veces sin ti

Oculta; te pienso y te deseo
Así
Atada a tus tiempos y venires

Dispuesta siempre
A amarte siempre
Porque esa es la vida secreta para el sol, de las amantes

De las amantes eternas como soy de ti

♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥

Mi corazón es lo único que no se puede esconder
Siento y vivo como aquellas vestidas de rojo
Mi cuerpo arde al igual que una brasa encendida
Como el incontrolable calor que suelta la flama del amor

Han sepultado mis curvas bajo la niebla oscura de un velo que cubre mis pasos

Han pretendido esconder el brillo de mis ojos
Y la suavidad de mi piel

Soy igual que aquella que danza
Soy como aquellas que se entregan a la vista de todos

Y no importa que me cubran
Porque lo más fuerte que vibra en mi ser
Se encuentra emergiendo desde adentro

Estalla desde las entrañas
Porque soy una increíble mujer
Porque soy la fuerza del espíritu manifestada en sensualidad y ternura

Puedes esconder mi cuerpo

Más nunca mi voluntad
Nunca podrás esconder la vida misma que viaja en torrente imponente por mis venas

♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥

Vestida de rojo

Te amo y te dejo

Espero la vida bajo tintes falsos y eternos de engaño y amor

Así, segura y ardiente me miras

Así, me planto ante ti sensual y divina

Ejerciendo la danza que te atrae y niebla tu vida

Soy

Soy mujer siempre atrevida

Aquella que muchas sueñan con poder ser

La que danza y habla

La que ama y rechaza

Soy alma y soy cuerpo

Soy siempre lo que el universo regala a la vida eterna

 

Soy mujer y simplemente alma de mujer

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