A LA PLAYA

                                                                                                                                                                                                                      

Dicen que Lima es una ciudad que vive de espaldas al mar.

Cuando éramos chicos, el mar era la promesa de un verano divertido y quedaba ahí nomás, bajando en el funicular a los Baños de Barranco o yendo a la Agua Dulce o a La Herradura. Los más-más podían ir al club Regatas, de donde había –como hoy- que ser socio (es decir, tu padre) o ser un invitado de socio. Para nosotros lo común era bajar al mar en la playa de Barranco  y lo especial que el papá del “Chino”, don César, nos llevara en su Mercury guinda, luego de salir del trabajo  al medio día en un Banco  del centro de Lima, o aprovechando alguna coincidencia de sus vacaciones veraniegas. Supongo que era lo último, porque aunque vivíamos casi en una aldea donde el tiempo, como dice Martín Adán –si no me equivoco- pasaba con las campanadas de alguna iglesia, el centro era el centro y una ida y vuelta a la hora de almorzar era apurar las cosas. Sin embargo, estoy seguro que más de una vez tuvimos el tiempo justo para ir, llegar, bañarnos y volver a  casa de Germán para disfrutar del almuerzo que doña Áurea –su mamá-  compartía. De allí, de la calle Tarapacá, me iba caminando a casa a un par de cuadras de distancia si no había venido en bicicleta.

Ya por la tarde, pasado el calor, nos volvíamos a reunir para escuchar música, conversar y en realidad ociosear en el cuarto de nuestro amigo.

 

El Mercury guinda de don César, que nos contaba de su estadía en París cuando era joven, tiene en mi memoria, los asientos de color tabaco y en el tablero unas palanquitas que regulan el aire que entra por las ventilas.

Grande, cómodo y siempre pulcro, era un pasaporte hermoso a nuestro momento de gloria en una playa “ficha” con carpas, de pura arena y con chicas tostadas por el sol.

 

Las Gaviotas”, el edificio que quedaba al final y hospedaba a ignotos personajes que se veían de vez en cuando en las terrazas de los departamentos, estaba en plena playa y tenía detrás, cruzando la pista, al mítico “Suizo”. También a una- sospecho que asistencia- construcción con forma de torre de buque, blanca y que ostentaba una cruz roja y las letras SOS. De pronto era una boîte (como se les decía entonces a los lugares para ir a bailar, alternar y tomar tragos)  y yo nunca lo supe, pero en la parte baja las rockolas competían en sonido llamando a los veraneantes para que se refrescaran -en los locales que ofrecían servicio- con unas cervezas y comieran “choritos a la chalaca” o una butifarra con harta cebolla y ají.

¿Las noches allí? Prohibidas para menores como nosotros, que recién nos aventuraríamos por ese lugar,  ya adolescentes, en el Mini Minor de “Tuco” o en el Volvo deportivo del “Griego”, ambos, amigos que se nos adelantaron en el viaje.

 

Pero en ése momento aún éramos chicos, todavía teníamos vacaciones escolares y el regreso a los libros se marcaba para abril en los calendarios. La playa  cualquiera que fuese, era nuestra ilusión y el viaje en automóvil con los vidrios de las ventanillas abajo y el viento despeinándonos, resultaba no sólo vivificante sino casi como una droga de estación.

 

Tema aparte era el regreso. Subir la cuesta serpenteante y pasar por el túnel a oscuras, haciendo sonar la bocina, con las luces del Mercury encendidas y gritando por las ventanillas abiertas para hacer volar a los que, de seguro, eran imaginarios murciélagos, resultaba de veras aventurero y excitante. Y cuando pienso en ello y en cómo todo se ha ido, me da pena. Porque allí estamos también esos cuatro amigos con nuestras inocencias, con diversiones que hoy serían tildadas de tontas, con sueños inmediatos y las pesadillas de algún vacacional pendiente que sin lograr arruinar el verano, lo hacía un poquito menos de lo que podría haber sido si la libreta de notas hubiera estado toda escrita en azul al final del año anterior.

 

 

 

Imágenes: arkivperu.com

 

TONY

 “Tony” le decíamos a mi madre, cuyo nombre fue María Antonieta.

Sus hermanos le decían “zambita” y mi padre “chiquita”.

El Joven Enrique y la Niña Tony” les llamaba mi amigo Lucho.

Ambos caminaban por Barranco tomados de la mano con sus bodas de oro matrimoniales ya cumplidas. Caminaban, como lo habían hecho siempre, compartiendo la risa de Tony y la seriedad divertida de Enrique.

Así los recuerdo: tomados de la mano, hasta que tuvieron que separarse cumpliéndose el deseo de mi madre: que él partiera antes porque era poco práctico y sin ella hubiera seguramente naufragado en las minucias.

Entonces quedó Tony, “La mariscala” a decir de los tres hermanos y sus nietos. Porque todo lo tenía en orden. Porque sabía decir no. Porque lograba lo que se proponía. Tony vino a vivir a la casa y volvimos a compartir momentos, músicas y conversaciones. También compartimos los silencios de su enfurruñamiento y mis bobos desplantes mudos.

La niña Tony ya no tenía al joven Enrique, salvo en la memoria. Sus tardes eran largas y su ver televisión solitario aunque estuviese acompañada. Las dos camas que yo siempre vi juntas porque cada uno respetaba el espacio del otro hasta en eso, ya era una sola.

Tony era la memoria de la familia. Ahora que no está y sus hermanos tampoco, los rostros de las viejas fotografías han perdido parentescos y nombres. Las guardo en álbumes y sobres como parte de esa historia que sólo puede ser adivinada. Guardo las fiestas de carnavales en la casa de la calle Santo Domingo en Arequipa, los paseos por San Miguel en Lima, los multitudinarios Congresos Eucarísticos, los amigos posando en playas de piedras. Guardo los días luminosos y las sonrisas.

 

También están los cuadernos con los poemas que mi padre le escribió siempre a Tony. Hay uno, de tapas duras, con un monograma pintado a mano que dice: “El Caballero de la Blanca Luna”, con un escudo y sus iniciales. Y revisando tantos años después los papeles que conservo de ambos, encontré borradores corregidos cien veces, mensajes y notitas. Todo en sobres, donde Tony guardaba al Joven Enrique que se fue de su vida el año 85.

 

Hoy no puedo evocar a mi madre sin mi padre. Porque están juntos desde ése 31 de diciembre en que se casaron. El Joven Enrique y la Niña Tony. El serio ingeniero y la palomilla que trepaba árboles.

Están mucho más que en mi memoria. Están en lo que soy y no tienen la culpa de todos mis errores porque me lo advirtieron. Pero uno, capitán de su lancha, toma las decisiones y a veces a pesar de las señas se equivoca y encalla.

MANUEL ENRIQUE

 

 

A estas alturas, mi padre tendría ciento catorce años. Era del año tres del siglo pasado y vio pasar el cometa Halley, subido sobre la mesa del comedor allí en el Cusco y lo que recordaba eran las migas de pan que le picaban en los pies descalzos.

Mi padre era ingeniero y nunca mejor aplicado el término, porque su ingenio era infinito aunque su paciencia fuera corta. Capaz de encontrar soluciones inverosímiles a problemas sencillos, podía arreglar casi cualquier cosa que le cayera en las manos.

Estudió ingeniería electromecánica e ingeniería civil; empezó a estudiar medicina a la vez, pero un surmenage lo regresó a las ingenierías nada más.  Se graduó en electromecánica y siempre ejerció como ingeniero civil. Recorrió el Perú, especialmente la sierra, construyendo carreteras. Escribió un libro sobre pavimentos y fundó el primer magister en Vías de Transporte en la UNI (Universidad Nacional de Ingeniería).

Fotógrafo fanático, llevaba a cuestas su cámara fotográfica y los implementos de revelado. En un tiempo en que los negativos de vidrio eran no sólo más fiables sino prácticamente únicos, su bagaje de aficionado era voluminoso y lo acompañaba en sus largos meses de campamento. Guardadas tengo placas de hermosos lugares,  de mis hermanos, mi madre y sus amigos. Placas que en la época de la efímera fotografía digital, permanecen como hermosos dinosaurios en el blanco y negro de un pasado siempre actual.

Manuel Enrique leía mucho y de todo. También lo acompañaban en sus viajes tres cajones con libros, que servían además como asiento debajo de la carpa del campamento.

Eran cajones largos con asas de soga que acomodaban libros profesionales, novelas,  filosofía y religión: contenido que era renovado por mi madre en Arequipa, cuando le llegaban los cajones llenos de libros ya leídos.

Manuel Enrique era Católico. Con C mayúscula.

Vivió su fe desde estudiante, cuando integró la mítica JEC. Una fe inquebrantable, meditada y actuada en cada instante de su vida. Una fe ejemplar, envidiable y alegre.

Fue perseguido por su fe y perdió más de un puesto público por ella. Lo persiguieron porque no se permitía ser concesivo con los mediocres. Lo hicieron porque era un ingeniero que rezaba, que no tenía empacho en ponerse en las manos de Dios cuando trepaba en mula por las sierras de La Libertad o cuando soportaba en solitario los fríos de una puna hecha para el ichu y no para los que la cruzaban construyendo caminos que el hombre pudiera recorrer.

Mi padre se fue en 1985.  No conoció Internet ni esta magia que me permite ahora compartir los recuerdos usando la computadora. Él que hizo su tesis de ingeniero electromecánico sobre los tubos de vacío, que  eran una promesa entonces,  ¡cómo hubiera disfrutado de tales maravillas!

Se me haría corto el espacio para hablar de él. Como ahora me doy cuenta que fue corto el tiempo en que lo conocí y tan poco lo que conversamos…

Siempre sucede. El tiempo pasa y nos damos cuenta de todo lo que quisimos decir, escuchar, charlar o simplemente mirar. Y ya es tarde. Quedará para otra ocasión. Esa que ocurrirá cuando le dé el encuentro, lo ponga al día y le diga que sigo haciendo el Geniograma que disfrutábamos juntos y con el que yo aprendí tantas nuevas palabras.

 

 

Foto: Manuel Enrique en algún lugar de la sierra, al lado de su teodolito y un compañero de trabajo, circa 1933.

 

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